El eclipse de la escuela pública vasca

(Ricardo Arana)

Este verano, gran parte de la información ha sido mediatizada por el eclipse solar, un fenómeno astronómico que ocurre cuando algo se interpone en la trayectoria del sol, bloqueando su luz. Ha durado poco, afortunadamente. Aunque estamos bastantes hartos de este cuerpo celeste que nos ahoga con interminables olas de calor, sabemos que su energía nos es imprescindible. Si su ocultamiento fuera prolongado, gran parte de la vida desaparecería.

Pues bien, algo también se ha interpuesto entre la escuela pública y nosotros: una política lingüística. Una política caracterizada por la priorización del aprendizaje y uso de una lengua por encima de todo lo demás, el euskara, que relega su carácter comunicativo para cobrar seña identitaria. En este sentido, la interceptora de nuestra escuela pública recuerda mucho a la que también nos eclipsó durante largos años, la escuela nacional franquista, asentada sobre un único dios, una única patria y una única lengua, como marcaba la Ley de 17 de julio de 1945.

En la Euskadi de hoy, la inmensa mayoría de los niños y niñas, el 95% concretamente, ya ha comenzado a los dos años de edad su andadura en el sistema educativo. Más del 85% lo hace con el euskara como único medio para vehicular sus aprendizajes, aunque solo sea la primera lengua del 20% de las familias. En la escuela pública, la inmersión se acentúa aún más. Este curso, únicamente un pequeño centro en la Montaña Alavesa utilizará las dos lenguas oficiales en la enseñanza de los más pequeños. El 99% de los niños y niñas que hayan optado por la escuela pública no trabajarán nada en castellano, ni aunque sea la lengua predominante en su entorno.

En la mayoría de sus aulas, los niños de áreas castellanohablantes pueden llegar a pasar los primeros seis años de su escolarización sin ningún contacto organizado con la que es la primera lengua en su hogar. Durante ese tiempo no recibirán ningún estímulo en este idioma, ni realizarán ninguna actividad, ni accederán a materiales en esa lengua. Ni una canción, ni un ripio, ni una frase que no sea en euskara les llegará procedente de su profesor o profesora. Incluso serán animados a no utilizar el castellano y es probable que hasta sean reprendidos por hacerlo. Y, posteriormente, no realizarán ningún trabajo en esta lengua, salvo el de la asignatura correspondiente. El derecho al aprendizaje en la lengua materna queda reducido a vascohablantes.

¿Por qué esta elección tan descabellada, desaconsejada por todos los organismos internacionales? Porque eso es en Euskadi, una elección de la familia teóricamente tan libre como la de escoger centro público o centro privado. Eso sí, una decisión a la que se llega tras la identificación del castellano como lengua ajena, en contraposición a “la nuestra”, a la “de aquí”, a la “propia”. Aunque ello no sea verdad ni lo haya sido nunca, como explicaba Koldo Mitxelena. Y de rondón, la estigmatización, bien labrada, de la utilización de esta lengua en la enseñanza de niños y jóvenes.

Pero se necesitaba algo más para que triunfase tal ingeniería social: la ocultación de los daños que ocasiona el desprecio de la lengua del entorno más próximo al alumno en su aprendizaje. La cara oculta del eclipse. Hay que esconder por todos los medios, antidemocráticos incluidos, los terribles efectos que está teniendo, especialmente en la población no vascohablante con menos recursos. Hay que mentir, con todas las letras, desde el Gobierno a la Universidad, porque nuestra Academia también está convocada al engaño.

Primero, propagando falacias como que “en el caso de las lenguas dominantes, el entorno (los media, las familias, el paisaje lingüístico,…) asegura la capacitación en dicha lengua en la mayoría de sus usos”. Parece impropio del ámbito académico ignorar precisamente el papel de la escuela en el aprendizaje de las lenguas y considerar una presunta suficiencia del entorno en el que se desenvuelve la persona para que esta aprenda correctamente un idioma. Pero así lo afirma “Enseñar (lenguas) en contextos multilingües”, manual profusamente citado, editado por nuestra universidad pública e ilustres autoridades académicas.1 Pese a que es la escuela la que enseña a leer, a escribir y a hablar correctamente, y no la calle. Pese a que es el aula el espacio en el que se trabaja sistemáticamente, tanto a nivel oral como escrito, la comprensión, la expresión, la interacción, y la mediación lingüística en los niveles más avanzados, y no ninguna plaza.

Pero nuestros doctores aventuran, además, que en la medida en que los resultados en castellano de nuestros estudiantes “son comparables a los de aquellos cuya lengua escolar es casi exclusivamente el español, como lo muestran las evaluaciones PISA, hay que pensar que, para aprender castellano, existen otras vías además de la escuela y que ésta podría aprovechar de manera más eficiente el tiempo que dedica a dicha enseñanza”. Pasemos del embuste y juzguemos la propuesta, ahora que ya está totalmente implantada. ¿Cuáles son sus resultados?

Para una gran parte de estudiantes, fracaso. Quienes no superan los niveles iniciales en las distintas competencias son cada vez más, y la influencia en sus resultados del capital lingüístico previo y el nivel socioeconómico propio no hace sino crecer, como lo aseveran absolutamente todas las investigaciones, impactando de lleno en los centros públicos. Su mayor complejidad se ignora y la equidad se desprecia. Sí, con la excusa de evitar una segregación visible hemos puesto en marcha una invisible que reserva las posibilidades de éxito escolar a la población vascohablante y/o con más recursos. Pero, ¿y qué pasa con la propia lengua vasca?

La generalización de la inmersión lingüística en nuestro país no sirve para un conocimiento más profundo y un mayor uso del euskara, pese a estos altos costes. En 2009, con un 15% de familias en las que el euskara era su lengua habitual y un 55% de alumnado en modelo D, el total de estudiantes, no solo el escolarizado en modelo D, que en 2º curso de ESO no superaba el nivel inicial de euskara era el 38%, y el que se situaba en un nivel avanzado el 18%. En 2025, con un 19% de familias con el euskara como lengua principal y con más del 80% del alumnado escolarizado solo en esa lengua, no supera el nivel inicial el 42% y el que se encuentra en nivel avanzado solo alcanza el 20%. Eso pese a la “cocina” del último dato publicado. El anterior, con menos indicios de manipulación, lo situaba en el 52% y el 14% respectivamente. Generalizar la inmersión es perjudicial y también inútil.

Esta es la cara oculta del astro que eclipsa a nuestra escuela pública. Y en la oscuridad, ¿qué ocurre con sus centros? Tres datos actuales, también ocultados por nuestros trumpistas dirigentes. Empezando desde abajo. De las 1.518 nuevas plazas de titularidad pública para alumnado menor de dos años a crearse antes del 31 de mayo de este año, comprometidas por nuestro Gobierno en la Conferencia Sectorial de Educación de 2021, solo hemos activado 596, y ello incluyendo 175 plazas puestas en marcha fuera del plazo de cómputo. Pese a recibir para ello nada menos que 15 millones y medio de euros provenientes de fondos europeos. Del programa Udaleraiki de ayuda a los municipios para sostener sus centros públicos de Educación Infantil y Primaria dotado con 10 millones de euros, no hemos ejecutado en 2025 un solo euro. Ni en los años del Covid, el Gobierno vasco había dejado de financiar a los ayuntamientos para atender estas necesidades. Acabemos. La liquidación del presupuesto de 2025 confirma que de los 95 millones de euros presupuestados para construcciones en centros públicos de Infantil, Primaria y Secundaria hemos gastado menos de 35 millones. Casi dos terceras parte del presupuesto para obras no se han ejecutado.

Así tratada, la escuela pública ve mermada su capacidad para aportar la acción equitativa y educadora que precisamos. Y en este caso, la sombra proyectada por la temible escuela nacional sí sirve para algo, para ocultar la pérdida.

1 Joaquín Dolz e Itziar Idiazabal (coords.), Enseñar (lenguas) en contextos multilingües, Bilbao: Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea, 2013.

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