(Raúl López Romo, Historiador)
La presencia del terrorismo en los currículos escolares es insuficiente. Durante años, su tratamiento dependió de la iniciativa individual de una parte minoritaria del profesorado, así como del impulso de unas pocas entidades de la sociedad civil. Entre ellas, destacaron organizaciones no gubernamentales como Bakeaz («Por la paz»), centros académicos como el de Ética Aplicada de la Universidad de Deusto o fundaciones del entramado asociativo de las víctimas, como las dedicadas a Fernando Buesa y a Miguel Ángel Blanco. Solo en fechas relativamente recientes (sobre todo con el final de ETA) se han desarrollado proyectos impulsados por las instituciones orientados a proporcionar materiales didácticos específicos y a promover la escucha del testimonio de las víctimas en las aulas.
Uno de los desarrollos más relevantes en la enseñanza del terrorismo en España ha sido precisamente la incorporación progresiva del testimonio de las víctimas como recurso pedagógico. Este proceso, iniciado a principios de la década de 2000, desde luego no ha culminado. Actualmente hay cuatro autonomías que gestionan independientemente sus programas presenciales de víctimas educadoras: País Vasco, Navarra, Comunidad Valenciana y Castilla y León. En el resto de España cualquier centro lo puede solicitar a la Dirección de Apoyo a Víctimas del Terrorismo del Ministerio del Interior, que lo gestiona. El problema es que el número de alumnos alcanzados sigue suponiendo una pequeña parte del sistema educativo (menos del 5%), lo que deja sin efecto la noble intención de contribuir a la prevención de la radicalización violenta, especialmente en lugares como Euskadi, que es donde más falta haría. ¿Por qué esta carencia? Porque persisten incomodidades y prejuicios que sirven de pretexto para no hacer los deberes.
En el caso concreto del testimonio es verdad que hay que ser especialmente cuidadosos: su utilización debe evitar el partidismo, la estigmatización de colectivos y los mensajes de odio y de venganza. Para ello, resulta imprescindible que se inserte en un marco didáctico previamente trabajado. La actividad más eficaz no consiste en centrarse única y exclusivamente en el testimonio: antes o después hay que situarlo históricamente para que el alumnado comprenda el significado de lo que escucha. Todas estas precauciones están ya integradas en los programas de víctimas educadoras (Adi-adian, Eskutik, Educar para la convivencia, etc.), pero siguen existiendo desconfianzas procedentes de una parte del profesorado, de padres y madres y también del ámbito político. El ruido procedente de la controversia partidista, que en torno a este tema alcanza tonos especialmente altos, no ayuda en absoluto.
Cuando el testimonio se presenta sin explicaciones de contexto, puede generar conmoción, pero no necesariamente comprensión. Integrado en una unidad didáctica estructurada, en cambio, se convierte en un valioso instrumento de aprendizaje. Las evaluaciones realizadas tras la aplicación de programas que combinan preparación previa, encuentro con víctimas y reflexión posterior muestran cambios perceptibles en las actitudes del alumnado. Entre ellos destacan el aumento del rechazo explícito a las organizaciones terroristas y una mayor valoración de la memoria como herramienta social. Como se ve, este tipo de efectos no se limitan al plano cognitivo, es decir, a un mayor conocimiento de los detalles de lo ocurrido. También inciden en la percepción del papel del individuo frente a la violencia.
El empleo de testimonios, recursos audiovisuales y otros materiales interactivos conecta el conocimiento histórico con el lenguaje de las nuevas generaciones. Por eso, entre los materiales didácticos puestos a disposición de la comunidad educativa se incluyen vídeo-testimonios de víctimas educadoras y de nietos pertenecientes a la denominada tercera generación; cómics como Dolor y memoria y Manos blancas; el videojuego educativo «Yo sobreviví al terrorismo»; video-scribing (basados en ilustraciones) dedicados a explicar qué es el terrorismo, su historia en España y los procesos que conducen a su deslegitimación; así como un glosario de términos relacionados con el terrorismo explicados en videos breves por un conjunto de expertos.
El profesorado manifiesta reservas sobre algunos recursos. Los libros de texto suelen percibirse como insuficientes: la gran mayoría de los docentes (92%) considera que los manuales carecen de profundidad, de propuestas de actividades o de testimonios que permitan trabajar el tema adecuadamente. En consecuencia, aquellos que abordan este tema lo suelen hacer recurriendo a materiales alternativos, especialmente audiovisuales.
La práctica real muestra que algunos centros han desarrollado proyectos ambiciosos que integran unidades didácticas, testimonios y actividades de reflexión. En otros casos, el tratamiento del terrorismo sigue dependiendo de la iniciativa personal del docente. Las metodologías empleadas reflejan esta heterogeneidad. Predominan el uso de material audiovisual y los debates guiados, por ese orden. En menor medida se recurre a los libros de texto. A mayor distancia se sitúan la realización de trabajos de investigación o las visitas a lugares de memoria.
Hay que tener en cuenta que un porcentaje apreciable del alumnado aún justifica la violencia política. Entre los estudiantes de secundaria que visitan el Memorial de las Víctimas del Terrorismo, con sede en Vitoria-Gasteiz, que son en su mayoría alaveses de centros concertados (Kristau Eskola), hablamos del 15%, con una menor proporción entre las chicas (12,93%) que entre los chicos (16,59%). Es una significativa diferencia de género que ya se ha detectado en oras encuestas. Además, casi uno de cada cuatro considera que los primeros atentados de ETA, cometidos durante la dictadura franquista, tuvieron sentido o estuvieron justificados. Queda, por tanto, mucho trabajo por hacer, y más si consideramos que los programas de víctimas educadoras, o visitas como la del citado Memorial, apenas tienen presencia en la red pública vasca. No hace falta ser un lince para ver detrás la mano de la izquierda abertzale, fuertemente implantada en ella.
Lógicamente lo ideal es que la llegada de testimonios al aula esté respaldada por un equipo (la dirección del centro y del departamento, los compañeros) y más si se hace dentro de un proyecto que abarque varias asignaturas (historia, valores éticos, filosofía, lengua…). Ahí es donde se multiplican los problemas. Por poner un ejemplo concreto, en los cinco años que lleva abierto el museo del Memorial de las Víctimas del Terrorismo (desde junio de 2021) apenas han acudido a visitarlo 137 alumnos procedentes de la red pública vasca, de la mano de tres profesores. Uno de ellos dejó de hacerlo a raíz de sufrir un boicot en su centro. Dos de los tres son docentes de religión. En el curso 2025-2026 acudieron más de 3.600 alumnos en total, de los que casi mil procedían de Álava. Al encuestarles, obtuvimos que el 92% era partidario de que este tema figure en los planes de estudio.
El trabajo en el aula, el contacto con testimonios y la realización de otros programas inmersivos (como visitas a lugares de memoria) produce efectos perceptibles. Se observa un refuerzo del rechazo a la violencia y una mayor valoración de la necesidad de una memoria democrática. La justificación de la violencia política cae del 15 al 9%, al tiempo que pierde apoyo la idea de «pasar página» como forma de abordar los conflictos recientes.
Resumamos lo principal en varios puntos que puedan ser útiles. En primer lugar, es conveniente potenciar la formación del profesorado. La enseñanza del terrorismo requiere herramientas específicas que no siempre forman parte de la formación inicial. En segundo lugar, subrayamos la necesidad de integrar este tema de forma más explícita en el currículo, ya que su ausencia o su tratamiento superficial suelen traducirse en un abordaje igualmente limitado en el aula. En tercer lugar, se confirma la eficacia de combinar la contextualización histórica con el testimonio; sin embargo, los estudiantes que tienen acceso a esta doble experiencia siguen siendo una minoría en España. Allí donde no sea posible contar con un testimonio presencial, se puede sustituir por vídeos o textos que ya hemos visto que están disponibles. En cuarto lugar, es preciso evitar la instrumentalización partidista de la memoria, promoviendo enfoques críticos y no dogmáticos. Las herramientas que las disciplinas académicas ponen a disposición de los docentes son igualmente válidas para abordar este tema que para cualquier otro episodio de nuestra historia. En quinto lugar, es recomendable fomentar prácticas inmersivas, como el testimonio directo de víctimas educadoras o las visitas a lugares de memoria.
Diferentes profesionales, asociaciones e instituciones trabajan para situar el tema del terrorismo en el lugar que le corresponde dentro de la educación. Durante décadas, el terrorismo fue un factor central en la vida política y social del país, aunque su presencia en el sistema educativo resultó limitada y fragmentaria. Esta ausencia se relaciona tanto con la proximidad temporal de los hechos como con la dificultad de abordar un fenómeno cargado de implicaciones morales y políticas. Con el paso del tiempo, este escenario ha ido transformándose. Para las nuevas generaciones, el terrorismo pertenece al ámbito de la memoria transmitida y no al de la experiencia vivida. En este contexto, la escuela adquiere un papel clave en la construcción del conocimiento sobre el pasado reciente.
La comprensión del pasado puede contribuir a reforzar la cultura democrática y a afrontar con mayor solidez posibles formas de radicalización violenta. En este sentido, la educación debe desempeñar un papel fundamental en la construcción de una memoria crítica y rigurosa sobre el terrorismo, transmitiendo principios básicos como la dignidad humana y el respeto al pluralismo.


