Darina Martykánová (Universidad Autónoma de Madrid)
Hace dos décadas, cuando iba a Estambul a consultar archivos, algunas personas en España me preguntaban si me tenía que poner el velo. Hoy, debido a la popularidad de las series turcas, nadie haría esta pregunta. Aun así, circulan muchos clichés sobre la cuestión femenina en el país al otro lado del Mediterráneo. Los más difundidos son los siguientes: 1) las turcas deben su emancipación a un solo hombre, el primer presidente de la República, Mustafa Kemal Atatürk. 2) el estilo de vida secular solo es habitual en Estambul, el resto del país vive en una distopía reaccionaria. 3) el gobierno de los islamistas liderados por Recep Tayyip Erdoğan ha supuesto el avance de la islamización de la sociedad turca. Partamos de estos supuestos para adentrarnos en la larga y plural historia de la cuestión femenina y del feminismo en Turquía.
Los méritos de Atatürk en cuanto a la libertad y la igualdad de las mujeres en Turquía son indudables. El régimen kemalista igualó a las mujeres con los hombres en el acceso a la educación, fomentó su acceso a las profesiones, y, finalmente, les garantizó el derecho de voto. En 1926, Turquía adoptó un calco del código civil suizo que declaraba la igualdad frente a la ley de las mujeres y hombres en asuntos como divorcio, manutención, herencia y testimonio, y abolía la tutela del hombre sobre mujeres adultas. Si bien el hombre seguía siendo jefe de familia, como en gran parte de los países europeos de la época, y el trabajo femenino estaba condicionado por el permiso marital, el régimen incentivaba el empleo femenino y su visibilidad en el espacio público de tal forma que los hombres del régimen que querían presentarse como modernos solían apoyar la educación y trabajo de sus hijas y esposas. Es más, el régimen republicano, entre cuyos protagonistas hubo varias mujeres fuertes desde la escritora, feminista y nacionalista Halide Edip hasta la historiadora Afet Inan, presentó una alternativa moral a la tradicional segregación por sexos en las sociedades urbanas musulmanas, fomentando activamente la sociabilidad mixta (veladas y bailes) y visibilidad de las mujeres en el espacio público (desfiles, deporte y ejercicios colectivos). La sociabilidad de hombres y mujeres que no fueran familia, anteriormente tabú, se presentaba como civilizada y virtuosa. No tenía que buscar excusas, teniendo en cuenta que los ciudadanos de la nueva república debían haber interiorizado un fuerte imperativo moral que hiciera innecesarias, hasta perjudiciales, la vigilancia y las barreras externas.
Sin embargo, estas políticas y tendencias no salieron de la nada. La historia del feminismo se extiende hasta los tiempos del Imperio otomano. Además de darse los primeros casos del movimiento organizado de mujeres, la llamada cuestión femenina fue uno de los grandes temas en los debates sobre la decadencia y regeneración del imperio y de la “nación” musulmana. En diálogo y disputa con las ideas de los europeos sobre “el Oriente”, la situación de las mujeres se convirtió en un tema político. La educación femenina, sobre todo, se consideraba clave para regenerar la nación a través de una maternidad saludable, bien informada y patriótica. Sin embargo, sobre todo en el Segundo Periodo Constitucional después de la revolución de 1908, conocida como la Revolución de los Jóvenes Turcos, también se esperaba que las mujeres instruidas cumplieran un papel social y económico, por ejemplo como maestras o empleadas de oficina.
Muchos reformistas y revolucionarios varones escribieron sobre la situación de las mujeres en su afán por salvar el Imperio y su elemento musulmán. Sin embargo, las mujeres no permanecieron pasivas ante tal efervescencia. Aprovecharon sobre todo la proliferación de la prensa y la creciente libertad de asociación para articular sus posturas y defender sus intereses. Así, por ejemplo, Ulviye Mevlan fundó la revista Kadınlar Dünyası [El Mundo de las Mujeres] desde la que ella y otras autoras reivindicaron la inteligencia y moral de las mujeres y defendieron su libertad, educación, acceso a las profesiones y participación en la vida pública. Al final del Imperio otomano se articularon incluso demandas sufragistas. Había revistas y asociaciones femeninas de distintas comunidades etnorreligiosas y algunas sociedades, por ejemplo, la Sociedad para la Protección de los Niños, sirvieron como punto de encuentro de feministas musulmanas, armenias y judías. La masonería femenina también cumplió este papel. Al instaurarse la libertad de asociación después de la Revolución de 1908, se creó en 1913 la Sociedad Otomana por la Defensa de los Derechos de las Mujeres (Osmanlı Müdafaa-i Hukuk-ı Nisvan Cemiyeti), una asociación claramente feminista. Estos antecedentes otomanos fueron claves para que las políticas republicanas a favor de las mujeres tuvieran una buena recepción en las clases medias urbanas.
Entre 1940 y 1980, a pesar de las enormes brechas culturales entre las clases y las regiones, las mujeres turcas fueron entrando en número importante a la universidad y a las profesiones y alcanzando una gran libertad de movimiento en el espacio público. Sin embargo, conforme con su militancia política o sindical y perfil ideológico, preferían canalizar sus demandas en movimientos y organizaciones políticas en vez de crear un movimiento feminista a través de las corrientes ideológicas. A partir de 1980, el movimiento feminista turco se fue separando de los movimientos políticos más amplios. Las mujeres más jóvenes reprochaban a la generación de sus madres el haber subordinado la lucha por la libertad femenina a los objetivos de los gobiernos republicanos o de movimientos políticos como el nacionalista (turco o kurdo), profesional (cámaras de arquitectos o médicos, muy activas en la política), sindicalista o socialista, y plantearon la necesidad de un movimiento feminista autónomo y a la vez inclusivo para todo tipo de mujeres. Se rebelaron contra la noción de la perfecta mujer patriota que debía encarnar el ideal de mujer profesional, madre de familia, y mantener además la virtud sexual, e insistieron en una libertad real para tomar sus propias decisiones. En esta dirección, se produjeron varios cambios legislativos, desde la liberalización del aborto, pasando por la eliminación del permiso marital y de la figura del jefe de familia, hasta un arreglo igualitario en caso de divorcio y manutención. Asimismo, las feministas del cambio de milenio rechazaron la obligación a quitarse el velo impuesta a las funcionarias, a las parlamentarias y a las estudiantes universitarias, desde una lógica liberal de libre elección. Sin embargo, los temas que verdaderamente lograron aglutinar a mujeres de distintos perfiles sociales e ideológicos, también a muchas islamistas, fueron otros: la lucha contra la violencia de género, contra los matrimonios forzados y contra todo tipo de abuso hacia mujeres y niños. Es en este campo dónde el movimiento feminista turco es más visible, relevante y donde goza mayor apoyo social, también entre mujeres provenientes de sectores conservadores: promoviendo los refugios para mujeres maltratadas, los derechos reproductivos, ejerciendo vigilancia sobre el sistema judicial y presionando para que no se traten con benevolencia casos de violencia doméstica, asesinatos “de honor” (que incluyen a hombres despechados matando a chicas que los rechazan, asunto que moviliza también a las familias conservadoras) o cualquier abuso hacia las mujeres y niñas.
Hoy en día, Turquía es una sociedad muy plural, en la que coexisten todo tipo de estilos de vida, creencias y convicciones políticas. El afán del gobierno del Partido de Justicia y Desarrollo por islamizar la sociedad no ha resultado exitoso, sí sus políticas liberalizadoras iniciales. A la vez que existe fuerte presión social (o presión del barrio, en palabras del sociólogo Şerif Mardin) y familiar, la sociedad es cada vez más liberal en el sentido de rechazar la intervención estatal en la vida privada de los ciudadanos. Por ejemplo, la propuesta de regular pisos compartidos por estudiantes para garantizar que fuesen segregados por sexos generó rechazo incluso entre los padres. Además la herencia de la República de presumir de la “fuerte mujer turca”, hace que personas de derechas y de izquierdas se enorgullezcan de “sus” mujeres-pilotos de combate, de sus alcaldesas y otras líderes políticas y de sus científicas y arquitectas. Las mujeres turcas sufren mucha violencia y presión, pero al mismo tiempo, su fuerza se considera el orgullo para la nación. Las mujeres feministas han contribuido, desde la década de 1880, a construir esa sociedad combativa.

