Comunales urbanos

El espíritu de andecha (auzolan)

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 María Rodríguez. (Galde 07, verano/2014). Los últimos años están llenos de ejemplos de movimientos de protesta «de nuevo cuño» que consisten básicamente en ocupar un espacio urbano significativo y abierto (Sol, Tazir, Wall Street…), espacios estos que por otra parte habían sido previamente «desinfectados» al aumentar alarmantemente el número de cosas prohibidas que hacer en ellos para un ciudadano corriente.

Estos «movimientos estáticos» nos hablan de la importancia de los espacios. Y es que tanto las fortunas que empresas y fundaciones destinan a sus sedes corporativas como la cantidad de esfuerzo y sacrificio que millones de personas realizan durante décadas para tener (al menos) un piso en propiedad, responden a la misma evidencia: el espacio es poder.

Es curioso que el poder siempre utilizara metáforas espaciales 1, desde la palabra «faraón» cuyo significado era palacio, pasando por el «trono» como lugar de representación del poder monárquico, hasta todas las metáforas modernas : la Moncloa, la Casa Blanca, la Casa de la Moneda, Ajuria Enea, etc.

En Burdeos, el proyecto Darwin Eco-system se ha convertido en un centro (de poder) alternativo que se sienta a hablar de tú a tú con el ayuntamiento de la quinta ciudad más grande de Francia. Darwin comenzó con el alquiler a un precio simbólico de unos antiguos terrenos militares abandonados y completamente degradados en un barrio periférico pero sorprendentemente cerca del centro histórico.

Los promotores del proyecto, invirtieron su propio dinero en restaurar las impresionantes casernas militares en ruinas para convertirlas en espacios de coworking eco-sostenibles y sin nada que envidiar a las mejores revistas de decoración eco-cool. A continuación fueron ocupando el resto del terreno, en el que instalaron un parque de skate, una pista de hockey, una mini-granja con huerto, gallinas y abejas y una nave de intercambio y restauración de todo tipo de objetos, desde muebles hasta auto caravanas.

El coworking se fue llenando de pequeñas empresas y asociaciones, el parque de skate se llenó de niños y la mini-granja de visitas escolares. Además, montaron una cafetería que empezó a organizar las mejores fiestas de la ciudad.

Cuando un año después volvieron a negociar con el ayuntamiento ya no estaban solos. Tenían a miles de personas utilizando las instalaciones, pagando por sus servicios y dando vida a un lugar que el ayuntamiento tenía previsto demoler y vender a alguna multinacional.

Aunque con casos menos espectaculares, otros ayuntamientos han empezado a ceder espacios a distintos agentes que proponen un uso para ellos. Buena parte de los proyectos con los que nos hemos encontrado en nuestras exploraciones de los últimos años tienen esto en común: huertos en plazas de Lutxana, la Kabia en Errentería, una escuela alternativa en Castro Urdiales, actividades culturales en un solar del centro histórico de Madrid… todos representan el paso de un espacio, de edificios, gestionados hasta ahora por los ayuntamientos a proyectos ciudadanos abiertos que buscan su recuperación para el procomún.

No es sólo un reconocimiento de la pujanza de ciertas demandas barriales -como en su día muchos interpretaron la Tabacalera de Madrid o los diversos «centros sociales ocupados» de multitud de ciudades- ni siquiera es un reconocimiento de la quiebra inminente de los ayuntamientos. En muchos de los casos existe además una suspensión de las normativas municipales, florecidas para generar artificialmente escasez durante los años del boom especulativo del suelo y que son hoy una verdadera traba para cualquier proyecto. No es solo necesario que los consistorios cedan el espacio, también hace falta que «se deje hacer», que se flexibilice el uso por parte de los ciudadanos de bienes pagados con dinero público.

Porque en realidad, lo que esos ayuntamientos entienden es que necesitan volver a algo que queda en la memoria profunda de las administraciones locales, una vieja institución, más antigua que ellos mismos, la única capaz hoy día, de coser las primeras heridas de la descomposición.

En español, siguiendo al asturiano, le llamamos andecha, en portugués mutirão, en euskera auzolan, en ruso toloka, en finés talkoot, en noruego dugnad… casi todas las lenguas tienen una palabra para el trabajo comunitario. También para los bienes comunes: el comunal tradicional de campesinos y cofradías de pescadores, el procomún, el «iriai» en japonés, los «commons» en inglés, son la forma básica de un bien público no estatal.

Lo que vemos emerger ahora es una nueva dimensión del procomún, bajo la forma de edificios y espacios urbanos, aupada por el trabajo colectivo y liberada de buena parte de las obligaciones municipales. En una península ibérica en la que miles de edificios y espacios públicos parecen condenados a la degradación y el abandono tras el fin de la burbuja inmobiliaria, es una perspectiva más que esperanzadora.

Porque, si lo pensamos, puede ser el punto de partida para un nuevo tipo de ofertas orientadas a organizar fundaciones comunitarias u organizaciones equivalentes dedicadas a mantener el «espíritu de andecha», a gestionar el «procomún municipal» a ocupar el poder desde la base a través de la gestión de espacios que estén vivos. ¿Por qué no proponer a los ayuntamientos nuevas formas de desarrollo económico que superen a los parques industriales, nuevas formas de vivienda e incluso de socialización y trabajo cooperativo?

Notes:

  1. http://lasindias.com/el-poder-el-coworking-y-el-espacio

Categorized | Cultura, Dossier, Sociedad

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