CONTRA LA TECNODOMINACIÓN

JAVIER ECHEVERRIA
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En mil novecientos noventa y cuatro, dos años antes de que el sociólogo Manuel Castells publicara su célebre trilogía La era de la información (1996-1998), el filósofo Javier Echeverría Ezponda ya había publicado Telépolis. Un año después ganó el premio Anagrama de ensayo por Cosmopolitas domésticos y poco después, en 2000, fue galardonado con el Premio Nacional de Ensayo por Los señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno, antecedente de su reciente ¡No hay derecho! Contra las nubes y la tecnodominación feudal que da continuidad a Tecnopersonas. Cómo las tecnologías nos transforman, escrito junto con Lola S. Almendros. Todas estas publicaciones son resultado de más de tres décadas de investigación y escritura sobre filosofía de la ciencia y la tecnología.

En aquel final de siglo, muchos nos dejamos fascinar -nunca mejor dicho- por los nuevos espacios digitales y telemáticos que además nos parecían horizontales y descentralizados. Algunos ilusos incluso llegamos a pensar que las redes eran nuestras, bienes comunes, o que, al menos, su gestión sería regulada con criterios democráticos y sociales. Multitud de colectivos, activistas, hackers o filósofos, así como algunas universidades e instituciones, intentamos que el ciberespacio fuera administrado como bien público. Para ello se promovió el software libre, el copyleft, las redes inalámbricas comunitarias o las ciudades digitales – entre otras muchas iniciativas-. Como Echeverría nos recuerda, ya en la década de 1960, John Mc Carthy, destacado pionero de la informática, creador del lenguaje LISP (procesador de listas) e introductor de la expresión “inteligencia artificial”, imaginó que la computación podría convertirse con el tiempo en un servicio público, como el agua o la electricidad en las ciudades. Eso creíamos y en cierto modo fue así, pero la gran cuestión que aborda Echeverría en su último libro es si en la actualidad, en todo ese espacio digital, nuestros derechos están garantizados y jurídicamente regulados o, por el contrario, controlados por las grandes empresas tecnológicas, como Google, Apple, Facebook, Amazon o Microsoft.

Ya en Telépolis Echeverría nos advertía sobre el poder de los “señores del aire” y aconsejaba que los Estados y los organismos internacionales competentes se implicasen más en la construcción de ese nuevo espacio virtual y se estableciesen mecanismos de supervisión democráticos sobre los grandes monopolios tecnológicos para garantizar los derechos de los ciudadanos. Tenía claro que, si no se tomaban medidas de control sobre los abusos empresariales, el ciberespacio y la “sociedad de la información y del conocimiento” podrían acabar teniendo una estructura socioeconómica neofeudal y ademocrática.

Parafraseando a César Rendueles, en su reciente Redes vacías. Tecnología catastrófica y el fin de la democracia, en la actualidad podemos constatar que lamentablemente, aquella idea algo utópica de un mundo digital republicano fue convertida en un gran nicho de mercado desregulado. Una enorme mina. “La tecnología digital –escribe Rendueles– absorbió energías colectivas de una magnitud geológica. Descomunales inversiones públicas en ciencia básica y equipamiento; adquisiciones masivas de hardware y software en todos los ámbitos, desde los hogares hasta las grandes empresas. Tan pronto como concluyó ese proceso de acumulación originaria a través del esfuerzo colectivo, el entorno digital se convirtió en una gigantesca caja negra privada a la que corrimos con entusiasmo a regalar nuestro dinero, como si fuera un altar en el que realizar ofrendas rituales. Toda esa energía social fue expropiada: casi de la noche a la mañana”. Mejor dicho, robada, igual que ocurrió con los grandes procesos de acumulación por cercamientos de tierras durante los comienzos de la modernidad capitalista; después con la colonización, la esclavitud y el latifundismo y, más tarde, con la acumulación por desposesión durante la revolución mercantil e industrial. Ahora nos encontraríamos en una última fase de acumulación tecnológica que se lleva a cabo mediante la extracción de nuestros datos, basada en formas de control y vigilancia sobre nuestras vidas. Shoskana Zuboff, en su libro del mismo título, a esta fase la denomina “La era del capitalismo de la vigilancia”, una última forma de “tecnocapitalismo” guiado ante todo por un afán de dominación de las personas.

Esta fase, caracterizada por la falta de intervención democrática de las administraciones públicas y la paulatina desaparición -por lo menos minimización- de otras formas de autogestión del procomún digital, comenzó tras el fracaso de la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información que organizaron la ONU, la OIT y la UNESCO en dos fases, 2003 y 2005, en Ginebra y Túnez, respectivamente. Según Echeverría, estas reuniones, desde una perspectiva social y ciudadana, fueron decepcionantes. A juicio de los organismos convocantes, para que el ciberespacio se expandiera no había que legislar nada, ya que la iniciativa privada se encargaría de su organización y producción y garantizaría el acceso libre. La ONU ni siquiera dio el paso de ampliar su Declaración de Derechos Humanos al nuevo contexto, como hubiera sido plausible. Tampoco creó ninguna agencia que velara por el desarrollo mundial de la sociedad de la información, cosa que había hecho en ámbitos como la salud, la cultura y la educación; sin olvidar que se podría haber contado con el apoyo del Banco Mundial, cuya capacidad de financiación era muy alta. Una vez más, como en otros casos relacionados con los límites entre la iniciativa pública, el procomún y la privada, ésta se ha quedado con la mayor parte del pastel. Es decir, la orientación principal consistió en dejar a la iniciativa privada y a los mercados libertad de acción.

A partir de entonces surgieron las “nubes digitales”, las “redes sociales” y la “economía de datos”, que han conformado un panorama completamente distinto al que preveíamos. Los señores de las nubes fueron quienes se adueñaron de la mayor parte de las infraestructuras de internet, y, en buena medida, de ese ciberespacio horizontal y abierto de los años noventa del siglo XX. Hubo una gran dejación pública en relación con la gobernanza global del ciberespacio, a excepción de China que con sus políticas parece demostrar que es posible combinar la innovación y el desarrollo tecnológico, el capitalismo de plataforma, el emprendimiento industrial y empresarial, con una supervisión estatal intensa. En este caso, un intervencionismo totalmente opuesto al respeto de los derechos humanos, asunto nada baladí, teniendo en cuanta la deriva autoritaria de las políticas actuales de extrema derecha. Esta paradoja china aparece como la cuadratura del círculo: formas de gobernanza público-privadas impensables para las lógicas políticas liberales occidentales.

Entre el ultraliberalismo estadounidense que persigue la escala, es decir, producir más, con bajo coste y máximo beneficio, y el modelo chino de control estatal, el tecno capitalismo de datos impera a nivel global y los usuarios de las TIC somos cada vez más siervos de los señores de las nubes. Frente a ninguno o pocos derechos generales, ni siquiera los básicos derechos humanos, en el ciberespacio encontramos muchas y diversas normas e instrucciones de carácter más bien feudal.

¿Qué hacer entonces?, se pregunta Echeverría al final de su libro. Quizás, como insiste Remedios Zafra, tengamos que habitar las pantallas sin convertirnos en vasallos de los señores de la nube y sin olvidar la posibilidad de desconectarnos. Entre la desconexión y la total sumisión, tal vez, podríamos intentar volver al sentido republicano que en su origen pensó las redes como espacios gobernados cooperativamente. Las grandes corporaciones que, de forma hipócrita y acusatoria, dicen oponerse a las regulaciones estatales en nombre de la libertad, no hacen otra cosa que reglamentar y disciplinar exhaustivamente nuestras vidas, al mismo tiempo que extraen nuestros conocimientos para convertirlos en capital financiero con el fin de construir un mundo a la medida de sus intereses privados.

Parafraseando a Marta G. Franco, en Las redes son nuestras. Una historia popular de internet y un mapa para volver a habitarla, no deberíamos consentir que nos sigan robando quienes viven de extraer nuestros datos personales. También Francisca Bria, que fuera activista antiglobalización a principios de siglo, después asesora del Ayuntamiento de Barcelona durante el gobierno municipalista de Barcelona en Comú y ahora asesora de la Comisión Europea de Innovación y directora del proyecto DECODE sobre soberanía de datos, con un atisvo de esperanza, nos recuerda que aún estamos a tiempo de que Europa tome medidas reguladoras para construir un modelo de espacio virtual -conectividad, computación en la nube, plataformas digitales, software, chips, IA- que incorpore las ideas de democracia, trasparencia, responsabilidad social y respeto a la privacidad.

Eugenia Nobati, Argentina
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Txema García
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Shushi (Karabakh Garaiko errepublika —Artsakh—, 2020/19/08).
Fotografía de José Horna
"Homenaje a Federico García Lorca" Marisa Gutierrez Cabriada
Bonill, Ecuador
Txema García
“JAZZ for TWO”, José Horna
“LIKE”. Eduardo Nave
Sebastião Salgado
“LIKE”. Eduardo Nave
Sueños Rotos
República del Alto Karabakh —Artsakh—, 06/10/2020
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Txema García
Irene Singer, Argentina
Zutik dirauena
Shushi (Karabakh Garaiko errepublika —Artsakh—, 2020/10/08)
Encaramado a la valla de Ceuta
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"El instante decisivo" Iñaki Andrés
Canción de París
Jose Horna.
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"Lemoniz", Mikel Alonso
Alfredo Sabat, Argentina