La universidad de hojalata

 

Galde 37, uda 2022 verano. Alfonso González Hermoso de Mendoza.-

En un momento en el que se cuestionan de manera abierta los valores de la democracia, en el que desde una ignorancia arrogante se construyen realidades que circulan a mayor velocidad que las constantes de la ciencia, en el que los nacionalismos desconocen la fraternidad, en el que los triunfadores miran con condescendencia, cuando no con desprecio, a los que fueron sus semejantes, en el que la tecnología sirve sin escrúpulos a la concentración del lucro y al control social. En un momento en el que los ignorados extienden su dolor desde el rencor populista poniéndose en manos de políticos amorales; hoy, es razonable preguntarse, ¿dónde está la Universidad?

La Universidad con mayúsculas. La institución que en los dos últimos siglos aplanó la pirámide social como nunca antes había sucedido, que trabó intereses públicos y privados para crear el conocimiento que mejoraría las condiciones y la esperanza de vida hasta límites impensables en generaciones anteriores, que anidó y expandió el feminismo y la responsabilidad ecosocial, que construyó una cultura de paz cosmopolita, que en definitiva defendió y extendió los valores que configuran la dignidad humana. Una Universidad que creyó como ninguna otra institución en la capacidad emancipadora de la educación y en la convivialidad. Una Universidad que ilusionaba al mundo.

Averiguar dónde está, pero sobre todo, dónde quiere estar la Universidad se ha convertido en una urgencia. Nunca como ahora hemos sentido que el bienestar social, la competitividad de las empresas, el acceso a un empleo digno o la asunción de las responsabilidades propias de la ciudadanía dependen de la capacidad de aprender de las personas. Nunca como ahora hemos vivido la amenaza de confundir la educación con la instrucción, los valores con la superstición, el negocio con el servicio público, o la capacidad de responder a disrupciones impuestas con la soberanía de preguntarnos por el destino que esperamos.

Sin duda ninguna institución ha tenido un papel tan determinante como la Universidad en hacer evidente que las desigualdades en el acceso al aprendizaje están destruyendo la convivencia, que la plataformización de la educación, la precarización del profesorado, la meritocracia replicativa, el cosmopolitismo desarraigado, el colonialismo digital o el sesgo insensible del solucionismo tecnológico legitiman la inevitabilidad de la segregación. El papel de la Universidad impulsando una transición ecosocial justa es indiscutible e insustituible.

Sin embargo los criterios de autoridad y legitimidad, la capacidad de atraer la atención de las personas y los ámbitos de poder real han cambiado en las últimas décadas cuestionando la función de la Universidad. Todo lo que sucede se ha vuelto inevitable. Las prisas premeditadas impiden reflexionar sobre el impacto social de los negocios. El éxito se mide en la capacidad de adaptación, por perversas que sean las nuevas realidades impuestas por el determinismo tecnológico y el beneficio económico sin virtud.

En este escenario los sutiles diagnósticos académicos, por certeros que pudieran parecernos, se perciben para la mayoría como distantes, cuando no como una agresión para los que se sienten urgidos y excluidos. Desde una posición jerárquica la Universidad cada vez tiene más difícil conseguir la aceptación de los hechos que construye, y en consecuencia una respuesta social y política. Cada vez está más aislada.

Los nuevos actores globales, políticos y económicos, con recursos casi ilimitados, organizaciones más eficientes y objetivos precisos y amorales, se muestran ávidos de nuevos mercados, como lo es el aprendizaje a lo largo de vida, inquietos por desactivar instituciones que cuestionen sus preguntas y avariciosos a la hora de monopolizar el conocimiento científico-tecnológico sobre el que soportan su dominio.

El día a día nos muestra una competencia desigual, silenciada e inclemente en la construcción del relato civilizatorio. Frente a los nuevos actores globales sin el cuidado y el reconocimiento de las comunidades a las sirven las universidades están condenadas a la irrelevancia. Y con ellas, presumiblemente, los estados democráticos.

El comportamiento interno de las universidades, en especial desde la crisis del 2008, también ha contribuido al deterioro actual de su situación. Basta ver cómo ha arraigado el culto a los rankings y las vanidades nacionalistas que traen consigo, unido en no pocas ocasiones al abandono por lo local. Por no hablar de la autoinmunidad que ha generado el debate sobre la cancelación, o de los silencios, cuando no complicidad, ante la creación interesada de incertidumbre, así como ante la ebullición de las realidades alternativas impulsadas por los populismos.

Sin que por otra parte podamos olvidar el desinterés de los responsables institucionales ante la precariedad que sufre el personal docente e investigadores, así como por el deterioro del servicio al estudiantado. De igual manera merece la pena recordarse el retardismo de sus directivos frente a las amenazas a la autonomía universitarias.

Con frecuencia la imagen que llega a la sociedad de la Universidad es la de una organización ensimismada, consumida en debates internos. En donde un individualismo exacerbado, unido a una manifiesta apatía, tiende a desvincular el futuro personal del profesorado, e incluso del estudiantado, del de la institución en que enseñan y aprenden.

Ante esta situación reivindicar el papel de la Universidad y su condición de punta de lanza en una transición justa se ha convertido en una cuestión de patriotismo. Si podemos tener una certeza es que sin el impulso de la Universidad difícilmente podremos salir de la cultura de lo inevitable. La calidad democrática está directamente unida a la autonomía universitaria a través de la libertad académica. Libertad para construir comunidad desde los valores democráticos. Allí donde triunfa el iliberalismo su primera víctima es la autonomía universitaria, bien por asedio económico y reputacional, bien por asalto regulatorio.

La sociedad del aprendizaje demanda un cambio cultural en el que aprender sea asumido como una responsabilidad social más allá de lo individual, como lo es la salud o el respeto al medio ambiente. No hay cambio social sin cambio en las personas, por lo que no podemos hablar de una transición justa que no priorice el acceso equitativo de las personas al conocimiento.

Alcanzar una sociedad ecosocialmente sostenible reclama políticas públicas que garanticen la equidad y la calidad en el acceso al conocimiento, así como instituciones públicas que den soporte a los ciudadanos, en especial a aquellos más desfavorecidos. En definitiva, se trataría de hacer efectivo el derecho fundamental a la educación interpretado conforme a la realidad social del tiempo que vivimos, esto es; como un derecho colectivo a aprender a lo largo de la vida.

La respuesta a qué función corresponde a la Universidad en una transición justa a una sociedad del aprendizaje democrática sólo puede venir dada desde un nuevo pacto con la sociedad. Un pacto que sitúe a la Universidad en el centro de la sociedad, y el aprendizaje en el centro de la vida. Un pacto entre los que saben y los que no, bajo el principio democrático de “nada sobre nosotros sin nosotros”.

En la compleja y mercantilizada realidad global la relevancia de la universidad depende de su capacidad para víncularse con sus comunidades. De su compromiso con los problemas del mundo, de su esfuerzo por abrir el saber. En definitiva, de su capacidad para diferenciarse y generar confianza y esperanza en su comunidad. Sabemos que nada puede ser igual que fue. Necesitamos recuperar el sentido de la Universidad, salir de la atonía interna y la indiferencia social que conducen a la irrelevancia.

Como nos recuerda el Mago de Oz “Un corazón no se juzga por lo mucho que tú ames, sino por lo mucho que te amen los demás”.

ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA

Presidente de Espacios de educación superior.

Ha sido Viceconsejero de Ciencia, Universidades e Innovación en la Comunidad de Madrid.

https://www.espaciosdeeducacionsuperior.es/

Twitter https://twitter.com/espacios_edusup



 

Algunos retos de la universidad

Una sociedad del aprendizaje democrática necesita de instituciones capaces de garantizar: la libertad académica, la equidad en el acceso al aprendizaje, la vertebración del sistema educativo, la atención a los problemas locales y la conexión con las redes globales de conocimiento.

La libertad académica.

Sin libertad académica no hay democracia, sin libertad académica la institución universitaria queda huera. Carece de sentido llamar Universidad a instituciones supeditadas al poder político por razones económicas o regulatorias.

Pasados treinta y cinco años de la cuestionada sentencia del Tribunal Constitucional número 26/1987, de 27 de febrero sobre la Ley Orgánica 11/1983, de 25 de agosto, de Reforma Universitaria, urge revisar la doctrina sobre el derecho fundamental a la autonomía universitaria aquí construido, de igual modo que precisar la naturaleza administrativa de la Universidad.

Una universidad burocratizada sin un marco jurídico adecuado a su función, sin un escenario presupuestario estable y suficiente, y tutelada en funciones esenciales como son la selección del profesorado o la definición de sus titulaciones, es una universidad intervenida.

Equidad en el acceso al aprendizaje.

La sociedad necesita instituciones que garanticen que los ciudadanos con independencia de sus posibilidades económicas, sociales o de su diversidad, puedan acceder al conocimiento necesario para desarrollarse personal y profesionalmente a lo largo de su vida. La Universidad está mejor situada que ninguna otra institución para cumplir con esta misión.

Nuevos públicos llaman a las puertas de una Universidad que deberá alterar la homogeneidad de su estudiantado actual formado por jóvenes con dedicación a tiempo completo que reciben una formación inicial de larga duración con una orientación profesionalizante, para permitir la incorporación de alumnos de distintas edades, capacidades y procedencias sociales. Estudiantado activo en un aprendizaje compartido que compatibiliza su formación con el trabajo y situaciones familiares y personales diversas, y lo hace en períodos recurrentes que permiten el acceso a contenidos adaptados a sus expectativas vitales.

La vertebración del sistema educativo.

La sociedad del aprendizaje necesita un sistema educativo eficaz y eficiente capaz de vertebrar la complejidad y facilitar el aprendizaje a lo largo de la vida de todos los ciudadanos.

La certificación de las competencias adquiridas en la experiencia profesional, así como en el aprendizaje no formal e informal, y la orientación personalizada para su integración en procesos de aprendizaje formales da un nuevo sentido a las instituciones educativas.

Disponer de certificaciones que permitan construir a lo largo del tiempo perfiles profesionales robustos y complejos, así como acreditar de manera segura, rápida y flexible las competencias adquiridas por las personas en su trayectoria vital es determinante en la competitividad de los territorios y en la empleabilidad de las personas.

Las Universidades tienen una situación privilegiada para convertirse en la piedra angular en sistemas de aprendizaje complejos y expandidos.

Atención a los problemas locales.

El impacto de los grandes desafíos globales, climáticos, tecnológicos, sanitarios o políticos, se produce en los ámbitos locales. Cada comunidad tiene peculiaridades que demandan una reflexión diferente sobre las respuestas más adecuadas en su ámbito a los fenómenos globales, pero sobre todo, cada comunidad encarna una pretensión propia sobre las preguntas que quiere trasladar al resto del mundo.

La sociedad del aprendizaje demanda instituciones que escuchen a los ciudadanos, capaces de unir la creación de conocimiento a las demandas sociales, así como el aprendizaje a la atención de los problemas de las personas. Instituciones donde aprender, cuidar y emprender se conjuguen en paralelo. Las mejores instituciones académicas son aquellas que más contribuyen al bienestar de sus comunidades.

Conexión con las redes globales del conocimiento.

El acceso a los flujos globales de conocimiento científico, así como la posibilidad de incorporar en ellos aportaciones significativas, es la única forma de que disponen los territorios para garantizarse una cierta soberanía, así como la competitividad económica y el bienestar social.

Disponer de instituciones que generen ciencia abierta es una exigencia en una sociedad del aprendizaje democrática. Instituciones capaces de interactuar con los grandes centros de investigación, con o sin ánimo directo de lucro, así como de propiciar y acompañar los debates en torno a los desafíos globales y asesorar a los poderes regulatorios. Instituciones con infraestructuras, organización y legitimidad para atraer y retener talento global. Instituciones sin fronteras, capaces de trascender lo inmediato, lo próximo y de ofrecer un horizonte de ilusión.

La sociedad del aprendizaje es la gran oportunidad para la reinvención de las universidades y las universidades son la gran esperanza para alcanzar una sociedad del aprendizaje justa.

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