José Luis Gómez Llanos (Sociólogo)
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La primera vuelta de las elecciones municipales con una abstención disparada,cumplió sus expectativas este 15 de marzo de 2026 pasado.. De algún modo la crisis democrática fue la principal ganadora de esta primera ronda. Existe siempre algo del orden de la prestidigitación, analizar los resultados concretos de unas elecciones que se despliegan en dos vueltas, en medio de la contienda, tras los resultados de la primera ronda, porque al final la sorpresa siempre se invita a los resultados finales.Las elecciones municipales de 2026, sin embargo a un año de las presidenciales, sirven de barómetro de un clima presidencial, ocultado a duras penas. Hasta tiempos recientes, la segunda vuelta quedaba casi resuelta en la primera: los alcaldes eran elegidos nuevamente en la primera o en la segunda vuelta reducida a un duelo, y muy rara vez se daba una segunda contienda a tres o a cuatro bandas como es el caso hoy. Ahora, con la fragmentación del panorama político, lo que antes era una casi norma se ha convertido en la excepción.Temerario sería entonces, sacar conclusiones como consecuencia de la gran discontinuidad entre la rondas, inmersos en primera vuelta en pruebas a gran escala para los partidos, sus alianzas, sus estrategias y sus candidatos con vistas a elecciones institucionales superiores.
Decir que esos comicios fueron la primera vuelta de las presidenciales de 2027, es exagerado, pero lo que es seguro es que la interpretación de los partidos de sus resultados será objeto de una febril pugna, y tal vez la precampaña presidencial comience la misma noche del 22 de marzo. Fecha fetiche que suministró el nombre al movimiento estudiantil francés de extrema izquierda anti-autoritario considerado como parte de los elementos desencadenantes y protagonistas claves del Mayo 68. Un preocupante guiño a la historia, de todos modos.
Francia huérfana de De Gaulle
Francia atraviesa una profunda e inédita crisis política, marcada por la inestabilidad gubernamental, la ausencia de mayoría parlamentaria para gobernar y tensiones económicas e institucionales sin precedentes en la V República (1958). Sus causas son múltiples, de donde sobresalen, el debilitamiento de los partidos políticos tradicionales, la radicalización del debate político, la crisis democrática que afecta a numerosos estados europeos, el fracaso de las políticas públicas para cambiar la vida cotidiana de los ciudadanos, la disolución aventurera de la Asamblea Nacional o incluso la errática personalidad del presidente Macron.
Aunque estos fenómenos, han contribuido sin duda a la actual situación, no debe ocultarse la adicción de los políticos franceses al presidencialismo mayoritario, en este caso el desencadenante de las actuales turbulencias políticas mediante un hiperpresidencialismo que fábrica partidos y diputados irresponsables. Esta creencia es fruto de una arraigada confusión que tiende a asimilar la voluntad del general de Gaulle, iniciador de la práctica presidencialista, con la intención de los constituyentes de 1958.
Evidentemente, la elaboración de la Constitución del 1958 no se redujo al registro de las voluntades de De Gaulle, sino que fue el resultado de compromisos que no implican irremediablemente una gobernanza personalista a toda costa. Durante décadas la gobernabilidad en Francia ha reposado sobre alternancias en el poder entre un partido o agrupación de partidos de derechas o de izquierdas, permitiendo siempre a uno de estos dos bloques gobernar sostenido por una amplia mayoría parlamentaria, lo cual sólo surge a partir de la década de 1960, con modos de escrutinio que lo hacían casi inevitable.
Después de esa adicción se ha ido imponiendo una certeza, muy extendida también dentro de la clase política, de que el presidencialismo –es decir, la concentración del poder en manos de un jefe de Estado que dispone de una mayoría dócil en la Asamblea Nacional– constituye la esencia misma de las instituciones de la V República. Es natural, por tanto, que la interpretación presidencialista de la Constitución del 1958 se impusiera, y que quien se apartara de esta lectura, sería estigmatizado como contrario al «espíritu de las instituciones».
¿Pero qué ocurre, cómo es ahora el caso, cuando ni la derecha ni la izquierda disponen de mayoría suficiente para gobernar? Esto se manifestó tras la incoherente disolución de la Asamblea Nacional por parte del presidente Macron, tras la victoria del Rassemblement National en las elecciones europeas, lo que condujo a elecciones legislativas anticipadas, de donde surgió una cámara sin una mayoría clara por primera vez en la V República
La .ausencia de cultura del compromiso y del pacto se hace actualmente aún más difícil si consideramos que a los dos polos del parlamento se sitúan formaciones como LFI (izquierdistas) y RN (lepenistas) cuya radicalidad les hace incapaces de implicarse en la gobernabilidad, actitud esta, que obliga a pactos de circunstancia entre el resto de partidos. Mientras, la izquierda sigue inmersa en conciliábulos vespertinos, presa de sus divisiones y transformada en funambulista de la tragedia democrática del país, donde ni se la ve ni se la espera.
Desde entonces Francia ha experimentado cinco cambios de primer ministro en 20 meses, con la actual segunda versión del efímero Sebastien Lecornu desbaratando todos los pronósticos.¿Pero hasta cuándo? Por lo menos, como ha quedado demostrado, hasta encumbrar el actual presupuesto repleto de incoherencias. Ante semejante incertidumbre y frustración, ya se asienta sin complejos el deseo de un liderazgo autoritario, incluso en detrimento de ciertas libertades, al calor de un persistente sentimiento de inseguridad.
Todo el mundo siente superar la obsolescencia de la Constitución de 1958, pero pocos se atreven a negociar y pactar entre diferentes, entre formaciones políticas que respetan el carácter republicano del Estado y que excluyan a los extremos. Para ello es indispensable pasar la página del gaullismo matricial, mediante una reforma en profundidad de su gobernanza, asumiendo esa orfandad histórica, por muy dolorosa que sea, lo que permitirá prescindir de gobiernos despojados de sus prerrogativas y de un Parlamento reducido al papel de cámara de registro, en una Francia al borde de la implosión.
Con excepción de algunas grandes metrópolis, la extrema derecha se impone en todas partes, ya que en ríos revueltos, quién mejor se desenvuelve es el lenpenismo “desdiabolizado”, que ya avanza a marchas forzadas rumbo al Palacio del Elíseo, en las presidenciales de 2027, sin resistencia alguna. Imparables.
El San Fermín de Marine Le Pen
El Tribunal Correccional de París dictó, en marzo del 2025, la inelegibilidad por cinco años con aplicación inmediata contra Marine Le Pen, dirigente de la extrema derecha francesa, reconocida culpable de malversación de fondos públicos en el Parlamento Europeo. El juicio en segunda instancia, se ha celebrado estos días ante el Tribunal de Apelación fijando el veredicto para el 7 de julio de 2026, sentencia ya, bajo sospecha de poder estar mediatizada políticamente, e intervendrá en una Francia al borde de la implosión, país donde también impera el principio de la igualdad ante la ley a la que nadie puede sustraerse.
La fiscalía en sus severas acusaciones, igual que en primera instancia, solicitó ante la gravedad de los hechos y por su carácter sistemático, una pena que impediría a Marine Le Pen presentarse a las presidenciales de 2027, atribuyéndole un papel central en la pifia incriminada, utilizando para su partido fondos destinados a los eurodiputados, obteniendo de tal modo sustanciales ahorros salariales.
Los partidarios están persuadidos que todo vale contra ellos, y que lo que está en juego es detener el pulso entre los pretorios y el sufragio, así como que los jueces están invadiendo un espacio político que no les corresponde. Para ellos las sanciones son desproporcionadas por sus consecuencias electorales, e inducidas por un cierto mesianismo judicial, ante lo que se disponen, con desmesurada virulencia. conjurar la pesadez de este fatídico juicio.
El inconveniente reside en que muchos franceses, en una suerte de oda embarazosa en homenaje a su líder, creen que se les estaría privando de su candidata favorita, en posición favorable en el starting block de salida, ya que el proceder financiero-laboral en litigio, hasta fechas recientes, era utilizado por la mayor parte de partidos. Basta con recordar que el ex-primer ministro centrista Francois Bayrou y su partido el Modem, fueron condenados por semejantes tejemanejes, tiempos atrás, pero eso sí, sin que se les sometiera a la ilegibilidad como ahora ocurre con Marine Le Pen. A los insumisos del LFI, un caso semejante les aguarda en los tribunales, Antes fue el fraude de Alain Juppe y existen más casos..
La inelegibilidad de Marine Le Pen, es sin duda el peor de los escenarios para Francia donde corren tiempos convulsos, con en riesgo de un aumento exponencial del peligroso alejamiento ciudadano de la política y de sus representantes y el aumento de un irracional crecimiento de la retórica anti-jueces sin precedentes. El desvío de fondos merece sin duda ser castigado, pero ¿el cambio de destino de una suma asignada a un parlamentario, en ausencia de enriquecimiento personal alegado o de ausencia de empleo ficticio, merece penas de inelegibilidad de consecuencias tan drásticas, ya que existe una zona gris interpretable sobre la utilización de dichos emolumentos?
En un momento suspendido, Francia se halla en manos de una Corte que no tiene derecho al error y que además, todo el mundo lo admite, formalmente no le corresponde inmiscuirse, de hecho, en su futuro electoral. La conflagración social que implicaría su inelegibilidad, se ha trasladado a una indómita y perversa contienda político-jurídica, por su impunidad, o lo que es lo mismo, en asentar la redención de su longeva vida pública, con más de cuatro décadas de acción política en su haber.
A este juicio, no se le puede abstraer de su contexto político, pero se ha de esperar que los magistrados tengan como preocupación exclusiva aplicar la ley y que valoren, que aunque este juicio no es político, sus consecuencias sí que lo son a sabiendas que la búsqueda de una respetabilidad aceptable en democracia el lepenismo, se verá mal recompensada, sí salvo un improbable milagro, su cuarto y último intento de ser la primera mujer de la historia en convertirse en presidenta de la República Francesa, se ve abortado.
Como es la tradición, los próximos encierros sanfermineros arrancarán también el 7 de Julio, esta fecha tan pamplonica puede que sea para Marine Le Pen, la de una encerrona para sus aspiraciones presidencialistas obligándola a tirar de un incierto plan B, con el salto del banquillo de su actual delfín, un joven Jordan Bardella, que pese a las prometedoras previsiones demoscópicas carece de experiencia de gestión pública alguna.
En el centro de la agitación mediática desencadenada, el miedo a su muerte política omnipresente, y sus vacilantes certezas, esta mujer de ojos azul acero y de voz ronca, cuyo refugio íntimo son sus hijos y sus gatitos, libra una lucha sin cuartel por sobrevivir moralmente al trágico final que amenaza la saga de los Le Pen, con al horizonte, amenazante, su eliminación definitiva del panorama político galo.


