De la integración regional al mercado continental: la promesa del AfCFTA

Ainhoa Marín Egoscozábal. Profesora de economía en la Universidad Complutense de Madrid y coordinadora en la Fundación Mujeres por África.
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El 21 de marzo de 2018 pasó desapercibido fuera de África. Sin embargo, ese día se firmó el Acuerdo por el que se establece el Área de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA), probablemente el acontecimiento económico más ambicioso del continente en lo que va de siglo. El Acuerdo, hoy en día, ha sido firmado por todos los países africanos —salvo Eritrea— y es jurídicamente vinculante para 49 de ellos, que lo han ratificado a lo largo de estos años.

Con el AfCFTA, África ha iniciado un proceso de puesta en marcha de un mercado sin barreras al comercio entre los países africanos. En esencia, los países se comprometen a eliminar las barreras comerciales (aranceles, sobre todo) hasta un 90% para el año 2030 y un 97% antes de 2035. No compromete, por ahora, a una política comercial externa única, pues cada uno de los Estados parte conserva margen político para establecer libremente sus propios aranceles externos y demás normativas regulatorias frente a terceros países. Así, por ejemplo, un país como Angola, que aplica un arancel a los productos chinos que varía entre el 2% y el 50% (según el producto), no tiene por qué armonizarlos con otros países africanos, pero tiene la obligación de eliminar, de aquí a entre 4 y 9 años, los aranceles para productos que vienen de otros países africanos. En este momento, Angola aplica en general la misma tarifa aduanera (esto es, aranceles) a los productos importados de países africanos que a los productos procedentes de un país europeo o americano. Solo hay ventajas arancelarias, que se iniciarán en 2026, para los productos que proceden de países vecinos, miembros del acuerdo regional al que Angola pertenece, la SADC, que agrupa a 16 países de la región austral africana.

Como sucede en el caso de Angola, los compromisos políticos dirigidos a eliminar barreras al comercio con otros países africanos vecinos no son nuevos y ya existen muchos acuerdos comerciales entre ellos. Desde los años sesenta, los gobiernos africanos han constituido múltiples iniciativas regionales o comunidades económicas regionales (CER) que han unido a los países africanos bajo una plétora de siglas: la CEDEAO, EAC, IGAD, SADC, COMESA, UMA, entre otras tantas. Todas estas iniciativas agrupaban a países africanos con una lógica de proximidad regional y, a menudo, los países pertenecían de forma simultánea a más de una iniciativa. En los tratados fundacionales de estas agrupaciones estaba el objetivo de mejorar el comercio entre los países que las formaban y, frecuentemente, otros más ambiciosos como el desarrollo y la paz en la región.

Después de décadas de integración regional africana, se han alcanzado algunos logros en estas denominadas Comunidades Económicas Regionales. Los países de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO-ECOWAS), por ejemplo, tienen su propia fuerza de intervención militar (ECOMOG), un pasaporte regional y han puesto en marcha una zona de libre comercio entre los 15 países miembros, eliminando la gran mayoría de aranceles entre ellos. También han tenido sus problemas, con la reciente salida de tres de sus miembros (Burkina Faso, Níger y Mali) y una grave situación de inseguridad regional, que afecta sobre todo al Sahel y a zonas fronterizas con países miembros de la agrupación, como el norte de Nigeria.

La Comunidad de Desarrollo del África Austral (SADC) es un bloque también muy avanzado en integración comercial, en el que la mayoría de los miembros (incluyendo desde este año a Angola) ha eliminado aranceles a casi el 90% de los productos comerciados entre ellos. La East African Community (EAC), uno de los procesos más avanzados en integración comercial, avanza rápidamente hacia aranceles comunes con el exterior y tiene la mayor parte del comercio liberalizado. En este proceso de unión comercial, uno de los más avanzados del continente, también hay tensiones. En la EAC podemos observar un problema habitual en las comunidades económicas regionales, que tiene que ver con las llamadas barreras “no arancelarias”. Estas barreras son, por ejemplo, restricciones derivadas de los requisitos específicos que los productos tienen que cumplir en ese mercado, como normativa técnica, medidas sanitarias y fitosanitarias o prohibiciones que protegen a las industrias nacionales de la competencia extranjera, así como tasas discriminatorias o requisitos aduaneros complejos. Así, por ejemplo, Kenia ha denunciado a Tanzania en 2025 por imponer múltiples peajes en la frontera, que ralentizan el tránsito y dificultan la exportación de helados, chocolate, etc., desde Kenia a Tanzania. En el comercio mundial actual, no solo en el contexto africano, estas barreras afectan tanto o más que los aranceles tradicionales.

En una de las áreas que requiere mayor grado de coordinación dentro de una unión económica —la creación de uniones monetarias—, el continente africano cuenta con una experiencia histórica más antigua que la propia Unión Monetaria en Europa con el euro. En la actualidad, tres de las ocho CER reconocidas por la Unión Africana (la Comunidad Económica de los Estados de África Central —CEEAC—, CEDEAO y SADC) tienen uniones monetarias más pequeñas dentro de ellas: la Unión Económica y Monetaria del África Central —con el franco CFA como moneda común entre ocho países—, la Unión Económica y Monetaria del África Occidental —formada por seis países que usan igualmente el franco CFA— y la Zona Monetaria Común, entre Lesoto, Namibia, Eswatini y Sudáfrica, que vinculan sus monedas al rand sudafricano a un tipo de cambio permanente de 1:1.

A pesar de todos estos logros, persiste una tendencia histórica por la que África comercia bastante más con el exterior que consigo misma. Esto contrasta con otras regiones del mundo: en la UE, por ejemplo, el 67% del comercio es intracomunitario y en Asia un 60%. Mientras, el comercio intra-africano, aunque es creciente, no llega al 20%. Esto significa que solo dos de cada diez productos que compra o vende el continente tienen como destino u origen otro país africano.

El AfCFTA pretende romper esta lógica estructural por la que África comercia poco con África. Es verdad que eliminar aranceles y otras barreras al comercio no es el único elemento para lograr este objetivo. Mejorar las infraestructuras para que el comercio sea más operativo y a menor coste es otro elemento igual de importante que eliminar los aranceles. En este sentido, el continente sigue adoleciendo de un enorme déficit de infraestructuras. El Banco Africano de Desarrollo (BAfD) ha estimado que las necesidades de infraestructura de África ascienden a entre 130.000 y 170.000 millones de dólares al año, con un déficit de financiación de entre 68.000 y 108.000 millones de dólares. Aunque África sigue mejorando los corredores de transporte que conectan puertos con zonas mineras, capitales o mercados regionales, y lo está haciendo con fondos africanos e internacionales, todavía queda mucho por hacer.

Los países africanos están claramente insertos en cadenas de valor globales, pero suministrando, sobre todo, bienes de menor valor añadido. Se exporta petróleo (pero la mayoría sin refinar), minerales en bruto (cobalto, hierro, litio o platino sin procesar), cacao en grano (que no es chocolate procesado), algodón (sin hilar), anacardos (sin procesar) o madera en troncos. En este punto, es generalizado el convencimiento de que el impacto del AfCFTA será bajo si actúa solo por la vía de la liberalización comercial. El AfCFTA, aunque aparentemente centrado en el comercio, se está combinando con objetivos de industrialización y se espera que promueva el desarrollo industrial mediante la diversificación y el desarrollo de la cadena de valor regional (RVC). Además de la eliminación de los aranceles, las barreras no arancelarias y la mejora de las infraestructuras de transporte, otro elemento imprescindible para que África comercie más dentro del continente será la creación de cadenas de valor regionales.

Las cadenas de valor regionales serían redes de producción donde las empresas africanas procesan insumos de otras empresas de la región o venden productos a otras empresas regionales para ser transformados. Ya está pasando. La producción industrial ha estado aumentando en África en las últimas décadas y eso se refleja en las exportaciones regionales. Por ejemplo, los productos textiles y la ropa de Kenia y Etiopía, así como los materiales de construcción, productos químicos y maquinaria de Ghana o Nigeria, que compran los países vecinos. Con cadenas de valor regionales, los mayores ingresos se quedan dentro del continente, lo contrario de lo que ha ocurrido históricamente. Se espera que el AfCFTA sea capaz de promover el desarrollo industrial y el fortalecimiento de las cadenas de valor regionales. Como afirma el AfCFTA Secretariat (el órgano que gestiona su implementación): “Value, not volume, matters”. Al final, no es solo una cuestión de más comercio o de exportar grandes volúmenes (de petróleo, de gas o cacao…), sino del valor de lo que se exporta.

El AfCFTA puede ser además una promesa de mayor poder de negociación para África. Se espera que mejore la capacidad de los gobiernos africanos para navegar complejos acuerdos comerciales con otras potencias y en otros debates del comercio mundial. En el momento actual, en el que ya se producen cambios en el balance de poder entre diferentes países en el mundo, el fortalecimiento de una posición común africana podría no solo aumentar su influencia en la gobernanza económica global, sino también permitirle defender con mayor eficacia sus intereses estratégicos y promover un desarrollo más equitativo y sostenible para el continente.

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