Galde 47. Negua 2024 Invierno. Josetxu Riviere Aranda.-
Este último año hemos asistido a la publicación de varias encuestas sobre la posición de los hombres en relación con el feminismo y la violencia machista que arrojan datos en ocasiones contradictorios sobre las identificaciones de los hombres con el feminismo, la igualdad y su posicionamiento contra la violencia machista[1]. Los hombres se distancian del feminismo, aunque se identifican en mayor medida con los valores de igualdad y diversidad. Algunos medios de comunicación han interpretado los datos sin tener en cuenta otros elementos que interseccionan en la vida de los hombres como la situación social y económica; la incertidumbre en su futuro laboral, las consecuencias de la pandemia , las dificultades de emancipación, el contexto de cambios en las leyes de igualdad y en cómo la afiliación en la izquierda y derecha ideológicas condicionan las respuestas.[2] Se centra la atención excesivamente en los jóvenes sin tener en cuenta que no son quienes deciden sobre las estructuras sociales y políticas que perpetúan la desigualdad y la violencia machista; no organizan el mercado laboral, ni los contenidos de sus estudios, ni los recursos públicos destinados a los cuidados… Ignorando así el papel de los agentes sociales, políticos y económicos que influyen en su socialización.
La distancia, al parecer creciente, entre algunos hombres y el feminismo debería hacernos replantear la utilidad de ciertas estrategias que se dirigen a trabajar con hombres y masculinidades. ¿Estamos logrando que cada vez más hombres integren el feminismo, la igualdad, la diversidad y la lucha contra la violencia machista en sus idearios y en sus prácticas individuales y colectivas?
¿Violadores en potencia?
Algunos intensos debates este año, creo, representan los enfoques que algunas corrientes feministas han adoptado en los últimos años a la hora de dirigir sus mensajes a los hombres. Un ejemplo destacado ha sido en torno a la afirmación “los hombres son violadores en potencia”‘. Es decir, se mantiene que la posibilidad de cometer una violación es inherente a todos los hombres, apoyándose en que existe un contexto social que fomenta una cultura patriarcal basada en el silencio y la complicidad masculina ante la violencia machista. “Es una posibilidad que existe, incluso si la rechazamos; se trata de una posición social que nos otorga una posibilidad de acción”[3]. Aunque es innegable que la absoluta mayoría de las agresiones sexuales son cometidas por hombres y que las desigualdades de género son evidentes, extender la idea de que todos los hombres son potenciales violadores presenta bastantes problemas.En primer lugar, homogeniza a los hombres como si fueran un bloque monolítico, ignorando la diversidad de formas de vivir, identificarse y expresar las masculinidades.
En segundo lugar, esta forma de ver el problema estigmatiza a los hombres y dificulta que se involucren en la lucha por la igualdad y contra la violencia machista. En lugar de ofrecer herramientas para el cambio, se centra en generalizaciones que sitúan a los hombres solo como “problema” adoptando una visión desde un feminismo que aparece como acusador y esencialista.
Se suman a ello hombres que promueven la igualdad y rechazan la violencia machista, tanto a nivel individual, profesional como colectivo con manifestaciones del tipo «Cuando tocamos a una, tocamos todos, deberíamos decirnos los hombres” [4] o “en todos nosotros habita Errejón, o trazas de él”[5]. Es decir, la responsabilidad nos alcanza individualmente a todos por igual, en ese sentido es personal, y afecta a todos los hombres por ser lo que la hace colectiva. Se insiste así en que la responsabilidad sobre la violencia machista de los hombres, victimarios todos, es la misma sin distinguir gradaciones, ni diferentes tipos de violencia, ni diferentes responsabilidades. Lo cual, de paso, identifica de forma homogénea a las mujeres como víctimas sin capacidad de agencia, ni de decisión, coartando su libertad y sometiéndolas a juicios morales sobre su comportamiento.
Ese reconocimiento de «culpabilidad», esa culpa colectiva que cada hombre debe expiar a través de cambios individuales es un enfoque limitado y poco productivo. Si bien la autocrítica y el cambio personal son necesarios, no pueden ser el único motor del cambio. Al centrarnos en la responsabilidad individual, desatendemos las estructuras de poder y los sistemas culturales que perpetúan la violencia machista.
La necesidad de nuevas alianzas rebeldes feministas
¿Cómo, entonces, reflexionar sobre qué espacios de participación, reflexión y acción se abren desde el feminismo para la incorporación de los hombres? ¿los hombres debemos ser «aliados» externos al feminismo y, por lo tanto, nuestro lugar está fuera? Si es así, no debería sorprendernos que los hombres se identifiquen poco con un movimiento que no los quiere en sus filas. ¿Podemos hacer un debate sin centramos en el protagonismo y en las pancartas sino en la necesidad de construir un espacio de acción y lucha contra el sexismo? Deberíamos tener en cuenta a Bell Hooks, quien señala que la errónea noción del movimiento feminista como un movimiento antihombres conllevaba también la equivocada asunción de que los espacios conformados exclusivamente por mujeres serían necesariamente entornos libres de patriarcado y pensamiento sexista.[6]
Como afirma Clara Serra “El feminismo no puede ser una lucha solo de mujeres, ya que el patriarcado nos afecta a todas y a todos. Necesitamos construir alianzas que nos permitan desmantelar este sistema opresor y construir una sociedad más justa e igualitaria para todas las personas.» Se hace así necesario explorar e impulsar nuevas iniciativas que amplíen algunos de los espacios feministas exclusivamente ocupado por mujeres hoy concebidos de forma banderiza[7] para impulsar, como señala María José Capellin, un feminismo que trabaja para vivir en un mundo sin miedo, donde no es el rencor, el despecho, ni la venganza el que nos hace declararnos feministas sino el sueño de un mundo en libertad.[8]
En diferentes intervenciones coincidían hace poco Iñaki Gabilondo y Javier Cercas [9] en señalar que tanto el periodista como el escritor no deberían escribir o hablar para sí mismos, para su ego, sino para lectores y oyentes respectivamente, para quienes están al otro lado de la radio o de las páginas de un libro. Me temo que, a la hora de incorporar a los hombres a la igualdad y a la lucha contra la violencia machista, en algunos feminismos, hay más una preocupación por hacer un discurso para sí, para mantener una postura de supuesta radicalidad en los consignas, la estética y las propuestas que en función de conseguir un cambio social y estructural profundo que involucre al mayor número de la ciudadanía. Si pretendemos detener el alejamiento y la desafección de más hombres respecto al feminismo y la igualdad e impulsar su implicación en la lucha contra la violencia machista, no estaría mal que comenzáramos por replantearnos algunas líneas de trabajo y espacios de intervención.
Josetxu Riviere Aranda.
Especialista en Masculinidades y género. Integrante de Alianzas Rebeldes.
Notas.-
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Según el estudio Barómetro Juventud y Género 2021. Identidades, representaciones y experiencias en una realidad social compleja. Centro Reina Sofía sobre adolescencia y juventud, Fundación Fad. Juventud. Descarga en pdf ↑
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Discursos antifeministas sobre las violencias machistas. Nuria Alabao: LaiaEskola. ↑
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¿Somos los hombres potenciales violadores? Artículo en El salto diario 8 de septiembre 2024 ↑
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Público. Las trazas de Errejón que habitan en mí. Octavio Salazar Benítez 3/11/24 ↑
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El feminismo es para todo el mundo. Bell Hooks. Traficantes de sueños. ↑
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“Juntas, el miedo cambia de bando” Pancarta de la manifestación de la Comisión 8M en Madrid 25 de noviembre 2024. ↑
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Vivir sin miedo: el feminismo es libertad. María José Capellin. 10/11/24 ↑