Una sensibilidad especial

(Galde 04, otoño 2013). Si es usted mujer, es posible que todo lo que sigue a continuación le parezca una anécdota sin importancia. Si es hombre, seguro que se ha encontrado en más de una ocasión en situaciones semejantes a la que se describe en este artículo y no lo considerará tan anecdótico.

Sucedió hace varios años. Puede que me equivoque en los detalles, pero la idea general permanece en mi mente como si hubiera ocurrido ayer mismo. Dos hombres y dos mujeres charlábamos de cine. De repente, creo que fue al comentar Los puentes de Madison, dirigida por Clint Eastwood, una de las chicas soltó algo así: “Para entender esta película hay que poseer una sensibilidad especial, que solo las mujeres tenemos”.

Me quedé estupefacto. Tras unos segundos, el tiempo que me costó reaccionar, una anodina conversación sobre el séptimo arte se convirtió en una apasionada discusión sobre la supuesta “sensibilidad especial” que mi interlocutora con igual vehemencia atribuía a todas las féminas y negaba a todos los varones. Como si el simple hecho de tener pene me convirtiera en un burro o constituyera un motivo de agravio por el que tuviera que disculparme. La paráfrasis de una cita de Woody Allen, al parecer apócrifa, resumiría perfectamente cómo me sentí: “soy hombre, pero puedo explicarlo”.

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Al fotograma del film “Una pistola en cada mano” de Cesc Gay, le hemos acoplado la ilustración base del cartel de las “Jornadas sobre la Condición Masculina. ¿Otra masculinidad es posible? La identidad masculina o el olvido de toda identidad”.

Como la mayor parte de los varones educados de mi generación he simpatizado siempre con el movimiento de liberación de la mujer. Soy consciente de que todavía queda mucho para conseguir la igualdad real entre ambos sexos. Lo más urgente sigue siendo erradicar de una vez por todas el terrorismo machista e incluyo en él no solo la llamada violencia de género, sino también las violaciones, los acosos y la prostitución forzada. Pero, a pesar de la permanencia de esas lacras, es innegable que en nuestro país se ha avanzado en las últimas décadas y que muchas mujeres no estarían donde están si muchos hombres no hubieran colaborado gustosos en la empresa. Quisiera dejar claro que, si no me avergüenzo de ser varón, tampoco me enorgullezco de ello: me parece también evidente que muchos hombres no estarían donde están si no fuera por el sacrificio desinteresado de sus madres y compañeras. No es mérito mío ser hombre: simplemente me ha tocado. Pero estoy convencido de que tampoco me sentiría orgullosa de ser mujer y por eso me sorprenden las que sí parecen estarlo.

Creo en la igualdad de derechos y deberes de mujeres y hombres. Faltaría más. Para mí la posesión de un pene o una vagina solo tiene importancia en las actividades sexuales y reproductivas. Para todo lo demás me resulta irrelevante. Siempre he tenido más amigas que amigos y nada me aburre más que las cuadrillas de hombres o las sociedades exclusivamente masculinas, típicas del país. No creo, sin embargo, que las mujeres tengan una sensibilidad especial. Además, ¿quién decide qué es una “sensibilidad especial”? ¿Quién, fuera de mí mismo, puede saber qué siento ante una situación dada? A mí me emocionó Los puentes de Madison, como también, a pesar de ser hombre, al tan especialmente sensible tercer participante en la discusión que mencionaba al principio. En cambio, a la otra contertulia, la cuarta en discordia, la película le aburrió sobremanera, así que, pobrecita ella, debe de ser una insulsa, y eso que es mujer.

Decía que hemos avanzado en igualdad, pero la autocensura y la hipocresía, a menudo con una pátina pretendidamente progresista, siguen campando a sus anchas. Nuestra sociedad ha pasado en unos lustros del machismo estructural a la corrección política. No sé hasta qué punto es representativo, pero lo cierto es que en los ambientes bien pensantes en los que me muevo una mujer puede hacer las bromas que se le antojen sobre los hombres porque todas (y todos) le reirán la gracia, la tenga o no. En cambio, un hombre tendrá que pensárselo dos veces antes de contar un chiste sobre mujeres (y hay chistes de ese género muy buenos), ya que, con toda probabilidad, será tildado ipso facto de machista, lo sea o no. He escuchado cómo algunas mujeres hablan de los hombres y siento tanta repugnancia como cuando algunos hombres hablan de las mujeres: es sexismo en estado puro. Aunque nos cueste admitirlo, los hombres nos encontramos a la defensiva ante estas manifestaciones de machismo al revés toleradas socialmente, que poco tienen que ver con el feminismo tal como lo entiendo, y en tales bretes casi siempre optamos por callarnos.

No trato de establecer listas de agravios. No dudo de que muchas mujeres, sobre todo, todavía, la mayoría de las que compaginan la vida laboral con la familiar, tienen más motivos de queja que muchos hombres. Lo que digo es que todo sexismo es condenable y que hay que combatirlo siempre, también cuando se menosprecia los sentimientos masculinos o cuando los jueces fallan sin más argumento a favor de las mujeres al decidir la custodia de los hijos.

Algunas feministas, espero que pocas, parecen creer que “las mujeres” constituyen una categoría absoluta, que está por encima de todas las demás circunstancias. Como si fuera equiparable ser rica o pobre, joven o vieja, blanca o negra, cristiana o musulmana, lesbiana o straight, con hijos o no… Pues siento desengañarlas. Para bien y para mal, las liberadas (al menos en parte) mujeres occidentales de clase media del siglo XXI comparten más valores, aficiones y fobias con los hombres occidentales de su generación y su clase que con sus (ellas sí) explotadas madres y abuelas. Y, a la par, los privilegiados habitantes del Primer Mundo, hombres y mujeres, tienen mucho más que ver entre sí que con los desheredados del Tercer Mundo. Las mujeres de estos países, doblemente oprimidas, por mujeres y por pobres, están desempeñando un papel fundamental en la salida del subdesarrollo. Pero ése es un mérito que solo ellas pueden arrogarse, no sus congéneres ecofeministas de Europa y América del Norte, digan lo que digan algunas de estas últimas, de la misma manera que yo no puedo atribuirme el coraje de Nelson Mandela en su lucha contra el apartheid solo porque los dos somos varones. Una diferencia obvia, y determinante, respecto al estatus de la mujer es que en las patriarcales sociedades del Sur feminidad y maternidad son prácticamente sinónimos, mientras que en el Norte la maternidad, con todo lo que conlleva, es simplemente una opción.

He hablado demasiado, así que me callo ya. No sin antes expresar mi convencimiento de que hace tiempo que deberíamos haber desterrado ciertos estereotipos atávicos que se mantienen por inercia. La clasificación de valores y contravalores en función del género (por ejemplo, identificando la sensibilidad con lo femenino y su carencia con lo masculino o el valor con lo masculino y su carencia con lo femenino) es un error grave y fuente constante de malentendidos. Porque hay hombres muy sensibles y mujeres muy sensibles, hombres poco sensibles y mujeres poco sensibles. Y la mayoría de nosotros, hombres y mujeres, somos muy sensibles para algunas cosas y muy poco sensibles para otras, dependiendo de las circunstancias, los gustos y el estado de ánimo. Y de verdad: ya va siendo hora de que unos y otras nos dejemos de eslóganes manidos y retóricas fáciles. Porque si algo sigo echando de menos en este país es la capacidad de comunicación y de empatía entre hombres y mujeres. En eso sí que nos queda un largo camino que recorrer.

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