Incendio en Oriente Medio. Dependencia energética y emergencia climática

Antxon Olabe Egaña

Las tres claves más relevantes a extraer de la actual guerra de agresión contra Irán desencadenada conjuntamente por Israel y Estados Unidos el 28 de febrero son, en mi opinión, las siguientes:

Primera, el Master Plan de la misma lo ha diseñado Israel. Estados Unidos le ha acompañado en su ejecución, aportando musculatura militar. El cerebro tras la operación, sin embargo, pertenece a Netanyahu y su gobierno, el Mosad y el ejército israelí.

El secretario de Estado Marco Rubio reconocía en su comparecencia en la Comisión de Inteligencia del Congreso de Estados Unidos el pasado 2 de marzo que habían sido informados por Israel de que se disponía a lanzar una inminente ofensiva militar contra Irán. Ante una situación que se presentaba como irreversible decidieron actuar conjuntamente.

A diferencia de las erráticas explicaciones del presidente Trump desde que comenzó la guerra, Israel no ha ocultado en ningún momento que destruir las capacidades de su enemigo Irán era un objetivo largamente acariciado, a la espera de una ventana de oportunidad idónea. En palabras del propio Netanyahu, hemos puesto en marcha “lo que he anhelado hacer desde hace 40 años”.

El ataque terrorista de Hamás en octubre de 2023 creó las condiciones políticas y geopolíticas adecuadas para que Israel, en su respuesta, activase un salto cualitativo en su objetivo estratégico a largo plazo, avanzar hacia el Gran Israel. Ello pasaba por quebrar el denominado eje de la resistencia liderado por Irán, rediseñar el mapa de poder de Oriente Medio y emerger como potencia militar y geopolítica indiscutible en la región, ganando preeminencia estratégica como mínimo para los próximos 25 años.

Así, en 2024, Israel ya combatía en siete frentes – Gaza, Cisjordania, Yemen, Siria, Irak, Líbano e Irán-, llevando la iniciativa militar en todos ellos y conquistando territorios de los que casi con seguridad no se va a retirar. Tras la guerra de los doce días en junio de 2025 en la que, junto con el ejército estadounidense, bombardearon sistemáticamente las instalaciones nucleares iraníes, el régimen de los ayatolás se encontraba en situación de gran debilidad la peor desde su fundación en 1979. El establishment militar y de inteligencia israelí no iba a dejar escapar la oportunidad, menos contando con un aliado incondicional en la Casa Blanca. Las cartas estaban echadas. Era cuestión de esperar el momento.

El cierre del estrecho de Ormuz, el caos regional en Oriente Medio, las derivadas energéticas y económicas globales derivadas de la guerra eran para Israel efectos colaterales, perfectamente asumibles si se lograba el objetivo de debilitar estructuralmente al régimen iraní, en especial sus capacidades militares. Para la presidencia de Trump están suponiendo numerosos quebraderos de cabeza, pero Israel tenía y tiene su propia agenda. Emerger de esta guerra como poder hegemónico regional.

Segunda, por enésima vez se comprueba que el petróleo y el gas se utilizan como armas geopolíticas. Europa ya sufrió en 2022 un shock de oferta de gas a raíz de la invasión rusa de Ucrania. El consiguiente encarecimiento de los precios generó un proceso inflacionista que no se veía en el viejo continente desde hacía cuatro décadas.

Ahora es el petróleo. Todo el mundo sabe situar ya en el mapa el estrecho de Ormuz y ha sido informado que por el trascurre el 50 por ciento del crudo que se comercializa internacionalmente. No todo el mundo sabe, sin embargo, que por el estrecho de Malaca (Indonesia, Malasia) circulan cada día 15 millones de barriles dirigidos a China y que el mismo podría quedar bloqueado por la armada estadounidense si se produjese una crisis, por ejemplo un grave conflicto derivado del contencioso de Taiwán. Desvincularse progresivamente del petróleo es visto, en consecuencia, por el liderazgo de país asiático como un imperativo de seguridad nacional, una vulnerabilidad que afecta al corazón de su economía. En 2025, uno de cada dos vehículos vendido en China es ya eléctrico.

La Unión Europea a pesar del importante recorrido de su transición energética mantenía en 2025 un 70 por ciento de su energía primaria anclada a los combustibles fósiles. En 2024, la Unión gastó 375.900 millones de euros en importaciones de petróleo, gas y carbón, de los que 65.000 millones fueron a parar a los Estados Unidos. Con lo cual, la segunda clave que se desprende de esta crisis para Europa es la siguiente: hay poderosísimas razones de Seguridad, Económicas y Climáticas para acelerar la transición energética hacia un sistema que deje atrás la era de los combustibles fósiles. La base de la soberanía estratégica europea pasa por lograr, más pronto que tarde, su soberanía energética. El proyecto europeo se encuentra hoy ante una pinza geopolítica por parte de dos potencias imperiales, Rusia y Estados Unidos, que han hecho de la defensa de sus ingentes activos patrimoniales fósiles un elemento central de su estrategia exterior.

La tercera y última clave es que, en medio de los tambores de la guerra y el retorno de las lógicas imperiales, como diría el gran García Márquez la emergencia climática no tiene quien le escriba. Se encuentra desaparecida de la conversación pública, de las portadas, de los telediarios, de los laboratorios de ideas, de los debates electorales. Y sin embargo, avanza paso a paso conduciéndonos hacia el abismo climático. Sólo a la Unión Europea los impactos directos derivados de la crisis del clima entre 1980 y 2024 le han costado 850.000 millones de euros. Y cada década que pasa la factura se encarece ya que son cada vez mayores.

Un informe reciente por parte de destacados científicos (The risk of a hothouse Earth trajectory, Ripple et al, febrero 2026) concluye que el umbral de los 1.5 grados ya se ha superado o está muy próximo a hacerlo. Lo que es aún más grave, dada la actual trayectoria de las emisiones mundiales, el contexto geopolítico global y la aceleración que ha conocido el aumento de la temperatura entre 2010 y 2025 (0,31 grados de aumento por década), es muy realista prever que hacia 2045 el Sistema Tierra esté cruzando el umbral de los 2 grados.

Por ello, la sociedad civil vasca, española y europea, la comunidad de la ciencia, las organizaciones de las Naciones Unidas, las organizaciones ecologistas, las ciudades y regiones, las comunidades religiosas y espirituales…, no podemos bajar los brazos. Aquí y ahora se está decidiendo el destino climático del mundo, el hecho más decisivo del siglo XXI. No nos podemos distraer ni un instante.

Seguiremos escribiendo sobre la crisis del clima…, conscientes de que nos va la vida en ello.

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