EL PROBLEMA DEL MAL

Santiago Eraso Beloki

En estos tiempos de incertidumbre -cuáles no lo son me pregunto a menudo- se habla mucho del regreso de Dios, como esa figura bondadosa que nos traerá la paz o, al menos, cierto sosiego individual, pero muy poco del demonio, su maligna contraposición simbólica.

En una célebre conferencia titulada Los dioses que han caído. Algunas preguntas sobre el problema del mal, Norberto Bobbio, en referencia al asedio de Sarajevo en 1994 durante la guerra de Yugoslavia, se preguntaba por qué Dios no solo había callado ante aquellos hechos, sino que además había consentido la masacre. Seguramente, si Bobbio viviera, se haría la misma pregunta sobre la destrucción de Gaza o la guerra civil en Sudán, una de las mayores catástrofes humanitarias de nuestros días.

En aquella disertación el politólogo y filosofo italiano distinguió entre el “mal activo” y el “mal pasivo”, el que se hace y el que se sufre. Según él, el primero estaría representado por Caín, un feroz asesino; y el segundo por Job, un hombre recto y paciente capaz de soportar cualquier calamidad. Es evidente que ambas figuras representan dos arquetipos extremos de la condición humana, cuya complejidad moral es imposible reducir a un simple binarismo entre buenos y malos. Sabemos que cualquier persona es capaz de infligir el mal y de compartir el bien, de hacer sufrir o de padecer. Esta es una cuestión que, desde San Agustín a Hannah Arendt o Simone Weil, pasando por Kant o Nietzsche, filosóficamente nunca se ha resuelto. Sigue siendo un dilema ontológico que queda siempre en suspenso. De hecho, para Hobbes en su Leviatán el bien y el mal no son considerados más que dos nombres y para Spinoza en Las cartas del mal representan tan solo puntos de vista relativos, por los que cada uno llama bueno o malo a cuanto cree que puede convenir o perjudicar a su propia conservación. De ahí, por ejemplo, la legitimidad que tendría la defensa propia o la encaminada a la protección frente a las violencias estructurales, como genocidios u ocupaciones coloniales. Es el mismo caso que la violencia estatal democrática, cuyo ejercicio debería estar siempre regido por un estricto control del uso de la fuerza.

En estos límites entre el bien y el mal es evidente que media una gran distancia moral entre las acciones de los soldados que disparan y el dolor de las mujeres, hombres y niñes que huyen en Gaza o entre verdugos y víctimas; por supuesto, entre activistas y policías del ICE, al servicio de las políticas represivas de Trump.

La cuestión del bien y el mal es tan enrevesada que el mismo Donald Trump encarnaría para muchas personas al mismo demonio, a la vez que para otras tantas sería un ángel enviado por Dios, como pudimos escuchar en las recientes declaraciones de la cantante rapera Nicki Minaj -nacida en Trinidad-Tobago- que, en su afán por apoyar a Trump, no tuvo ningún inconveniente en citar a Dios como protector del presidente de EE. UU. Ahora, en la cumbre de su carrera artística, es paradójico, que ella misma, víctima de las políticas antinmigración en su propia vida, no dude ahora en apoyar las formas más extremas de esas políticas. Minaj, como muchos de los componentes del ICE de origen latinoamericano, en cierto modo, encarnaría la figura del sujeto colonizado e identificado con su opresor que Frantz Fanon enunciara en Piel negra, máscaras blancas y que hemos visto representado en muchas ocasiones en la literatura y el cine.

Aun así, más allá de esas figuras ambiguas o ambivalentes en las que el bien y el mal conjugan la complejidad del ser humano en su capacidad de adaptarse a conveniencia, de arrimarse al sol que más calienta, lo cierto es que también existen personas dispuestas a cualquier cosa con tal de conseguir sus metas, sin el menor atisbo de ética, incluso, al contrario, ejerciendo su maldad sin tener el más mínimo prejuicio moral.

En la premiada película Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson, esa figura “maligna” está representada por uno de los protagonistas, el coronel Lockjaw -interpretado por el actor Sean Penn-, un militar de alto rango que lidera la persecución contra los insurrectos. En la realidad, bien podría ser el comandante Greg Bovino que hasta hace unas semanas ha sido el responsable de la represión en Minnesota, o cualquiera de esos soldados a su cargo que no tienen ningún atisbo de empatía, ni el más mínimo respeto a las condiciones de existencia ciudadana. La utilización de la fuerza policial o militar indiscriminada y absoluta es una de las formas más terroríficas de poder. Causar el máximo dolor o el mayor escarmiento sería el objetivo más demoníaco.

Lockjaw, con sus acciones, persigue un doble objetivo. Por un lado, como depredador sexual, dominar y poseer a su oponente, Perfidia Beverly Hills, miembra destacada de un grupo revolucionario por la que se obsesiona, interpretada por Teyana Taylor; y por otro, como militar sin escrúpulos, formar parte del núcleo principal de la organización El club de los aventureros de la Navidad, una poderosa sociedad secreta integrada por hombres blancos cristianos que defienden la pureza racial, el mantenimiento de una estructura de poder jerarquizada y la erradicación de cualquier tipo de disidencia política. Podrían ser el espejo del actual gobierno de Trump. El tono cómico, incluso ridiculizado de los personajes, con el que el director desarrolla la película, desde mi punto de vista, hace que su posible potencia política quede prácticamente desvanecida en escarceos sentimentales y reducida a una confrontación de personalidades, algo característico de cierto tipo de cine americano en apariencia comprometido, aunque en verdad superfluo.

A esas formas de ejercer el poder, Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, lo denomina “mal radical” porque ataca a la raíz del ser humano, al eliminar su condición política, es decir, la posibilidad de vivir entre otros en igualdad de condiciones. Del mismo modo que entonces la filósofa aludía a los judíos, ahora podría referirse a todas las personas emigrantes que ven reducida su condición humana a mera población superflua, susceptible de ser privada de un lugar en el mundo o de impedirles cualquier arraigo. No solo se les despoja de identidad, sino que se les anulan todos los espacios en los que hacer valer sus opiniones y dar relevancia a sus acciones políticas y vida social. Se procede así a la total y radical deshumanización y desposesión de personalidad jurídica para poderlos expulsar o encerrar en zonas de excepción, campos de concentración o cárceles.

No obstante, aunque la violencia activa y la pasiva están siempre presente en nuestras vidas, también hemos aceptado que – sin menoscabo de que todo idealismo universal está siempre determinado por las relaciones de poder en cada contexto- para poder coexistir en un mundo común debemos respetar determinadas reglas de convivencia, llámense “derechos humanos”, “constitución”, “estado de derecho”, “leyes”, “contrato social”, “buen vivir”, “ubuntu”, “dharma” o “justicia comunitaria”.

En este sentido, el antídoto contra el mal no sería tanto una posición moral sobre la verdad y el bien, como entelequias idealistas, sino la urgente reconstrucción del sentido común en el espacio público, para que la pluralidad conviva con los antagonismos, tal como la propia Arendt enunciara en La condición humana. No para perpetuar el espejismo de la democracia liberal y el progreso, cuyos relatos han sido desprovistos de su capacidad transformadora porque parece que ya solo sirven a los pocos que administran el mundo, sino para organizar otros tipos de alianzas y sindicación de los dominados y los explotados, tanto en términos de autodefensa contra el terror y el poder de los pocos, como en los modos de hacer socialista que podamos prefigurar para un futuro distinto, capaz de alumbrar otras formas más democráticas de organización social.

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