Excluir

(Lourdes Oñederra)

Primeras horas de una mañana de niebla. He salido a andar pronto porque luego hará calor. Cuando paso por una parada, llega un BEI. Se bajan dos mujeres altas. La primera es negra y la segunda blanca. La primera es joven y empuja una sillita en la que un bebé berrea a pleno pulmón. La segunda es mayor y lleva en la mano un bastón que no está usando. La primera lleva un vestido ajustado, lleno de volantes de un verde vibrante. La segunda va vestida de blanco y beige en tejidos de calidad. La mujer africana va respondiendo a los gritos de la niña con igual derroche de decibelios. La mujer mayor ralentiza el paso al acercarse a mí. Me imagino que me va a preguntar por alguna dirección y me paro. Ella brama, “Meten un ruido todas ellas, ¡es que es un espanto!”. Casi en shock respondo, “Bueno, algunas de nosotras también… Gente maleducada hay en todas partes”. La señora brúscamente deja de mirarme y se aleja. Sigo andando. Tras dejar atrás las últimas casas, una ligera niebla difumina los bordes de la parcelaria y desestabiliza mis pensamientos: he dicho “nosotras” reforzando el “nosotras”/“ellas”; he calificado el comportamiento de la mujer africana como de mala educación; la señora blanca había dado por supuesto que yo estaría de acuerdo con ella. Me había incluido en su exclusión.

Por algún tipo de resonancia mi mente retrocede a unos días atrás, a la joven que cedía ante un coche en un cruce de preferencia peatonal. Cuando la informé de que teníamos derecho nosotras a pasar primero, me espetó, con cierta altanería, que ella tenía derecho a dejar pasar a quien quisiera. Me bloqueó la chulería de su tono, la arrogancia de su gesto. Seguramente ha resonado en el bramido de la señora del bastón.

La neblinosa confusión del camino me lleva a otro momento incómodo reciente en el que yo misma, al no pasarme al castellano en una consulta, colaboré con la especialista en excluir de la conversación a la enfermera, que claramente no nos entendía. Y eso me recuerda el sábado en el que acudí angustiada a urgencias: la excelente profesional que me atendió, me recibió pidiéndome perdón por no saber euskera… Sinceramente no sé si es la manera de salvar la lengua minoritaria. Creo que no. Tampoco lo es excluir a nadie de su reivindicación. Pero ya hablé en el anterior Galde de la infamia perpetrada por los “dueños” de la Korrika.

Ya de vuelta, paso por donde estuvieron las txosnas en fiestas. Pienso en esa autoridad siniestra tan persistente en nuestros ambientes lúdico-reivindicativos. Se materializa últimamente en las txosnas cuando año tras año excluye de su espacio a GKS, que paradójicamente gran parte de esta sociedad identificaría precisamente con quienes los excluyen. Recuerdo también que en alguna txosna de algún pueblo se obligó a pagar en ventanilla aparte a quienes no se expresaran en euskera. En las escuelas franquistas se les ponía un anillo a quienes no lo hacían en castellano.

Me viene a la cabeza la novela histórica de Nathaniel Hawthorne que leí en la carrera: la letra A de adúltera que los puritanos de Massachusetts obligaron a llevar bordada a una mujer en el siglo XVII.

No puedo entender qué constituye el ser profundo de quienes excluyen.

Pensemos en los talibanes, que socialmente eliminan a las mujeres con la que copulan para reproducirse y ¿para gozar?

Tampoco sé a qué dios reza el colono israelí que excluye a los palestinos de la especie humana, igual que los judíos fueron excluidos por el nazismo.

No hay exclusión más total que la eliminación física de quien sobra, cosa que aquí se ha prácticado durante muchos años con un alto grado de connivencia social y tolerancia individual. Intentamos olvidarlo sin haberlo sanado.

Oigo en la radio a Juan Mayorga decir que la furia y el ruido nos atraviesan y que es urgente que nos escuchemos. Atención: su El jardín quemado viene a Euskadi en primavera.

Yuval Abraham y Rachel Szor, directores israelíes de Naza (película que ilustra sobre los detalles de la premeditada matanza de civiles palestinos) declaran que se han sentido obligados como israelíes; denuncian los silencios, lo que no se dice ante el mal: “De todos nosotros depende romper ese silencio”. La película ha estado en el Zinemaldi.

Antes de llegar a casa me fijo en el cartel de una inmobiliaria que anuncia, en inglés, “edificio de lujo”. Añade en español, para que todo el mundo lo entienda: “Una dirección reservada a muy pocos”.

Silencio.

Primeras horas de una mañana de niebla. He salido a andar pronto porque luego hará calor. Cuando paso por una parada, llega un BEI. Se bajan dos mujeres altas. La primera es negra y la segunda blanca. La primera es joven y empuja una sillita en la que un bebé berrea a pleno pulmón. La segunda es mayor y lleva en la mano un bastón que no está usando. La primera lleva un vestido ajustado, lleno de volantes de un verde vibrante. La segunda va vestida de blanco y beige en tejidos de calidad. La mujer africana va respondiendo a los gritos de la niña con igual derroche de decibelios. La mujer mayor ralentiza el paso al acercarse a mí. Me imagino que me va a preguntar por alguna dirección y me paro. Ella brama, “Meten un ruido todas ellas, ¡es que es un espanto!”. Casi en shock respondo, “Bueno, algunas de nosotras también… Gente maleducada hay en todas partes”. La señora brúscamente deja de mirarme y se aleja. Sigo andando. Tras dejar atrás las últimas casas, una ligera niebla difumina los bordes de la parcelaria y desestabiliza mis pensamientos: he dicho “nosotras” reforzando el “nosotras”/“ellas”; he calificado el comportamiento de la mujer africana como de mala educación; la señora blanca había dado por supuesto que yo estaría de acuerdo con ella. Me había incluido en su exclusión.

Por algún tipo de resonancia mi mente retrocede a unos días atrás, a la joven que cedía ante un coche en un cruce de preferencia peatonal. Cuando la informé de que teníamos derecho nosotras a pasar primero, me espetó, con cierta altanería, que ella tenía derecho a dejar pasar a quien quisiera. Me bloqueó la chulería de su tono, la arrogancia de su gesto. Seguramente ha resonado en el bramido de la señora del bastón.

La neblinosa confusión del camino me lleva a otro momento incómodo reciente en el que yo misma, al no pasarme al castellano en una consulta, colaboré con la especialista en excluir de la conversación a la enfermera, que claramente no nos entendía. Y eso me recuerda el sábado en el que acudí angustiada a urgencias: la excelente profesional que me atendió, me recibió pidiéndome perdón por no saber euskera… Sinceramente no sé si es la manera de salvar la lengua minoritaria. Creo que no. Tampoco lo es excluir a nadie de su reivindicación. Pero ya hablé en el anterior Galde de la infamia perpetrada por los “dueños” de la Korrika.

Ya de vuelta, paso por donde estuvieron las txosnas en fiestas. Pienso en esa autoridad siniestra tan persistente en nuestros ambientes lúdico-reivindicativos. Se materializa últimamente en las txosnas cuando año tras año excluye de su espacio a GKS, que paradójicamente gran parte de esta sociedad identificaría precisamente con quienes los excluyen. Recuerdo también que en alguna txosna de algún pueblo se obligó a pagar en ventanilla aparte a quienes no se expresaran en euskera. En las escuelas franquistas se les ponía un anillo a quienes no lo hacían en castellano.

Me viene a la cabeza la novela histórica de Nathaniel Hawthorne que leí en la carrera: la letra A de adúltera que los puritanos de Massachusetts obligaron a llevar bordada a una mujer en el siglo XVII.

No puedo entender qué constituye el ser profundo de quienes excluyen.

Pensemos en los talibanes, que socialmente eliminan a las mujeres con la que copulan para reproducirse y ¿para gozar?

Tampoco sé a qué dios reza el colono israelí que excluye a los palestinos de la especie humana, igual que los judíos fueron excluidos por el nazismo.

No hay exclusión más total que la eliminación física de quien sobra, cosa que aquí se ha prácticado durante muchos años con un alto grado de connivencia social y tolerancia individual. Intentamos olvidarlo sin haberlo sanado.

Oigo en la radio a Juan Mayorga decir que la furia y el ruido nos atraviesan y que es urgente que nos escuchemos. Atención: su El jardín quemado viene a Euskadi en primavera.

Yuval Abraham y Rachel Szor, directores israelíes de Naza (película que ilustra sobre los detalles de la premeditada matanza de civiles palestinos) declaran que se han sentido obligados como israelíes; denuncian los silencios, lo que no se dice ante el mal: “De todos nosotros depende romper ese silencio”. La película ha estado en el Zinemaldi.

Antes de llegar a casa me fijo en el cartel de una inmobiliaria que anuncia, en inglés, “edificio de lujo”. Añade en español, para que todo el mundo lo entienda: “Una dirección reservada a muy pocos”.

Silencio.

Argazkiak

"Homenaje a Federico García Lorca" Marisa Gutierrez Cabriada
Porteadoras
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
"El origen del mundo" José Blanco
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“LIKE”. Eduardo Nave
Refugiados sirios: Mujer cocinando
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Zutik dirauena
Shushi (Karabakh Garaiko errepublika —Artsakh—, 2020/10/08)
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