China en África: Desafíos y oportunidades en una relación que redefine el orden mundial

María Ángeles Alaminos Hervás: Profesora de RR. II. en la Universidad Loyola-Andalucía, GEA-UAM
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A comienzos del siglo XXI, la influencia de China en África experimentaba una fase de notable expansión, acompañada de un intenso debate a nivel internacional. Las relaciones sino-africanas emergieron como una de las dinámicas más relevantes en la política internacional contemporánea, no solo por su trascendencia económica, sino también por sus crecientes implicaciones políticas y estratégicas.

Antecedentes

Contrariamente a la percepción comúnmente extendida, la expansión de China no puede reducirse únicamente a una lógica extractiva centrada en los recursos naturales, aunque estos constituyan uno de los elementos clave en la relación. Si bien el acceso a la energía y las materias primas explica parte del interés de Pekín, la cooperación sino-africana ha evolucionado de manera progresiva hacia un marco más amplio y multidimensional, que abarca tanto comercio e inversión, como cooperación técnica e intercambios políticos y, cada vez con mayor relevancia, cuestiones de seguridad. En este marco, el Foro sobre la Cooperación China-África (FOCAC) marcó un hito decisivo, formalizando y estructurando esta relación a nivel continental.

Es importante destacar que las relaciones entre China y África no son un fenómeno reciente, sino que cuentan con una larga trayectoria, y de hecho, las narrativas históricas desempeñan un papel crucial en la legitimación del papel de China en África. Las referencias a los viajes de Zheng He durante la dinastía Ming en el siglo XV, a la solidaridad anticolonial en el siglo XX y al apoyo chino a los movimientos de independencia africanos cumplen una función política en el contexto contemporáneo. Estas narrativas distinguen a China de las potencias coloniales europeas, presentando su compromiso como una cooperación Sur-Sur fundamentada en el respeto mutuo y la no injerencia.

Al mismo tiempo, la presencia china a partir del nuevo milenio genera una ambivalencia evidente. Por un lado, la financiación de infraestructuras, la dinamización del comercio, las alternativas a la condicionalidad occidental y la posibilidad de romper patrones de marginación estructural pueden ser vistas como oportunidades. Por otro lado, emergen desafíos significativos relacionados con el endeudamiento, el fortalecimiento de élites autoritarias, los impactos negativos en las industrias locales y la erosión de los estándares de gobernanza y los derechos humanos (Alaminos Hervás, 2010).

Independientemente del enfoque que adoptemos, podemos afirmar que la expansión de China en África alteró el equilibrio tradicional de la influencia occidental y suscitó preocupación tanto en Estados Unidos como en Europa. Aunque África no representaba la principal prioridad de la política exterior china en ese momento, desempeñaba un papel estratégico como un espacio de apoyo político en foros multilaterales y como una plataforma para la proyección global de China. En este contexto, la política africana de Pekín ya estaba vinculada a su aspiración de aumentar su influencia dentro del orden internacional en transformación. Esta trayectoria culminó progresivamente en una mayor implicación de China en cuestiones de seguridad, incluida su participación en operaciones de mantenimiento de la paz y en la cooperación militar.

Nueva era” de las relaciones

Si, como acabamos de ver, la primera década del siglo XXI fue testigo de la consolidación institucional de las relaciones sino-africanas, la segunda, especialmente a partir de 2013, marca el comienzo de una fase cualitativamente distinta. Bajo el liderazgo de Xi Jinping, África deja de ser únicamente un socio externo clave en la expansión económica de China, para convertirse en un componente esencial dentro de una visión estratégica más amplia de proyección global.

En este sentido, el lanzamiento de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) en 2013 resulta fundamental para comprender este cambio. De esta manera, África se integra progresivamente en un proyecto transcontinental que abarca infraestructuras, conectividad, industrialización, logística y finanzas, dentro de una arquitectura geopolítica a largo plazo. A diferencia de la fase anterior, donde predominaban el acceso a los recursos naturales y el crecimiento comercial, esta nueva etapa refleja una estrategia más articulada y sistémica. La financiación de infraestructuras ya no se limita a ser un componente de la cooperación para el desarrollo o la colaboración comercial, sino que pasa a formar parte de un esfuerzo integral para configurar corredores de influencia y patrones de interdependencia alineados con la visión china de un orden internacional multipolar (Alaminos Hervás, 2022).

A nivel institucional, la relación sino-africana se profundiza a través de la evolución del Foro sobre la Cooperación China-África (FOCAC), con la Cumbre de Dakar de 2021 y la adopción de la Visión de Cooperación China-África 2035 como hitos clave. La coincidencia temporal entre los planes de cooperación centrados en África y los propios objetivos de modernización de China para 2035 no es fortuita, sino que subraya la integración explícita de África en el horizonte de planificación a medio y largo plazo de China. Esto indica que el continente africano ha dejado de ser periférico en el pensamiento global chino, pasando a formar parte estructuralmente de él.

Esta nueva fase también se distingue por una creciente convergencia, al menos a nivel discursivo, entre las agendas de desarrollo africanas y chinas, ejemplificada por las sinergias entre la BRI, la Agenda 2063 de la Unión Africana y el Área de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA). En este marco, China se presenta como un facilitador de la integración continental africana, más allá de su rol como socio bilateral, aunque la efectividad de esta colaboración en términos de mejora industrial y transferencia de tecnología sigue siendo una cuestión abierta. No obstante, la narrativa política posiciona a China como un socio clave en la transformación estructural de África, y no simplemente como un comprador de materias primas.

La dimensión normativa adquiere especial relevancia en este periodo. Pekín subraya principios como la igualdad soberana, la no interferencia, el beneficio mutuo y la «cooperación en la que todos ganan», en contraste con los enfoques occidentales centrados en la condicionalidad en términos de gobernanza y la reforma política liberal. Así, lo que está en juego no es únicamente la competencia por mercados o contratos de infraestructura, sino una disputa más profunda sobre los principios que rigen el orden internacional. China no se limita a operar dentro del marco liberal existente, sino que contribuye activamente a la reinterpretación de las normas de desarrollo y seguridad, alineándolas con su modelo político y sus intereses estratégicos (Alaminos Hervás, 2022).

Los desarrollos en materia de seguridad ilustran claramente esta evolución. La creciente participación de China en misiones de mantenimiento de la paz de la ONU, el establecimiento de su primera base militar en el extranjero en Yibuti y la intensificación de la cooperación militar con gobiernos africanos reflejan una recalibración pragmática del principio de «no intervención». Aunque la retórica oficial continúa subrayando la soberanía, en la práctica, China ha adoptado un modelo de compromiso condicional, en el que la protección de inversiones, ciudadanos y activos estratégicos justifica una presencia más visible. Así, África se convierte en un campo de pruebas para la adaptación de las doctrinas de política exterior china bajo las condiciones de su expansión global (Alaminos Hervás, 2022).

Actualidad y conclusiones

Las relaciones China-África han evolucionado desde una rápida expansión económica y consolidación institucional a una integración estratégica dentro de las ambiciones globales de China. La cuestión central hoy en día ya no es si China es un actor decisivo en África, claramente lo es, sino cómo está recalibrando su presencia en respuesta a las limitaciones estructurales económicas y la intensificación de la rivalidad sistémica.

En la actualidad, uno de los aspectos más significativos ha sido la reconfiguración financiera. La fase de concesión masiva de infraestructuras respaldadas por el Estado ha dado paso a una mayor selectividad y precaución. Los debates sobre la sostenibilidad de la deuda, que antes giraban en torno a la «diplomacia trampa de la deuda», ahora incluyen negociaciones de reestructuración, diversificación de riesgos y prácticas de préstamo ajustadas. El enfoque se ha orientado hacia proyectos más pequeños, asociaciones público-privadas y sectores estratégicos como las energías renovables y la infraestructura digital, lo que refleja una adaptación más que un retroceso.

Al mismo tiempo, la dimensión tecnológica y digital de la interacción se ha consolidado, con avances en telecomunicaciones, sistemas de pago digital, ciudades inteligentes, cooperación satelital y comercio electrónico. África se ha convertido en un espacio clave para la difusión de los estándares tecnológicos chinos y los ecosistemas digitales, con implicaciones que abarcan desde la gobernanza de datos hasta la ciberseguridad y la soberanía digital. La interacción entre la presencia china y el AfCFTA probablemente marcará la evolución de las relaciones. Si la integración continental avanza, podría incentivar a las empresas chinas a integrar operaciones en las cadenas de valor regionales africanas, lo que dependerá de la capacidad de los Estados africanos, sus marcos regulatorios y sus estrategias de negociación.

Por otra parte, con la creciente rivalidad geopolítica, el apoyo africano ha cobrado mayor relevancia, y refuerza la pretensión de Pekín de representar al Sur Global y de abogar por la reforma de las instituciones internacionales.

Para los estados africanos, este contexto presenta tanto oportunidades de diversificación como riesgos asociados a una competencia externa intensificada. Las respuestas occidentales, como la iniciativa Global Gateway de la Unión Europea y las renovadas estrategias de Estados Unidos, buscan ofrecer alternativas en infraestructuras e inversión. Los gobiernos africanos adoptan cada vez más estrategias de cobertura, equilibrando entre socios externos en lugar de alinearse exclusivamente con una sola potencia.

La presencia de China en África está profundamente arraigada y diversificada en diversos sectores, la cuestión central para los próximos años es si este compromiso impulsará una transformación estructural sostenible de las economías africanas o si, por el contrario, perpetuará las asimetrías dentro de un orden global reconfigurado.

Eugenia Nobati, Argentina
Zutik dirauena
Shushi (Karabakh Garaiko errepublika —Artsakh—, 2020/10/08)
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Sueños Rotos
República del Alto Karabakh —Artsakh—, 06/10/2020
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Refugiados sirios: Mujer cocinando
La larga espera
Shushi (República del Alto Karabakh —Artsakh—, 08/10/2020)
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"El origen del mundo" José Blanco
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Txema García
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Shushi (Karabakh Garaiko errepublika —Artsakh—, 2020/19/08).
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“LIKE”. Eduardo Nave
"Lemoniz", Mikel Alonso
Canción de París
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Sebastião Salgado
Fotografía de José Horna
“JAZZ for TWO”, José Horna
"Homenage a Marcel Proust" Marisa Gutierrez Cabriada
“LIKE”. Eduardo Nave
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
"Homenaje a Federico García Lorca" Marisa Gutierrez Cabriada
Encaramado a la valla de Ceuta
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Alfredo Sabat, Argentina
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
Txema García