Periskopioa: E la nave va

Galde 30, 2020/otoño. Jasón & Argonautas.-

I.- La nave cultural, escorada y maltrecha, va zarpando con exasperante lentitud. Museos, teatros y cines abren sus puertas a su menguada clientela con las debidas precauciones: Aforos reducidos, mascarillas y abundante gel hidroalcohólico. La música en vivo, de momento, aguarda en silencio su turno.

Extraño este verano de festivales y conciertos cancelados, pueblos sin fiestas y discotecas cerradas. Los promotores, y también el público, añoran la vieja normalidad. Edimburgo se siente huérfana sin su festival de agosto y otro tanto Bilbao sin Marijaia, dueña y señora del jolgorio veraniego. Las arcas municipales echan de menos lo que en tantas ocasiones el Consistorio ha menospreciado; no digamos la hostelería. Verano sin música, ni alegría ni desmadre, como aquel “mes de mayo de flores sin flores-que cantaba Imanol- ¿Para qué coño sin vida queremos un mes de mayo?”

El miedo ha penetrado hasta capas muy profundas y cuesta convencer que los espacios culturales pueden ser seguros. Los programadores lo saben y por ello celebran sus pírricos resultados, que imaginaban aún peores. La taquilla de los cines ha caído un 70%, y los principales museos vascos esperan cerrar el año con entre un tercio y un cuarto de sus visitantes habituales. Y eso que nadie ha señalado ningún contagio por acudir a un evento cultural que siga los protocolos de seguridad acordados. La industria del libro resiste mejor, obviamente, aunque no tanto las librerías.

Frente a tanto desaguisado y previsibles quiebras, asistimos al auge imparable de las plataformas de streaming. Los gigantes tecnológicos como Apple o Amazon se imponen a la industria tradicional de Hollywood, lo que no augura buen futuro a las salas de cine, hoy ya irrelevantes. Progresivamente van copando todos los ámbitos de información, comunicacióny entretenimiento, imponiendo el apoyo a sus intereses en las legislaciones nacionales. Las estadísticas de la Lista Forbes señalan las obscenas cifras multimillonarias con que sus propietarios incrementan diariamente su patrimonio.

Se preguntaba Bertold Brecht: “¿Se cantará también en los tiempos sombríos?”, y él mismo se respondía, “también se cantará sobre los tiempos sombríos”. A lo pequeño, a lo que queda en la periferia, no lo quedará más remedio que mirar hacia adelante combinando audacia y prudencia. Habrá de cuestionar sus viejas certezas y ver cómo enraíza en el nuevo ecosistema cultural.

II.- El otoño será caliente en reivindicaciones. El sector cultural se movilizará para tener un hueco en la respuesta global que las instituciones den a las consecuencias de la pandemia. No lo tendrá fácil mientras lo cultural siga asociado al entretenimiento frívolo. Sin embargo, será más necesario que nunca para sobrellevar la enfermedad, el aislamiento y la precariedad, y sus consecuencias: ansiedad, estrés y miedo. Las artes permiten construir metáforas para intentar dar sentido a lo que nos ocurre. Necesitamos ver y contar la realidad a través de la ficción.

III.-Dice Declan Donnelan que “mucha gente siente que el mundo parece irreal, pero que quizá es el mundo real el que es irreal”. Para este prestigioso director escénico “es el mundo el que está enfermo”. Así parece en las imágenes que cada día sirven los informativos.

Arde la pradera americana y su presidente –thismotherfucker, como lo define Spike Lee- atiza el fuego al son de los himnos confederados del supremacismo blanco. Es su particular guerra electoral cínica contra la “revolución cultural de la izquierda”. La rodilla policial que estranguló a George Floyd encendió Estados Unidos y el clamor contra el racismo, ese pecado original de la nación americana, se extiende con furia.

Junto a las protestas, hay un ejercicio de revisionismo histórico por parte de quienes se sienten injustamente tratados desde que tienen memoria. Sus vidas también deben importar. Las estatuas opresoras se arrancan de sus pedestales. El gesto rabioso no se detiene ante la imprecisión histórica. Cuando se tira a bulto, hasta Cervantes, poco sospechoso, corre riesgo de decapitación. Con las estatuas quizá pase lo que decía Brecht de los bancos: el delito no está en derribarlas, sino en erigirlas. ¿Quién está tan libre de mancha como para que su memoria deba ser celebrada hasta el fin de los tiempos? Sin embargo, una revisión del arte y la cultura antigua con códigos de corrección contemporánea sería devastadora, sea por racismo, machismo o cualquier otra forma de crueldad; comenzando por la Biblia. Por si acaso, la cultura mainstreamestá tomando nota: habrá estándares de diversidad para ser premiado en los Oscar o exponer en los museos, no se reirá más aquello de “¡Señorita Escarlata, Señorita Escarlata!” y “Los diez negritos” se retitulará como “Eran diez”.

Es la anécdota de algo más profundo. Un manifiesto firmado por prestigiosos intelectuales liberales de izquierda americanos reclamaba el derecho a “discrepar sin consecuencias personales funestas” en sus ambientes académicos y profesionales. Asunto complicado: quienes han dictaminado tantas veces hasta ahora el criterio correcto, se sienten víctimas de la llamada cultura de la cancelación; la de quienes instalados en el pensamiento mágico y la opacidad de las redes de Internet buscan causas simples y reconocibles para todos los males, y sobre todo, culpables.

¿Por qué será que todo esto nos remite a aquella nave de Fellini que en vísperas de la Primera Guerra Mundial llevaba a un grupo de excéntricos personajes a depositar en el mar las cenizas de una gran diva operística? Al final, a los sones de La fuerza del destino, de Verdi, la nave era hundida a cañonazos. ¿O era aquel mundo europeo decadente el que se iba a pique? Brillante y grotesca metáfora, también, de nuestro tiempo.

Atalak | Kultura

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