Europa ante el segundo mandato de Trump: entre la dependencia y la reinvención estratégica

Foto: Base de Rota

Ruth Ferrero-Turrión
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El segundo mandato de Donald Trump a la Casa Blanca no constituye únicamente una alternancia política dentro de Estados Unidos sino que representa la consolidación de una transformación mucho más profunda del sistema internacional y, especialmente, de la relación entre Washington y Europa. Si durante su primera presidencia muchos gobiernos europeos interpretaron el trumpismo como una anomalía coyuntural, el nuevo escenario obliga a asumir que estamos ante una mutación estructural de la política exterior estadounidense y del propio orden occidental construido tras la Segunda Guerra Mundial.

Europa afronta así uno de los momentos más delicados de su historia reciente. El vínculo transatlántico, que durante décadas funcionó como eje de estabilidad política, económica y militar del continente, ya no puede darse por garantizado en los términos que conocimos durante la posguerra. El problema no es únicamente Trump como figura política, sino el cambio doctrinal que representa sostenido sobre una visión estrictamente transaccional de las alianzas internacionales, donde la cooperación deja de basarse en valores compartidos y pasa a depender exclusivamente del cálculo inmediato de intereses.

Durante más de setenta años, Estados Unidos actuó simultáneamente como potencia hegemónica y garante del orden liberal internacional. Su liderazgo no descansaba únicamente en la superioridad militar o económica, sino también en la capacidad de construir legitimidad a través de instituciones multilaterales, acuerdos comerciales y alianzas estables. La OTAN, el sistema de Bretton Woods o incluso el proceso de integración europea formaban parte de esa arquitectura estratégica impulsada por Washington tras 1945.

El trumpismo rompe con esa tradición. La nueva administración considera que muchas de las estructuras multilaterales creadas por Estados Unidos han dejado de beneficiar a los intereses estadounidenses. Desde esta perspectiva, la interdependencia económica, el libre comercio y la globalización habrían facilitado el ascenso de competidores estratégicos, especialmente China, debilitando la posición relativa de Estados Unidos en el sistema internacional.

Esta visión tiene consecuencias directas para Europa. En la lógica trumpista, los aliados europeos ya no son socios estratégicos privilegiados, sino actores que deben demostrar permanentemente su utilidad para Washington. De ahí la presión constante sobre el gasto militar europeo, las amenazas comerciales, la utilización de los aranceles como instrumento político o el cuestionamiento recurrente de la OTAN.

La relación transatlántica entra así en una nueva fase marcada por la incertidumbre. Aunque es improbable una ruptura formal de la Alianza Atlántica, sí asistimos a un deterioro progresivo de la confianza política mutua. Europa descubre que la garantía de seguridad estadounidense ya no es automática ni incondicional. Y esa constatación altera profundamente el equilibrio estratégico del continente.

La guerra de Ucrania ya había puesto de manifiesto hasta qué punto la seguridad europea seguía dependiendo estructuralmente de Estados Unidos. Pese a años de discursos sobre autonomía estratégica, la Unión Europea continúa careciendo de capacidades militares, industriales y tecnológicas suficientes para garantizar de manera autónoma la estabilidad del continente. La ayuda militar, la inteligencia estratégica y buena parte de la capacidad de disuasión frente a Rusia siguen descansando fundamentalmente sobre Washington. Sin embargo, el segundo mandato de Trump acelera una pregunta que hasta hace pocos años muchos gobiernos europeos evitaban formular abiertamente: ¿qué ocurre si Estados Unidos deja de considerar prioritaria la seguridad europea?

La cuestión ya no parece teórica. La nueva administración estadounidense ha dejado claro que su prioridad geopolítica se sitúa en el Indo-Pacífico y en la competencia estratégica con China. Europa pierde centralidad dentro de la agenda global de Washington precisamente en el momento en que enfrenta una guerra en sus fronteras y una creciente inestabilidad internacional.

El desplazamiento del centro de gravedad geopolítico hacia Asia constituye uno de los cambios más importantes del escenario contemporáneo. Durante décadas, Europa ocupó una posición central dentro del sistema internacional. Hoy, sin embargo, la rivalidad entre Estados Unidos y China redefine las prioridades globales en torno al control tecnológico, las cadenas de suministro, los semiconductores, la inteligencia artificial o la transición energética.

En este contexto, Europa corre el riesgo de quedar atrapada en una posición subordinada entre las dos grandes potencias del siglo XXI. La dependencia tecnológica respecto a Estados Unidos y la dependencia comercial respecto a China limitan considerablemente la capacidad europea de actuar como actor geopolítico autónomo.

El trumpismo intensifica además las dinámicas de fragmentación económica internacional. La globalización liberal basada en cadenas de valor integradas y mercados abiertos está siendo sustituida progresivamente por una lógica de bloques geopolíticos. La seguridad económica se convierte en prioridad estratégica y los Estados recuperan políticas industriales, controles de inversión y mecanismos de protección tecnológica.

Europa se encuentra especialmente expuesta a esta transformación. La economía europea depende profundamente del comercio internacional y de un sistema multilateral relativamente estable. La proliferación de guerras comerciales, subsidios estratégicos y políticas de desacoplamiento amenaza directamente el modelo económico sobre el que se construyó la prosperidad europea de las últimas décadas.

La presión estadounidense para relocalizar industrias estratégicas, limitar la cooperación tecnológica con China y aumentar el gasto en defensa obliga a la Unión Europea a replantear simultáneamente su modelo económico y su posición geopolítica. El problema es que los Estados miembros siguen profundamente divididos respecto a cómo responder.

Algunos gobiernos consideran imprescindible reforzar el vínculo atlántico incluso aceptando una relación más asimétrica con Washington. Otros defienden avanzar hacia una verdadera autonomía estratégica europea capaz de reducir la dependencia militar, energética y tecnológica respecto a Estados Unidos. Pero esa autonomía sigue enfrentándose a importantes obstáculos políticos, financieros e industriales.

La propia noción de “soberanía europea” continúa siendo ambigua. Europa dispone de un enorme peso económico y regulatorio, pero carece todavía de instrumentos políticos y militares comparables a los de las grandes potencias tradicionales. La fragmentación interna, las diferencias entre Estados miembros y la ausencia de una política exterior plenamente integrada limitan considerablemente su capacidad de actuación.

Paradójicamente, Trump podría convertirse en el principal catalizador de una mayor integración estratégica europea. El cuestionamiento estadounidense del orden transatlántico está obligando a muchos gobiernos europeos a asumir que la dependencia estructural respecto a Washington constituye una vulnerabilidad política de primer orden.

La discusión sobre la defensa europea, la autonomía tecnológica, la seguridad energética o la política industrial adquiere ahora una urgencia inédita. La Unión Europea comienza a entender que la soberanía ya no puede definirse únicamente en términos nacionales. Ningún Estado europeo posee individualmente la capacidad suficiente para competir con Estados Unidos o China en los grandes ámbitos de poder del siglo XXI.

Sin embargo, el tiempo juega en contra de Europa. Mientras Estados Unidos y China consolidan estrategias de poder cada vez más agresivas y coherentes, la Unión Europea continúa avanzando mediante compromisos lentos y frágiles. La dificultad para adoptar decisiones rápidas y la persistencia de intereses nacionales divergentes dificultan enormemente la adaptación europea al nuevo entorno geopolítico.

A ello se suma el auge de fuerzas nacionalistas y euroescépticas dentro del propio continente. El trumpismo no solo impacta sobre Europa desde el exterior. También fortalece dinámicas políticas internas que cuestionan la integración europea, la cooperación multilateral y las propias bases del proyecto comunitario. La internacional reaccionaria que conecta a sectores de la extrema derecha europea con el universo político trumpista añade una dimensión ideológica adicional a esta crisis.

Europa afronta así una doble presión, externa, por la transformación del sistema internacional; e interna, por el debilitamiento de los consensos políticos que sostuvieron el proceso de integración durante décadas. Pero en realidad, el gran desafío europeo consiste en adaptarse a un mundo donde las reglas del orden liberal ya no garantizan estabilidad ni protección. El escenario actual se caracteriza por la competencia entre grandes potencias, la instrumentalización geopolítica de la economía y el debilitamiento progresivo de las instituciones multilaterales.

El problema para Europa es que fue precisamente ese orden liberal el que permitió su reconstrucción, prosperidad y estabilidad tras la Segunda Guerra Mundial. La Unión Europea es, en buena medida, producto de un contexto histórico basado en la apertura económica, la cooperación institucional y la garantía estratégica estadounidense. La erosión de ese marco obliga ahora al continente a redefinir su lugar en el mundo.

El segundo mandato de Trump acelera brutalmente esta transición. Europa ya no puede limitarse a gestionar su dependencia respecto a Estados Unidos esperando un eventual retorno a la normalidad atlántica. Porque casi con toda certeza, la normalidad anterior ha desaparecido definitivamente.

La cuestión central ya no es si Europa desea convertirse en un actor geopolítico autónomo, sino si será capaz de hacerlo antes de que el nuevo orden internacional termine de consolidarse sin ella. Porque el mundo que emerge tras el retorno de Trump es un escenario crecientemente competitivo, fragmentado e inestable donde la vulnerabilidad estratégica se paga cada vez más cara.

 

La larga espera
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Debekatutako armak
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Refugiados sirios: Mujer cocinando
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Encaramado a la valla de Ceuta
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"Homenage a Marcel Proust" Marisa Gutierrez Cabriada
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Cientificos-Volcán
La Palma 2021
Zutik dirauena
Shushi (Karabakh Garaiko errepublika —Artsakh—, 2020/10/08)
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