(Carlos Berzosa y Koldo Unceta)
Cuando se han cumplido ya diez años desde el Brexit, la economía y la sociedad británicas siguen ensimismadas, preguntándose por las raíces de la crisis por la que atraviesan. ¿Fue un error abandonar las instituciones europeas? ´Lo cierto es que, pese a las reticencias históricas de sucesivos gobiernos conservadores, y las cautelas mantenidas por diversos gobiernos laboristas, la UE representaba, para Gran Bretaña, un paraguas cuya falta se está dejando sentir en muchos aspectos, lo que hace interesante conocer lo que está pasando en ese país.
Las relaciones entre el Reino Unido y la UE siempre fueron conflictivas. Como señala Donald Sasson, ya en los tiempos de Margaret Thatcher se observaba a la Unión Europea como una entidad a la que había que exprimir, intentando sacar lo máximo y contribuir lo mínimo. Y, a pesar de haber participado en la elaboración del Acta única de 1986, la visión que la dama de hierro tenía de la UE era la misma que la adoptada décadas después por muchos brexiteers, a saber, que Bruselas era una burocracia cara y sobredimensionada con la que había que marcar distancias.
Por eso, cuando en 2016 se planteó, por parte del gobierno de David Cameron, la decisión de llevar a cabo un referéndum sobre la pertenencia a la Unión, se estaba volviendo, de manera electoralista, sobre un asunto acerca del que sucesivos gobiernos británicos habían estado mareando la perdiz a lo largo de varias décadas. Baste recordar que, si bien la entrada en 1973 del Reino Unido en el Mercado Común Europeo se produjo por decisión parlamentaria, varios años después, en 1975, el gobierno laborista de Harold Wilson llevo a cabo una consulta sobre la permanencia, que se saldó con una amplia mayoría a favor (67% de los votantes), pese a lo cual, poco después, los propios laboristas plantearían, en su manifiesto electoral de 1983, la retirada de las instituciones comunitarias.
Convendría recalcar que este constante ir y venir, estas contradicciones permanentes sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE, han dejado una profunda huella en el devenir del proyecto europeo y de las instituciones comunitarias. Thatcher fue una antieuropea que, sin embargo, consiguió contaminar a la UE de sus ideas neoliberales y lo mismo sucedió posteriormente con sucesivos gobiernos británicos, tanto conservadores como laboristas. Entre estos últimos cabría recordar el triste papel jugado por Tony Blair, con su famosa tercera vía, abiertamente privatizadora y continuista respecto a las políticas neoliberales de sus antecesores Tatcher y Major.
Por eso, cuando en 2016 se celebró el referéndum que acabó sacando al Reino Unido de la UE, pudo parecer que se trataba de un episodio más en la larga cadena de conflictos, amenazas y desavenencias entre el Reino Unido y las instituciones europeas. Pero la realidad fue muy otra. Lo que ocurrió realmente fue que el resultado del referéndum alumbró un nuevo escenario de crisis que poco tenía que ver con las promesas planteadas por los partidarios de la retirada.
Desde que se implantó el Brexit las cosas han ido mal en Gran Bretaña, poniendo de manifiesto que, dada la complejidad del entramado económico y social europeo, la opción de abandonar las instituciones comunitarias puede tener, según como se plantee, costos importantes. En la actualidad, el Reino Unido se encuentra en una crisis política, económica y social considerable, que se manifiesta, entre otras cosas, en los seis primeros ministros y ministras que se han sucedido desde 2016. Una crisis política permanente ante la incapacidad de afrontar con cierto éxito las reformas económicas y sociales.
El resultado del brexit fue interpretado inicialmente como consecuencia de varios factores, entre los que se encontraban las falsas promesas de un futuro de prosperidad y menos inmigración fuera de la Unión, y, por otra parte, un voto de castigo contra el establishment de Londres en un contexto de descontento popular por la desindustrialización y la crisis en el mundo rural.
Pero la realidad es que el triunfo del Brexit en el referéndum de hace diez años se sustentó, como recordaba el propio ex primer ministro Starmer, en una triple mentira difundida desde el populismo de extrema derecha: que el país iba a ser más rico; que la inmigración se iba a reducir drásticamente; y que el país iba a ser más seguro. Ninguna de estas tres premisas se ha cumplido.
Por un lado, el crecimiento económico se ha reducido drásticamente. La mayoría de los estudios señalan que el crecimiento en estos últimos 10 años ha sido entre un 6% y un 8% menor que el que se habría registrado dentro de la UE.
La Libra esterlina, por su parte, sufrió una fuerte devaluación tras el brexit, habiéndose elevado asimismo la factura de la deuda británica, como consecuencia del aumento en los costes de financiación. Hoy en día, 10 años después del brexit, la libra esterlina se encuentra aún muy lejos del tipo de cambio anterior al referéndum.
La inversión empresarial ha sufrido un fuerte descenso en estos años, estimándose la misma en una cifra cercana a un 18% menor. Y El consumo también se ha debilitado, como consecuencia de la inflación y los elevados tipos de interés.
Por otra parte, la idea del Global Britain, la propuesta de abrir la economía del Reino Unido a otras zonas del mundo al margen de la UE, se ha demostrado muy complicada, por no decir imposible de llevar a la práctica, dadas las profundas interrelaciones existentes entre el mercado británico, y la realidad económica del resto de los países europeos. El Reino Unido puede separarse institucionalmente de la UE, pero es mucho más difícil hacerlo en lo que afecta a la realidad económica.
En lo que respecta a la inmigración, tampoco se han cumplido las promesas, ya que la misma no se ha reducido. Simplemente ha cambiado el origen de los flujos. La caída drástica de trabajadores comunitarios ha sido reemplazada por una llegada record de ciudadanos procedentes de India, Nigeria o Pakistán, lo que ha provocado las mayores cifras de inmigración neta de la historia moderna del Reino Unido.
La crisis socioeconómica que sacude a Gran Bretaña, tiene también una traducción en el campo político. Los dos grandes partidos están profundamente divididos respecto a esta cuestión, lo que hace que la población no reciba señales claras por parte de ninguno de ellos y que la única formación política con un mensaje claro sea la liderada por Nigel Farage (Reform UK).
Diversos analistas hablan de una frustración generalizada que tiene dos grandes manifestaciones. Por un lado, esos millones de jóvenes que propugnan un regreso hacia la UE y, por otra parte, el creciente apoyo al populismo de extrema derecha que representa Reform UK, que es quien capitaliza en mayor medida esa frustración. Y en medio, unos partidos tradicionales, el conservador y el laborista, incapaces de ofrecer propuestas concretas sobre este asunto.
Es preciso tener en cuenta, además, que el Brexit se apoyó en gran medida en un fuerte nacionalismo británico, pero de raíz inglesa. Ni en Escocia, ni en Irlanda del Norte, ni en algunas zonas de Gales, ganó el brexit, que sí lo hizo claramente en Inglaterra, que representa el 85% de la población británica.
Transcurridos diez años desde el brexit, la situación del Reino unido es claramente peor que la que existía con anterioridad. ¿Quiere eso decir que no hay alternativas fuera de la UE, y que no es una buena propuesta la idea de abandonar la unión? En nuestra opinión, el asunto requeriría una reflexión más amplia, que supera las posibilidades de extensión de este artículo, y que necesariamente debería abordar el análisis de las fuertes relaciones existentes entre los mercados de unos y otros países europeos.
Lo que está claro, es que la deriva neoliberal de las instituciones europeas que se ha producido en las últimas décadas, reduce mucho las posibilidades de una transformación social progresista dentro de la Unión. Por ello cualquier propuesta que se ofrezca en clave progresista, sea dentro o fuera de las instituciones europeas, pasa por un giro radical en las políticas públicas, que revierta ese sesgo neoliberal, y ponga a los derechos de las personas y no los intereses de las empresas en el centro del debate.
Sin ese giro radical, sin esa nueva orientación de las políticas públicas, plantear una salida de las instituciones europeas como alternativa a la situación actual, carece por completo de sentido. Cuidado con las falsas promesas que no tienen base alguna. Si algo muestra el ejemplo del Reino Unido es que las propuestas de salida de la UE, si se realizan por la derecha, están condenadas al fracaso.
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Carlos Berzosa es Catedrático jubilado de Economía Aplicada y fue Rector de la Universidad Complutense de Madrid
Koldo Unceta es Catedrático jubilado de Economía Aplicada de la UPV/EHU


