(Equipo Editorial de ¿Y ahora qué?)
Aumenta la intolerancia al duro ajuste económico, caé su aprobación y crecen las dificultades para lograr un Segundo mandato. Mientras tanto la oposición aún carece del consenso para transformarse en una alternativa que logre consitar el apoyo mayoritario de la población.
A principios de año la mayoría de los encuestadores en la Argentina pronosticaban que Javier Milei se encaminaba hacia su segundo mandato. Es decir, le otorgaban altas posibilidades de triunfar en las elecciones de 2027, ya sea en primera vuelta o en un hipotético balotaje.
Sin embargo, a fuerza de acumularse el desgaste producido por el ajuste económico perpetuo, durante los últimos meses comenzó a producierse una acelerada caída tanto de la aprobación de gestion como de la intención de voto del líder libertario. Javier Milei llega al segundo semestre de 2026 con un capital político mermado, aunque esa suerte de desmoronamiento no tiene como contrapartida (por lo menos aún) el fortalecimiento de la oposición.
La aprobación presidencial cerró julio en 34%, después de haber alcanzado 51% en enero. Sin embargo, el núcleo mileísta continúa prácticamente intacto: la aprobación dentro de ese segmento se mantiene en 95%. El problema está fuera del núcleo. Entre los votantes PRO, el partido de derecha del ex president Mauricio Macri, la aprobación es de 51% y entre los independientes, de 27%. La coalición que hizo posible la Victoria de Milei en 2023, aunque reducida, sigue mostrando la misma estructura: una base propia muy cohesionada y una periferia prestada, mucho más sensible al desempeño económico y a la expectativa de futuro.
La variable central para entender ese deterioro sigue siendo la tolerancia al ajuste económico con sus efectos sociales. En enero, 49% consideraba que el sacrificio económico iba a valer la pena; en julio esa proporción fue de 33%. La aprobación de Milei, que terminó el mes en 34%, se mueve prácticamente en paralelo.
El dato es todavía más importante cuando se lo cruza con voto. La intención de voto a Milei también acompaña casi exactamente la tolerancia al ajuste: la correlación entre ambas variables es del 93% y, en la serie observada, según un studio de la consultora QSocial, por cada punto que cae la tolerancia, el voto presidencial retrocede aproximadamente 0,9 puntos. En julio, con una tolerancia de 33%, el voto a Milei se ubicó alrededor del 31%.
Esto cambia la forma de leer el Gobierno. Su principal capital político no fue la satisfacción con el presente, sino la disposición social a aceptar un costo a cambio de una mejora futura. Mientras el sacrificio conservó sentido, el deterioro material podía convivir con apoyo político. El problema aparece cuando el esfuerzo deja de ser leído como inversión y empieza a ser vivido simplemente como pérdida.
Los datos económicos de julio muestran que esa tensión continúa. El 45% evalúa negativamente la situación económica del país y apenas el 11% la considera positiva. En la comparación con dos años atrás, 66% cree que la economía está peor. Y hacia adelante, 46% espera que la situación económica del país empeore durante el próximo año, frente a 23% que espera una mejora.
La economía de las familias es todavía más exigente. El 63% afirma que su situación económica personal está peor que hace dos años; 70% dice que su nivel de endeudamiento personal o familiar aumentó en el último año y 69% tuvo que generar ingresos adicionales para cubrir gastos habituales o sostener su nivel de vida. A eso se suma que 66% conoce a un familiar o alguien de su cíurculo cercano que experiment alguna pérdida con su trabajo en los últimos tres meses. O fue despedido, o sufrió una reducción salarial o siente que su estabilidad laboral está en riesgo.
Son datos que limitan cualquier explicación puramente comunicacional. La tolerancia al ajuste no cae porque el Gobierno haya perdido una discusión discursiva: cae porque una parte creciente de la sociedad no encuentra todavía una recompensa perceptible al esfuerzo realizado. Más bien, sucede lo contrario.
Hasta acá, el cuadro parecería llevar a una conclusión lineal. Pero los datos electorales muestran otra cosa. Solo 30% dice hoy que prefiere la reelección de Milei, contra 63% que preferiría que no fuera reelecto. Sin embargo, cuando la pregunta deja de ser plebiscitaria y aparecen alternativas concretas, la distancia se reduce de manera significativa.
La Libertad Avanza lidera la intención de voto por espacio con 27%, apenas dos puntos por encima del peronismo, que obtiene 25%. En un escenario con nombres propios, Milei alcanza 31% y Axel Kicillof 29%. En otro escenario, frente a Sergio Massa, Milei vuelve a ubicarse en 31%, contra 22% del dirigente peronista.
La explicación está en el carácter relacional del voto. Una parte considerable de los argentinos desaprueba al Gobierno, pero eso no significa que haya encontrado una alternativa que considere mejor. Cuando se pregunta qué sería peor para el país en 2027, las respuestas quedan prácticamente empatadas: 43% dice que sería peor que gane Milei y 42% que sería peor que gane el peronismo.
Ese empate es probablemente el activo electoral más importante del oficialismo. No expresa entusiasmo; expresa rechazo cruzado. Milei puede conservar competitividad incluso con baja aprobación si una parte de quienes están decepcionados con su gestión sigue viendo a la alternativa como un riesgo equivalente o mayor.
El problema opositor aparece con claridad en otro dato: 63% considera que la oposición no está preparada para gobernar en 2027 y solo 27% cree que sí. El descontento con el Gobierno y a la vez la confianza en quienes podrían reemplazarlo se combinan, sumando incertidumbre al future politico del país.
Por eso, el deterioro oficialista no se convierte automáticamente en transferencia electoral. El malestar abre una oportunidad, pero la oferta política tiene que capturarla. Ahí está el territorio decisivo de 2027: no en los núcleos duros, sino en los electorados prestados, fragmentados y todavía disponibles.
Si hubiera que elegir las variables que van a definir el próximo año, la aprobación presidencial no sería la primera. La principal sigue siendo la tolerancia al ajuste. Los modelos construidos sobre la serie muestran la magnitud de su impacto: con una reducción de la tolerancia al 28%, el voto a Milei podría caer hacia 25%.
La segunda variable es la expectativa económica. No alcanza con “estabilizar” indicadores macroeconómicos si esa estabilización no llega a la experiencia cotidiana de ingresos, deuda, empleo y consumo. La sociedad argentina, especialmente los sectores asalariados, los jubilados y los jóvenes que buscan empleo, necesitan una mejora perceptible, y la economía de Milei viene destruyendo el tejido productivo a punto tal de alcanzar el record de cierre de empresas con un promedio de mil compañías por mes.
La tercera es la capacidad opositora para convertir rechazo en alternativa. Si el escenario sigue organizado por el miedo al otro, el Gobierno conserva chances aun con un nivel de aprobación bajo. Si aparece una oferta capaz de absorber a los independientes y a los votantes PRO desencantados sin activar el rechazo al peronismo, la ventaja defensiva de Milei puede desaparecer rápidamente.
La conclusión sigue siendo incómoda para todos. El Gobierno perdió buena parte del consenso que convalidaba el brutal ajuste llevado adelante, pero todavía no perdió la elección. Su competitividad depende cada vez menos de la fidelidad propia y cada vez más de dos factores que no controla por completo: que la economía vuelva a producir expectativa y que la oposición continúe sin convertir el descontento en una alternativa mayoritaria.
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¿Y ahora qué? es una revista crítica alternativa que se edita en Argentina, con la que Galde mantiene una línea de colaboración


