Clima, colonialidad y re-existencia: los pueblos indígenas africanos frente al colapso ecológico

Coro Juanena: Profesora de la Universidad Rey Juan Carlos
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Hablar de pueblos indígenas en África es tocar una de las líneas rojas más celosamente custodiadas por la mayoría de los Estados africanos: un debate político deliberadamente bloqueado, donde la negación de la existencia de la identidad indígena se convierte en política oficial. Y, sin embargo, es un paso ineludible en tiempos de crisis climática. Desde tiempos remotos, vivos en los saberes comunitarios, los pueblos indígenas africanos caminan la tierra que habitan mucho antes de que existieran las fronteras coloniales. En esa relación sostenida con el territorio reposan memorias de sequías, desplazamientos y resistencias; allí laten las claves para re-crear alternativas frente a un modelo climático que, incluso bajo el barniz del discurso verde, perpetúa las lógicas coloniales del expolio.

El problema del cambio climático en África pone al descubierto una paradoja estructural: algunos de los territorios más afectados del planeta se encuentran en un continente que apenas han contribuido al deterioro climático y ambiental. Esta injusticia climática se reproduce también a escala interna. Los pueblos indígenas africanos, históricamente marginados, se encuentran entre los más afectados por la crisis climática y medioambiental; mientras su participación política, así como sus saberes y prácticas, siguen siendo sistemáticamente excluidas de las respuestas institucionales. Ahora bien, la vulnerabilidad de los pueblos indígenas africanos frente a la crisis medioambiental no es un accidente, ni una consecuencia inevitable debida a factores meramente naturales, sino el resultado de un largo proceso histórico y de políticas contemporáneas que responden a una manera de relacionarse con la naturaleza, o más precisamente, de estar en el mundo. El modelo desarrollista del capitaloceno invade, domina y reordena los territorios indígenas con la intención de transformarlos en espacios de intervención, control y explotación, imponiendo formas de gestión ambiental, desarrollo y conservación ajenas a sus culturas y modos de vida. No debemos de olvidar que la crisis climática, de origen antropogénico, no es un fallo de la humanidad en abstracto, sino el resultado de un modelo económico que convierte la tierra en mercancía y a los territorios indígenas en zonas de sacrificio.

La presencia de las industrias extractivas, un conservacionismo ecológico mal entendido o “colonialismo verde”, las fronteras nacionales heredadas del dominio imperial, la turistificación del territorio o los conflictos armados constituyen un conjunto de procesos íntimamente relacionados que conforman algunos de los principales retos a los que deben enfrentarse hoy las comunidades indígenas africanas. Todo ello revela el cambio climático como una variable de las relaciones de poder sociales, económicas y políticas, así como un potente motor de nuevas desigualdades o del recrudecimiento de las ya existentes.

En este sentido, el cambio climático no solo desestabiliza los ecosistemas, sino que también sacude la vida social y ahonda las brechas de desigualdad entre los pueblos indígenas y otros colectivos. Un ejemplo difundido por la prensa fue la gran sequía que asoló el Cuerno de África entre los años 2020 y 2022, con un impacto especialmente duro sobre las comunidades autóctonas masáis que viven del pastoreo en las tierras áridas y semiáridas del condado de Kajiado (Kenia). La cabaña ganadera quedó devastada. Muchos clanes se vieron obligados a vender el ganado debilitado que aún conservaban a precios extremadamente bajos para comprar alimentos, perdiendo con ello su medio de vida. Otros, se desplazaron hacia condados vecinos en busca de pastos y agua, incrementando la presión sobre esos territorios y aumentado el riesgo de conflictos por recursos. El descenso en la producción de leche fue drástico, lo que afectó directamente a la alimentación infantil y a los ingresos de las familias. La soberanía alimentaria y la vida comunitaria quedo gravemente comprometida.

La metáfora de la Madre Tierra atraviesa de una u otra forma los discursos de los pueblos indígenas, a pesar de su enorme diversidad cultural. En las cosmologías indígenas africanas, la naturaleza, la tierra, el bosque o el agua no se conciben como meros “recursos”, sino como entidades vivas y profundamente interdependientes. Espacios habitados por los vivos, los antepasados y quienes aún no han nacido. La tierra es entendida como parte de la comunidad, no existe un nosotros diferenciado del resto de seres que habitan este planeta. En las filosofías relacionales como las que mantienen los Batwa con el bosque, los Tuaregs con el desierto o los Masáis con la sabana esta visión se expresa como una red de interdependencias que trasciende lo humano: dañar la naturaleza implica dañar a la comunidad. En palabras de Hindou Oumarou Ibrahaim, lideresa Mbororo de la República del Chad y referente en la lucha indígena frente al cambio climático “No necesitamos extraer de la naturaleza, debemos aprender de los Pueblos Indígenas. Nunca tomamos lo que no necesitamos de la naturaleza. Siempre que tomamos lo que necesitamos, se lo devolvemos a la naturaleza. Y es un círculo porque la naturaleza nos da todo lo que queremos y luego tenemos que protegerlo y devolverlo. Esta es la manera de vivir en armonía con la naturaleza. […]. Así que, por eso tenemos que dejar de extraer de nuestra naturaleza y respetar sus derechos. Y los pueblos indígenas pueden darles muchas lecciones sobre ello”1 (Oumarou Ibrahaim, Hindou; 2022).

En el año 2014, los informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), que hasta entonces habían presentado a los Pueblos Indígenas como meras víctimas de la crisis climática, comienzan a poner en valor los saberes indígenas y locales como un recurso importante para diseñar estrategias de adaptación más efectivas, una línea que se ha visto reforzada en informes posteriores. Tanto es así que el informe especial sobre Cambio Climático y Tierra (2019) dio un paso más allá cuando afirmó que el conocimiento indígena desempeña un papel clave en la gestión sostenible de las tierras y la seguridad alimentaria, vinculando el reconocimiento de sus derechos territoriales con la reducción de la deforestación y las emisiones. De acuerdo con la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, aprobada por la Asamblea General en 2007, a este colectivo se le reconoce el derecho a un desarrollo autodeterminado, inclusivo y respetuoso de su identidad, a la vez que se establece la obligación de los Estados de garantizar su participación y su consentimiento en cualquier proceso que les afecte. El último ciclo de evaluación, sintetizado en el informe de 2023 (AR6), consolida esta tendencia reconociendo que sus sistemas de conocimiento son fundamentales para la justicia climática, la reducción de riesgos y la gobernanza climática basada en derechos. A pesar de ello, sigue habiendo importantes carencias en su representación y en la incorporación plena de las epistemologías indígenas.

La humanidad pierde décadas de sabia adaptación a entornos diversos, evidencia de ello son los pueblos tuareg del Sahel. Durante generaciones han convivido con el desierto, conocen sus acuíferos milenarios, siguen los ritmos de los vientos y se desplazan siguiendo los pastos y las rutas del comercio. Saudata W. Aboubakrine, lideresa tuareg de la región de Tombouctou, nos presenta a su abuela Fadhi como sabia gestora del ecosistema, poseedora de un legado de conocimientos heredado de sus ancestros y resultado de la adaptación desde antes de la existencia de cualquier Estado, brindado soluciones para enfrentarse al cambio climático. Ahora bien, sería injusto explicar la crisis poliédrica que deben de enfrentar l@s tuaregs actualmente tan solo debido al entorno medioambiental. Una crisis provocada por los intereses de los Estados y las empresas en la región, que restringe su movilidad y erosiona su forma particular de habitar el desierto, construida a lo largo del tiempo mediante sus prácticas culturales, su identidad y la vida nómada Tuareg.

Los pueblos indígenas africanos conservan historias compartidas con el territorio, proyectos civilizatorios alternativos al capitaloceno y otros modos de habitar el mundo, cuestionando de raíz las lógicas extractivistas y productivistas dominantes. En sus prácticas cotidianas, en sus formas de organización social y en sus vínculos con los ecosistemas se despliegan saberes y horizontes políticos que no solo resisten la violencia de las fronteras y del mercado, sino que ofrecen claves imprescindibles para imaginar transiciones ecosociales justas, basadas en el cuidado, la reciprocidad y el respeto a la madre naturaleza.

 

 

 

1 Entrevista realizada durante el Foro Permanente de Cuestiones Indígenas, ONU (Nueva york)

Sebastião Salgado
Fotografía de José Horna
Txema García
“JAZZ for TWO”, José Horna
Porteadoras
Txema García
Debekatutako armak
Shushi (Karabakh Garaiko errepublika —Artsakh—, 2020/19/08).
"El origen del mundo" José Blanco
La larga espera
Shushi (República del Alto Karabakh —Artsakh—, 08/10/2020)
"Homenage a Marcel Proust" Marisa Gutierrez Cabriada
"Homenaje a Federico García Lorca" Marisa Gutierrez Cabriada
Zutik dirauena
Shushi (Karabakh Garaiko errepublika —Artsakh—, 2020/10/08)
Txema García
Encaramado a la valla de Ceuta
Antonio Sempere
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
"El mal del país" José Blanco
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
"Lemoniz", Mikel Alonso
Refugiados sirios: Mujer cocinando
Eugenia Nobati, Argentina
Irene Singer, Argentina
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
Sueños Rotos
República del Alto Karabakh —Artsakh—, 06/10/2020
Txema García
“LIKE”. Eduardo Nave
Txema García
Bonill, Ecuador
Cientificos-Volcán
La Palma 2021
“LIKE”. Eduardo Nave
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
Canción de París
Jose Horna.
Metro de París
Jose Horna.
Abrazo. Luna a Abdou
Playa del Tarajal, Ceuta
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
Inmigrantes rescatados por salvamento marítimo
“JAZZ for TWO”, José Horna
Fotografía de José Horna
Alfredo Sabat, Argentina