Ibiltari baten egunkaritik: Un autobús cualquiera

 

Galde 46, Udazkena 2024 Otoño. Lourdes Oñederra.-

Autobús de línea prácticamente vacío. Mi asiento está en una fila cercana al conductor. Parece que hay problemas con el motor, es un autobús demasiado viejo, me dice. Me dice otras muchas cosas. Parece un tipo simpático y bastante harto de su trabajo, de las condiciones laborales, de cosas sobre las que, en principio, pienso que probablemente tiene razón. También me parece lo suficientemente mayor como para haberse jubilado, pero tal vez sea más joven de lo que parece. Algunas clases de trabajo machacan mucho más que otras. Es un buen narrador y tiene gracia. La suficiente para que me compense no sacar la tablet y renunciar a terminar una corrección que tengo pendiente.

Salimos de la autopista y hacemos una parada técnica (así la llama él) en un pueblo donde nos espera otro autobús de la misma compañía. En el tránsito de un vehículo a otro se me acerca una de las escasísimas viajeras que venían en mi mismo autobús. Como no se nos había dado de manera formal esa información, ni en la estación de autobuses ni al montar en el autobús, y ella no había oído la conversación entre el conductor y yo, no entendía por qué parábamos en ese pueblo ni por qué cambiábamos de autobús. Una vez en el nuevo autobús y tras pedirle permiso al conductor, no vuelve a su asiento, sino que se sienta a mi altura, al otro lado del pasillo. Es una mujer relativamente joven y absolutamente bella, de piel cobriza, saharaui, supongo por su vestimenta y su manera de hablar. El que ya no habla es el conductor.

En cuanto mi nueva vecina me dice que es la primera vez en su vida que viaja sola, sin ningún acompañante, ya tengo claro que definitivamente voy a dejar la corrección pendiente y ni saco la tablet de la mochila. También me dice que tiene cinco hijos y que ha tenido muchos abortos, fruto de lo cual arrastra una anemia crónica por la que la están tratando. En mi interior maldigo las ideologías que bendicen la maternidad por encima de todo, mientras ella me enseña fotos de sus hijos, de sus hijas. Miramos por las ventanillas. “Mar de nubes” le digo y a ella le encanta que se llame así. Me habla de los campamentos, del pueblo en el que vive aquí, de su marido enfermo.

De parada en parada, el autobús se va llenando de hombres mayores, de mujeres –sobre todo de mujeres– de todas las edades.

En una parada en la que se ha subido mucha gente se sube en último lugar una mujer árabe muy joven con un niño, una niña y un bebé en brazos. Me fijo en ellos cuando oigo que se altera el ritmo y sube el volumen de la voz de mi antes amable conductor. Cuando le hago una seña a mi compañera saharaui para que me deje oír, está hablando la madre de los niños. Dice que lo que le pide por los billetes le parece mucho, demasiado. Con cierta dificultad lingüística da a entender que es más de lo que le han cobrado otras veces. Me asomo desde mi asiento y le pregunto al conductor desde qué edad tienen que pagar los niños (iba a poner “los niños, las niñas”, pero dije “los niños”). Me ignoró. Le dijo a la mujer que, para aclararlo, le iba a cobrar por un lado lo suyo y, aparte, lo de los niños. Ella estuvo de acuerdo. La cantidad total resultó prácticamente igual a la de antes. Otra mujer, un asiento detrás de la saharaui, que –por toda la gente a la que saludaba– era habitual del servicio, me dijo “le ha cobrado lo de los tres críos y el pequeño no paga”. Cuando le volví a repetir la pregunta que le había hecho antes al conductor, volvió a no contestarme mi antes amable conductor, aquel hombre tan gracioso al comienzo del viaje. Eso sí, justo antes de arrancar, murmuró: “¡Putos moros!”

Cuando llegamos a nuestro destino, la mujer árabe prefirió que no la acompañara a la ventanilla, dijo que lo haría con su marido.

Afortunadamente iba a reunirme con una buena amiga, que me consoló tras tanto motivo de disgusto y preocupación en un viaje no tan largo… Los motivos, sin embargo, siguen ahí: convivimos con el racismo y con las mujeres sometidas. Aunque nos podamos permitir el lujo de poder reconfortarnos en nuestros refugios íntimos, no nos deberíamos de conformar con eso.

Atalak | Begiradak

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