¿La idea del fascismo?

Michael Marder (Ikerbasque/EHU) y Luis Garagalza (EHU)
_______________________________________________________________

 

En una situación como la que estamos viviendo, marcada por la pérdida de fuerza que está sufriendo el proyecto de construcción europea y por el incremento de las tensiones geopolíticas, que generan incertidumbre, sensación de vulnerabilidad y miedo, el fascismo comparece como una amenaza difusa en las prácticas políticas que normalizan la exclusión de la otredad, la imposición, la simplificación y la obediencia ciega. Pues bien, podemos comenzar una reflexión sobre esta difusa amenaza reconociendo que no tenemos ni idea de lo que es el fascismo. Si es así, es porque, en realidad, el fascismo no se basa en una idea. Sin duda, el fascismo muestra un régimen de operatividad particular, sujeto a vicisitudes históricas, pero los efectos que genera ocultan en su seno la ausencia inicial e insuperable de una idea formativa1. A diferencia del fascismo, el liberalismo y el comunismo sí tienen ideas rectoras que se reflejan ya en sus nombres. El liberalismo es una ideología de la libertad, canalizada principalmente a través de las fuerzas del mercado —la libertad de vender y comprar cualquier mercancía y, sobre todo, el trabajo mercantilizado— y unida a la libertad de religión, de expresión, de reunión y similares. El comunismo, por su parte, se articula en torno a la idea de comunidad, ciertamente no tan abstracta como la de libertad, pero que también posee la forma de una idea. Básicamente, el comunismo se interesa por la idea de lo común, desde la propiedad colectiva de los medios de producción hasta los bienes comunes medioambientales (como el aire, por ejemplo), que eluden por completo la institución de la propiedad. El nexo ideacional de lo común implica la relación entre las partes y el todo, así como entre las diferentes teorías y las diversas prácticas de participación, de reparto y de justicia. Además, cabe señalar que tanto el liberalismo como el comunismo comparten una visión de la historia que está marcada por el progreso, si bien interpretan dicho progreso desde perspectivas muy diferentes, acentuando la primera su carácter gradual y reformista, mientras que la segunda es más bien dialéctica y revolucionaria.

¿Y el fascismo? Si atendemos al nombre de esta presunta ideología podemos observar que el núcleo de sentido del fascismo se consolida gracias a un determinado símbolo. Se trata de un símbolo antiguo, que la antigua Roma probablemente tomó prestado de la civilización etrusca y que fue reciclado en la Italia de Mussolini. Me refiero a las fasces, que consisten en un haz o manojo de varas, originalmente de olmo o abedul, dispuestas en torno a un hacha que sobresale en el centro. En la Roma imperial, las fasces eran portadas por los lictores, los protectores del magistrado, que también actuaban como verdugos. Sin embargo, como señala Giorgio Agamben, en su versión romana, el símbolo era todo menos simbólico: sus partes «servían para infligir de hecho una pena capital, en sus dos formas: la flagelación (las varas) y la decapitación (el hacha)».2

Por lo demás, las fasces tenía también en la antigua Roma una versión no política, sino más bien doméstica y con connotaciones femeninas. Se trata de la fascia pectoralis, que era una banda de tela que, en algunos casos podía unir algunas varillas, y que se usaba como prenda íntima, a modo de sujetador, para realzar los pechos de las mujeres. Sea que hubiera varillas o no, lo que la banda envolvía no era un hacha amenazadora sino unos pechos capaces de alimentar a la descendencia. Cabe también señalar que los romanos llamaban fascinatio a los hechizos o encantamientos malignos y, correlativamente, fascinum era un amuleto con forma de falo que tenía una función apotropaica o defensiva contra el mal de ojo (in-vidia) o los hechizos. Se trataba de un amuleto que usaban con frecuencia los militares. Al parecer, de ellos deriva el verbo fascinare, que significaba hechizar, habida cuenta de que en algunos hechizos se empleaba o formaba un haz para fustigar, atar, atrapar u obligar simbólicamente a la víctima del hechizo. Este verbo fue perdiendo el carácter maléfico hasta significar, como señala la RAE, “engañar, alucinar u ofuscar”, aunque también sigue conservando el de atraer irresistiblemente e, incluso, hacer mal de ojo.

Todo ello parece resonar de algún modo en el caso del fascismo, aunque no exclusivamente (pues hay algo de fascinante, en una dirección totalmente contraria, también en el amamantamiento en general de los mamíferos). La capacidad de fascinación que se desprende de ese haz de varas en torno a un hacha puede, a su vez, provocar respuestas emocionales con dos direcciones. Por un lado, puede seducir a personas que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad, de precariedad y de inseguridad, con una ilusión de fuerza, de poder y de dominio autoritario sobre la debilidad y la muerte. Por otro lado, puede atemorizar y amedrentar a otras personas que pueden encontrarse en la misma situación o en una parecida, pero que, por el motivo sea (ético, religoso, político, psicológico, etc.) rechazan el empleo de la violencia o se sienten como objetivos posibles del ejercicio de la misma. En este sentido, la fascinación del fascismo provoca una división y polarización de la sociedad, que puede extenderse a la totalidad del mundo e incluso del propio cosmos.

No se puede responder a la pregunta de qué es el fascismo en su esencia sin prestar especial atención a este símbolo, que además trasciende el ámbito puramente simbólico. En cuanto a lo que presagian, las fasces son una amenaza, concretamente la amenaza de castigo, incluida la pena capital. Concentran en sí mismas la variedad más terrible de la autoridad estatal (imperium), análoga al poder que ejerce, por ejemplo, el pater familias sobre un hijo prepúber. Si, como bromeó una vez Bismarck, la política es el arte de lo posible, entonces la posibilidad fascista que determina su orientación futura es la de una grave amenaza de mutilar o quitar la vida, mientras que las posibilidades liberales y comunistas son promesas basadas en las ideas de libertad y comunidad, por muy equivocadas que hayan sido sus formas aplicadas. Por contra, en la versión fascista del vínculo, hay simultáneamente una caricatura grotesca y una destrucción de la libertad y la comunidad.

La desintegración masiva que celebra el fascismo —y cuya variante contemporánea dista mucho de ser una excepción— no distingue entre la muerte de individuos, de comunidades humanas enteras y de ecosistemas. Todos los niveles de la vida se ven afectados y, además, la pena capital que se impone a cada uno de ellos afecta a los demás. Los genocidios a través de los ecocidios, ya sean lentos o rápidos, son un claro ejemplo de ello. El fascismo del siglo XXI es quizás único en este sentido: se alimenta de los sentimientos escatológicos y contribuye a su crecimiento, al tiempo que niega la destrucción que promueve activa y pasivamente, no solo de un mundo habitable, sino también de la posibilidad misma de la existencia como coexistencia3.

¿Cómo gira algo —cualquier cosa— en torno a la idea? Más que una fachada ideológica, las ideas tienen eficacia histórica, como han demostrado Hegel y Marx; crean sus campos gravitatorios, en cuyo seno se desarrolla la construcción de sentido. Si se toma en serio, la eficacia de las ideas, su realidad o energía (Wirklichkeit), se basa en su complicidad con los desarrollos históricos y en que son portadoras, según Freud, de cathexis, tiene una carga de energía libidinal. La ausencia de una idea central en el fascismo significa que su fuerza no está sublimada o está des-sublimada. Ese centro vacío, que puede tener virtualidades biófilas, adquiere en el caso del fascismo un carácter mortífero: se carga de una obsesión por el poder de la fuerza, por el espíritu heroico o guerrero que pretende imponerse sobre su propio miedo y vulnerabilidad, autoafirmándose en la presunta supremacía. El poder queda de este modo absolutizado. En torno a este núcleo vacío se acumula una ideología más o menos coherente —o un campo protoideológico—, aunque ninguno de sus elementos estará en condiciones de llenar el vacío y ocupar el lugar de la idea ausente.

1 En este sentido, no podría estar más en desacuerdo con Jason Stanley, quien deshistoriza el fascismo y da por sentado que este existe como un «concepto». Véase, por ejemplo, Jason Stanley, «The Philosophy of Fascism», The Philosopher 107(2), primavera de 2019, https://www.thephilosopher1923.org/post/the-philosophy-of-fascism.

2 Giorgio Agamben, El reino y la gloria: por una genealogía teológica de la economía y el gobierno. Editorial Pretextos, Valencia, 2009.

3 Podemos constatar esto en la reciente publicación de A. Karp y N. Zamiska La república tecnológica. Poder duro, pensamiento débil y futuro de Occidente. (Tecnos, Barcelona, 2025) que plantea una alianza de la élite tecnológica (Karp es CEO de Palantir Technologies, la empresa creada por Peter Thiel) en defensa de la supremacía “occidental” mediante la inteligencia artificial, y el ejercicio del poder, sin restricciones.

Txema García
Sueños Rotos
República del Alto Karabakh —Artsakh—, 06/10/2020
“LIKE”. Eduardo Nave
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
Eugenia Nobati, Argentina
“JAZZ for TWO”, José Horna
"Homenage a Marcel Proust" Marisa Gutierrez Cabriada
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
Sebastião Salgado
Irene Singer, Argentina
Cientificos-Volcán
La Palma 2021
Porteadoras
Canción de París
Jose Horna.
Sebastião Salgado
La larga espera
Shushi (República del Alto Karabakh —Artsakh—, 08/10/2020)
Txema García
Fotografía de José Horna
Abrazo. Luna a Abdou
Playa del Tarajal, Ceuta
Txema García
Txema García
Sebastião Salgado
Zutik dirauena
Shushi (Karabakh Garaiko errepublika —Artsakh—, 2020/10/08)
“JAZZ for TWO”, José Horna
"El mal del país" José Blanco
Debekatutako armak
Shushi (Karabakh Garaiko errepublika —Artsakh—, 2020/19/08).
"Homenaje a Federico García Lorca" Marisa Gutierrez Cabriada
Encaramado a la valla de Ceuta
Antonio Sempere
"Lemoniz", Mikel Alonso
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
Bonill, Ecuador
Fotografía de José Horna
Metro de París
Jose Horna.
Refugiados sirios: Mujer cocinando
Sebastião Salgado
"El origen del mundo" José Blanco
Txema García
“LIKE”. Eduardo Nave
Inmigrantes rescatados por salvamento marítimo
Alfredo Sabat, Argentina