Los bienes comunes que tenemos cerca

(Galde 07, verano/2014). Quienes nos tiramos de los pelos al ver los derroteros que va tomando la humanidad, el mundo, la economía, la sociedad, nos la pasamos buscando ventanas, por pequeña que sean, que nos permitan buscar algo de luz. Queramos o no, y aunque nos enfrentemos con acérrimo optimismo a las malas noticias, nuestro ánimo se desgasta y necesitamos encontrar nuevos aires para reanimarnos. Es así como una llega, entre otros puertos, al de los bienes comunes, una figura intencionadamente olvidada y denostada por la economía clásica a la que Elinor Ostrom infundió un soplo de vida (por lo que fue merecedora del Premio Nobel de Economía en el año 2009).

losbienes

Lo que más atractivo resulta de los bienes comunes es que se nos presentan como la prueba concluyente (una más) de que el ser humano es capaz de organizar su vida, entorno y relaciones junto con otros seres humanos, sin necesidad de que alguien de fuera venga a decirles cómo lo tienen que hacer. Algo que nos tendría que parecer absolutamente evidente (a poco que conozcamos la evolución, la historia y la diversidad de la humanidad) nos resulta casi chocante, ya que la certeza de que esto no es así parece, en el momento en el que vivimos, casi incuestionable.

Los seres humanos (ciertos seres humanos, al menos) carecemos de capacidad para poder auto-gobernarnos, al menos eso predica la teoría económica, quien solo ve como posible solución al instinto egoísta y depredador del sel humano el control de una autoridad externa, sea esta el mercado o el Estado. Eso es también lo que parece asumirse en la mayoría de las decisiones políticas. Sin esa autoridad, nos liaríamos a porrazos y, además, agotaríamos todos los recursos naturales que tenemos a mano, porque no pensamos en el interés colectivo, porque solo pensamos a corto plazo, porque solo nos importa lo nuestro, en fin, porque, aparentemente, somos malas personas… por naturaleza.

Y es aquí donde llega Ostrom con su trabajo 1 y nos demuestra (¿o nos recuerda?) que existen infinidad de colectivos auto-organizados y auto-gobernados que son capaces de gestionar con equidad la explotación de un recurso común, cuyos componentes son capaces de llegar a acuerdos sobre cómo se gobiernan y cómo gestionan ese recurso, de llegar a consensos sobre las normas con las que se rigen. Pero sobre todo demuestra que esta gestión puede ser, y es en muchos casos, eficaz. Es decir, un grupo de personas organizadas, que tienen a su cargo, por distintas razones, un recurso natural, son capaces de explotar ese recurso de modo que este no se agote y perdure en el tiempo en las mejores condiciones posibles. Además son también capaces de que la explotación de ese recursos beneficie por igual a todas las personas que forman el colectivo. Casi nada. Y todo esto lo pueden hacer, y lo hacen, ellas solas.

Curiosamente, nos cuesta más creer en la capacidad de auto-organización de las personas que en la eficacia del mercado y el Estado, a pesar de que estamos viendo con nuestros propios ojos los devastadores resultados ecológicos, económicos y sociales del control de esa autoridad externa, la que supuestamente nos tenía que proteger de nosotros mismos. ¿Quién es aquí más depredador y destructor?

La gente se organiza, y además eficazmente. Esto que parece una utopía existe. Y no existe en la otra punta del mundo, o en la otra punta de la historia, sino también en nuestro entorno más inmediato y hoy en día. El objetivo del estudio en el que participé hace ya dos años “Un acercamiento a la gestión de los bienes comunes y las organizaciones colectivas en el primer sector en la CAPV” 2 es, precisamente, recoger algunos ejemplos de organización colectiva en nuestro medio rural.

Curiosamente, muchas de las personas que protagonizan estos ejemplos no eran siquiera conscientes de que estaban inmersas en una dinámica que reta este tan sosamente asumido principio de que las personas deben ser gobernadas por un agente externo que mantenga la paz y el orden entre ellas. En muchos casos, las dinámicas colectivas en las que estaban inmersas eran o una forma natural (por habitual) de funcionar o el resultado de una necesidad. En casos contados detectamos algo que podríamos llamar una conciencia rompedora.

Si bien los ejemplos seleccionados para el estudio son muy dispares, en todos ellos encontramos una serie de elementos comunes, de los que, pienso, algo podríamos aprender:

– En todos ellos se comparte algo en colectividad.
– Comparten no sin conflicto y, precisamente por eso, se dotan de unas normas que regulan quién, cómo y cuándo puede hacer uso de lo que comparten; cómo se organizan y deciden; cómo distribuyen lo que producen; y cómo se conjugan los diferentes intereses de sus componentes.
– A pesar de que en cada caso llegan a formas de organización dispares (desde muy sencillas a muy complejas), dado que las circunstancias, el recurso y la comunidad son también diferentes, en todos ellos todos sus componentes tienen el derecho y la capacidad de intervenir, de proponer y de modificar cómo se gobiernan.
– Cuentan con un acceso fácil a la información sobre el recurso que comparten, las reglas con las que se gobiernan y todo lo que ocurre en la comunidad.
– En todos se busca un equilibrio, no siempre fácil, entre las capacidades del recurso y las necesidades de la comunidad.

Ostrom identifica una serie de principios aplicables a los casos de gestión exitosa de recursos de uso común y que podemos encontrar (en diferentes grados) en las experiencias que en este estudio se recogen. Estos principios son:

– El grupo que compone la comunidad está bien delimitado. Está claro quién tiene derecho a formar parte de ella y a hacer uso de los recursos que comparten. Esto viene a menudo definido en las normas (bien sean escritas o consuetudinarias).
– También están bien definidos los recursos que utilizan y los límites que deben respetar para no agotarlos o congestionarlos.
– Las normas de uso de los recursos están diseñadas teniendo en cuenta su naturaleza y características.
– Las personas que componen la comunidad pueden participar en la modificación de las normas de uso.
– Cuentan con maneras de controlar (a veces formales, a veces informales) el uso inapropiado de los recursos y a menudo cuentan también con un régimen sancionador.

Está claro que estos ejemplos no pueden enfrentarse ellos solos a la idea de que la organización colectiva es solo una idea utópica, ya que no resuelven el problema de cómo nos organizamos en comunidades más grandes, como puede ser un país o la humanidad. Esta modalidad de organización colectiva está pensada para comunidades limitadas. Las complejidades llegan cuando estos límites no existen o son difusos, en cuyo caso será necesario aplicar otros principios y otros métodos. Pero no podemos olvidar que estos principios se escriben una vez analizada la experiencia y no antes, y que si bien a la gran comunidad humana nunca le ha tocado tener que organizarse ella sola en su totalidad, sí lo han hecho muchos pueblos, muchos colectivos, y lo han hecho tomando el consenso como principio rector 3. Es de ellos de los que podremos derivar esos principios para aprender de la experiencia.ElinorOstrom

Uno de los objetivos de este estudio sobre bienes comunes en nuestro entorno rural fue también el de visibilizar y dar nombre a estas prácticas de organización colectiva, porque están ahí y no las vemos ni valoramos. Otro tanto se podría decir de una miríada de experiencias en las que los humanos demostramos que somos capaces de organizarnos eficazmente sin necesidad de esa autoridad externa.

En cualquier caso, que las personas sean capaces de gobernarse ellas solas, organizadas colectivamente y sin una autoridad exterior tendría que dejar de ser entendida como una utopía infantil. Entre otras razones porque ya lo hacen, tanto dentro de una organización como la de los bienes comunes como en muchos otros casos. Con esto no me estoy negando a ver que en ciertos niveles esto tiene que ser muy complejo, solo estoy cuestionando la tan asumida premisa de que no podemos hacerlo.

Lo cierto es que no menos utópica es la idea de que es mejor que nos gobiernen otros, y digo esto mirando al mundo y viendo los resultados a los que nos enfrentamos. Es evidente que esto de dejarse gobernar no nos ha llevado a un mundo de paz y armonía, ni siquiera a dejar de esquilmar nuestros recursos naturales. El mero hecho de que podamos estar ante una catástrofe ecológica de dimensiones irreversibles no deja de ser muestra de ello. Es evidente que su utopía no ha funcionado.

Notes:

  1. Ostrom, Elinor (2011). El gobierno de los bienes comunes. Fondo de Cultura Económica.
  2. Este estudio fue financiado por KATILU, unidad mixta de innovación de HAZI, NEIKER, AZTI E INNOBASQUE. Disponible en línea < http://www.katilu.net/bienescomunes/ca/contenido.html>
  3. Ver Graeber, David (2013). The Democracy project. A history. A crisis. A movement. Penguin Books.

Categorized | Dossier, Economía, Política

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