(Asier Odriozola)
Desde que el pasado mes de junio, tras su concierto Mitoaroa III en el estadio de San Mamés, el grupo Zetak anunció una nueva actuación en Vitoria-Gasteiz para enero de 2027, la expectación es máxima. Tanto es así que el Buesa Arena se llenará no una, sino tres veces. Sólo quedan un puñado de entradas a la venta. Aunque se conocen muy pocos detalles sobre el espectáculo, más de 30.000 personas asistirán al último hito musical del País Vasco.
La trayectoria de este grupo de música pop electrónica en euskara, liderado por el arbizuarra Pello Reparaz (1990), ha sido meteórica desde su creación en 2019. La combinación de elementos tradicionales del folklore con lenguajes y texturas electrónicas ha tenido una recepción excepcional, llegando a calar en diferentes segmentos de edad y hasta fuera del País Vasco. La participación de Reparaz en uno de los programas más populares del prime time de la televisión española da cuenta de su impacto externo, así como de la posición que ha alcanzado el grupo como nuevo escaparate de la música vasca. Su crecimiento, exponencial social y digitalmente, y la adhesión de sus seguidores, cuasi religiosa, invitan a reflexionar sobre su capacidad de atracción, pese a (o precisamente por) hacer del folklore su principal reclamo.
El mismo Reparaz ha reconocido su compromiso con la lengua y cultura vascas. Ha admitido también que cantar en euskara es una elección que va más allá de puras preferencias estéticas. Esta apuesta es un posicionamiento en un marco y género musicales dominados por lógicas de mercado que fomentan la homogeneización de estilos. Curiosamente, encastillarse en una cultura autóctona es justamente lo que tiene mayor tirón popular, también entre el público no local – la colaboración con artistas catalanes es reveladora en este sentido. El espectáculo Mitoaroa, una trilogía de conciertos que combina una serie de elementos culturales, folklore y lengua con imaginarios histórico-legendarios y de ciencia ficción, es el mejor exponente de ello. Periodistas y fans destacan la originalidad de la propuesta, el magnetismo y la personalidad de Reparaz, al igual que la forma de relatar y escenificar la historia, la tradición y los mitos del País Vasco.
No obstante, hay otros factores que explican el fenómeno. Acceder a expresiones de culturas minoritarias desde soportes digitales de alcance masivo como YouTube o Spotify puede parecer curioso o contradictorio. Sin embargo, el caso de Zetak, además de cuestionar ese prejuicio, sugiere que la interacción entre folklore y tecnología (otra supuesta yuxtaposición antitética) es más íntima de lo que parece.
La relación entre ambos aspectos es fundamental para entender uno de los efectos más visibles del fenómeno Zetak: la creación de la comunidad. O más bien, siguiendo al teórico Benedict Anderson, la imaginación de ésta. En su estudio clásico Comunidades imaginadas (1983) el historiador explica que las naciones se sostienen en la creencia de que los integrantes de una sociedad forman una comunidad limitada y soberana. Pero añade también que esa comunidad es, ante todo, imaginada. Según su argumento, la imposibilidad de conocer a todos los miembros de esa comunidad, o de saber de su existencia, obliga a creer en la ficción compartida de que un grupo de individuos que hablan una misma lengua y que comparten similares rituales, experiencias y elementos culturales forman un todo homogéneo y diferenciado del resto. Para ello, defiende Anderson, el sistema económico y las herramientas tecnológicas que éste procura son básicos, pues ofrecen los medios técnicos y culturales necesarios no tanto para construir la comunidad, sino para difundir la idea de que efectivamente existe una.
Ha llovido mucho desde que Anderson publicó su libro. Puede que la “ceremonia masiva extraordinaria” de leer un periódico no sea tan revolucionaria hoy en día – quizá porque cada vez se lee menos, en general. Ni siquiera el hecho de ver la “lengua vernácula impresa” es ya un medio tan indispensable para establecer “campos unificados de intercambios y comunicaciones”. Sin embargo, su tesis no ha perdido validez. La idea de comunidad no ha desaparecido ni de nuestro vocabulario ni del campo político actual. Porque ahora, más que el papel impreso, es la pantalla la que posibilita esa ceremonia masiva. Y es precisamente ese medio tecnológico el que crea nuevas redes de intercambios y comunicaciones.
La relación entre Zetak y el mundo digital es estrecha, como sugiere su capacidad de conectar con amplias capas sociales en el País Vasco. Lo ha sido desde prácticamente sus inicios, y se intensificó con la pandemia de la Covid-19. Una de sus canciones más famosas, “Zeinen ederra izango den”, se lanzó en pleno confinamiento, tras conseguir la implicación de muchos seguidores: el videoclip contenía una selección de las más de 9.000 grabaciones que enviaron los fans. Así, al igual que otros artistas actuales de gran proyección, para Zetak internet y las redes sociales se han convertido en las plataformas fundamentales para la difusión y consumo de su música, pero también para generar mayor adhesión. Las canciones de Zetak se escuchan y ven a través de los ordenadores o los teléfonos móviles; de la misma manera, materiales asociados a conciertos y lanzamientos (vídeos de ensayos, promociones, entrevistas y otros contenidos) se publican y propagan mediante canales digitales. Aunque estas prácticas forman parte del mundo musical internacional y nacional, la dinámica comunicativa de Zetak sí ha conseguido algo nuevo en el espacio vasco: una posición de influencia inédita por parte de una formación local. Paradójicamente, aunque se trate de una relación distante en lo físico, el medio digital ha conseguido conectar de forma más directa e íntima con seguidores de distinta edad y procedencia, y con ello, favorecer una idea de colectividad.
Pero Zetak ha destacado también por ofrecer conciertos de asistencia masiva, algunos incluso televisados por Euskal Telebista. Indudablemente, la adhesión al grupo y el sentido de pertenencia a una comunidad necesitan también su ceremonia catártica. Por la narrativa que las estructura, por la cantidad y variedad de los artistas invitados, por su aparato técnico y audiovisual, y por su impacto mediático y social, las actuaciones están lejos de ser solo música. Quizá la música sea el eje vertebrador, pero Zetak es también un despliegue multidisciplinar que, de forma ecléctica, combina teatro, danza, vídeo y hasta experiencias sensoriales. Por ejemplo, en la segunda parte de Mitoaroa, en Donostia, los asistentes escucharon la música a través de auriculares inalámbricos para favorecer, en palabras de los organizadores, una “total inmersión sonora” – como si se tratara de una emulación del Gesamtkunstwerk de Richard Wagner.
El fenómeno Zetak presenta rasgos wagnerianos cuando se observan su concepción integral de la música y su apasionada recepción, incluso entre quienes recelan de su éxito o denuncian algunos vicios que el grupo genera, a veces involuntariamente (como el FOMO, la cultura del sold-out, el postureo en redes, etc.). Pero como sucedió con las innovaciones de Wagner hace siglo y medio, el vínculo entre folklore y tecnología, o entre el mito y el medio, se ha reforzado con Zetak. El montaje técnico en sus grandes conciertos y el uso de plataformas digitales actúan como dispositivos de creencia colectiva. En un contexto de creciente homogeneización cultural, Zetak recrea un contenido simbólico desactivado o debilitado, y lo conecta a un medio capaz de generar simultaneidad masiva, como las redes, internet o las plataformas de streaming. Zetak no ha reinventado los mitos, sino la forma de integrarlos en nuevos medios y favorecer su difusión a mayor escala. Ha conseguido, en definitiva, que la comunidad pueda seguir siendo imaginada.


