Mantener “Los Caídos” como símbolo de poder (a pesar de todo y de todos y todas)

Ediles y parlamentarios de Contigo Zurekin.

Los monumentos son elementos que sobresalen en el espacio público, construidos y pagados por quienes en cada momento han ostentado la capacidad de hacerlo desde las instituciones públicas, con o sin ayuda de entes privados, con el objetivo de enviar mensajes más o menos claros hacia quienes comparten dichos mensajes, pero también hacia quienes los sufren. Son recuerdos ensalzadores de hombres (casi en exclusiva) o procesos que, en el devenir de la historia, han destacado por valores que se pretenden reconocer, respetar y mantener hacia el futuro.

Así ocurre también con “Los Caídos” de Pamplona, enorme monumento funerario, construido con dinero público, para loar y difundir el valor inmenso que tiene en nuestra civilización el matar al otro-a, a quien piensa diferente, a quienes disputan o alcanzan el poder y el gobierno de forma legítima, para ocuparlo de forma ilegítima, como hicieron Franco y sus compinches.

La sombra que proyectan “Los Caídos” sobre el enorme espacio público que se dispone a su servicio sigue intacta después de tantos años de su construcción. La “modélica” transición española olvidó durante decenios a miles y miles de víctimas, humilladas cada día en esa plaza, que los vencedores del franquismo han conseguido mantener, no sólo intacta sino como sede de actividades “privadas” de ensalzamiento del franquismo, tan infames como permitidas, hasta antes de ayer.

En estos ochenta años ha sido imposible dedicar el monumento a algo que justificara su mantenimiento. Ni como sala de exposiciones, ni como nada, porque su construcción estuvo muy bien pensada para su único fin: perpetuar “ad eternum” las ideas de la guerra y la muerte para quien se considere enemigo-a.

El debate sobre su conservación o no está encendido desde hace unos años, y también la esperanza de su desmantelamiento a la luz de las diversas Leyes de Memoria Histórica de Navarra, en cuyo catálogo inicial aparecía como símbolo franquista a desaparecer o la más reciente Ley de Memoria Democrática que, por otro lado, ha consolidado el otro gran monumento franquista que es el Valle de los Caídos.

Algunas élites académicas y políticas abogan por la conservación de los monumentos en base a su valor artístico e histórico, que suele estar avalado por esas mismas élites, en consonancia con el poder establecido en cada momento

Otras fuentes académicas nos ponen sin embargo en aviso del significado de mantener estos monumentos, legitimando con ello su mensaje a las generaciones futuras, ante las que se claudica en la incapacidad de desmontarlos, para desactivar así su poder.

Desmantelar el monumento a “Los Caídos” en Pamplona, tal y como exigen las asociaciones memorialistas sería un verdadero acto democrático de respeto a los valores de quienes fueron asesinados y asesinadas por ello. La lección a futuro de una sociedad que es capaz de convencer a sus élites de que el verdadero monumento a construir está sobre las ruinas de “Los Caídos” demolido es muchísimo más potente que la supuesta pedagogía que pretenden impartir en “Los Caídos” resignificados, con el inútil ánimo de que no vuelva a suceder.

¿De verdad alguien de las poderosas personas que han firmado por la resignificación del monumento creen que lo sucedido puede no volver a pasar? ¿Lo piensan mientras asistimos en vivo y en directo a los horrores del genocidio en Gaza?

Es curiosa la palabra resignificación. Es una palabra que, por un lado no está recogida en la RAE, y por otra, con el participio “re” nos habla de repetir o de intensificar algo, en este caso sería, repetir e intensificar el “significado” de “Los Caídos”.

Es un “palabro” muy usado por las élites mencionadas antes para convencernos de la importancia de mantener los monumentos, en especial esos que glorifican un pasado, que en términos humanitarios definiríamos como vergonzoso y humillante, en especial para las clases sociales más precarias, y que a su vez nos suscita un debate muy intenso con quienes defienden precisamente esos valores tan denostados.

Las ciudades en general y Pamplona en particular están faltas de monumentos y reconocimientos a las luchas republicanas, obreras, feministas y tantas otras protagonizadas por gentes humildes y comprometidas con el bien común, la igualdad y la paz.

Resulta muy curioso que en el ámbito de la memoria histórica, las placas, recuerdos y monolitos de lo sucedido sean tan pequeñas, humildes y poco costosas en comparación con monumentos como “Los Caídos”. Eso dice mucho también del compromiso de las élites de cada momento de no cuestionar demasiado el verdadero poder que maneja nuestro sistema.

Nos dicen que la historia la escriben los vencedores, que además construyen monumentos eternos para que no se nos olvide. Y sin embargo, qué hermoso sería que, por una vez, una ciudad como Pamplona y un Gobierno como el de Navarra, hiciera un acto de justicia social y de reconocimiento monumental a todas aquellas personas asesinadas por sus ideas y humilladas por el Monumento a “Los Caidos”, demoliéndolo y devolviendo al pueblo ese magnífico solar público para su disfrute, después de 80 años secuestrado, para la conmemoración de que un día fuimos capaces de demoler la idea del fascismo, de la guerra y de la muerte del otro-a.

Edurne Eguino y Txema Mauleón (Batzarre)

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