Lourdes Oñederra
Me cuesta mucho abstraerme de las noticias estremecedoras, del ambiente incierto y aterrador que nos rodea. Confieso, además, que seguramente no sería capaz de articular 4000 caracteres seguidos sobre el tema. Vuelvo pues (una vez más) a hablar de algo que parece, en comparación, pequeño, de casa. Me da pie para ello leer que la inminente Korrika ha firmado un acuerdo de colaboración con GKS e IAS. O que Antonio Rivera, de quien tanto aprendo, considere la ausencia de euskera en las octavillas de 1976 indicio de que aquellas luchas obreras no tuvieron caracter nacionalista (cosa que no pongo en duda; cuestiono únicamente el indicio, por su fecha). También me inquieta el desproporcionado uso de euskera sin traducción en un acto de conmemoración de la masacre del 3 de Marzo donde quienes entendíamos la lengua éramos muy probablemente minoría.
Vuelvo pues a lo de la lengua, esa lengua nuestra. Luego me referiré al posesivo “nuestra”, asunto no del todo, no siempre, ajeno al tema de las guerras. Oí a Ibon Sarasola decir que del euskera había que hablar en castellano, porque era importante que la discusión fuera accesible a todo el mundo. O sea que aprovecho que en este número de Galde me toca columna en romance.
Creo que nadie dudará de que el nacionalismo ha contribuido mucho (¿casi todo?) a la recuperación de la lengua; pero, como todo lo positivo tiene un lado que no lo es tanto, la identificación de lengua e ideología ha supuesto que una gran parte (¿mayoría?) de no nacionalistas se sientan excluidos de la tarea.
Parecería que los seres humanos en nuestra evolución no nos hubiéramos librado de ligar la defensa de los bienes a su posesión exclusiva. Será una necesidad atávica, oscura como todo lo atávico, seguramente ligada a nuestro sentimiento de identidad, que, al parecer, se desarrolla cognitivamente en el individuo en paralelo a su capacidad de distinguir el yo de “lo otro”. Las lenguas son un excelente recurso para esa inviduación en el plano social. Pero saben mucho más de esto las especialistas o los especialistas en psicología y antropología.
A mí simplemente me gustaría hablar una lengua sin adjetivos posesivos o una en la que los posesivos tuvieran solamente una función relacional, como cuando se dice “mi situación en este momento” o “me gusta tu manera de mirar”… pero hasta el nombre de los adjetivos sugiere primariamente posesión. Aplicado a las lenguas es triste. Ponerles posesivos a las lenguas (mi lengua, nuestra lengua) es fruto de ignorancia y resulta un tanto ofensivo, si las lenguas pudieran sentir ofensa. Aplicar posesivos a las lenguas es reducir el concepto de algo tan enorme como una lengua, un idioma: es bastante soberbio pretender poseerlo. Tendríamos que ser conscientes de que las lenguas son instrumentos nuestros de pensamiento y comunicación, pero que son algo más grande que nosotros, que no nos pertenecen.
Una de las características más maravillosas y fascinantes de las lenguas es precisamente su pluralidad y su diversidad. Me parece argumento suficiente para hacer todo lo que esté en nuestras manos por conservarlas. No tendrían que hacer falta las patrias. Tenemos el privilegio de vivir en una tierra bilingüe. De las dos lenguas que nos han tocado en suerte una goza de muy buena salud y gran extensión. La otra está en situación bastante más precaria y únicamente se habla aquí. Nos corresponde, por responsabilidad ecológica, cuidarla, asegurar su permanencia y, para ello, afianzar su vitalidad. Mutantis mutandis o salvadas las distancias, preocuparnos como tendríamos que preocuparnos por las especies animales que están desapareciendo, del agua que estamos contaminando.
Con tanto triunfalismo institucional (aunque no sólo), tanto victimismo combativo (como si la supervivencia del euskera tuviera que ir unida al debilitamiento del castellano), tanto abandonar la defensa y uso del euskera en manos nacionalistas… creo que no lo estamos haciendo bien.

