Copia de Ni un grado más, ni una especie menos

Jabalí (Sus scrofa). Izal (Navarra).

“Existe una sola forma de ver las cosas, que consiste en verlas en su totalidad”. J. Ruskin

Galde 24, (udaberria/2019/primavera). Julen Rekondo.-
Durante miles de años la caza ha representado una de las causas principales de alteración numérica de las poblaciones animales. En las sociedades cazadoras-recolectoras constituye un pilar para la supervivencia y su impacto biológico no debería ser minusvalorado. En algunos estudios, la actividad cazadora de ciertas comunidades humanas paleolíticas se ha vinculado con la puntilla final a especies pertenecientes a la megafauna del Pleistoceno, en el marco de un clima cambiante. Durante el Neolítico, coexistiendo con la domesticación de plantas y animales, la presión sobre la fauna silvestre posiblemente aumentaría por el incremento de la densidad y la dispersión geográfica de la población humana. Aún en la actualidad, la persecución deliberada de la fauna sigue siendo un factor de enorme importancia en muchos rincones del mundo. Numerosos países en desarrollo basan la ingesta de proteínas en la captura de animales silvestres, mientras que en los más industrializados la caza se ha convertido en una actividad lúdica, ajena a necesidades alimentarias, que es practicada por millones de personas y genera grandes beneficios económicos. Conviene recordar que hasta hace sólo unas décadas la sociedad española era eminentemente rural. La caza, el furtivismo y la pérdida de hábitat en beneficio de la agricultura -expresada espacialmente en grandes superficies– constituían los principales factores de impacto sobre las poblaciones biológicas.

Pero la Revolución Industrial, especialmente durante su segunda fase en el siglo XIX, significaría un cambio sustancial. La capacidad de transporte y de uso masivo de la energía por parte del ser humano propició un nuevo escenario de cambios ambientales. Entre ellos, la implantación de una trama densa y compleja de estructuras e infraestructuras humanas, que se superpuso a la red de conectividad natural del territorio aumentando exponencialmente su fragmentación. Lejos de representar una trama inerte, el territorio debe reconocerse como un tejido vivo por el que discurren procesos de muy diferente naturaleza, dirección e intensidad. Flujos de agua, viento, nutrientes, organismos y propágulos explican en parte, a modo de una fisiología del paisaje, la estructura de las comunidades biológicas y el mantenimiento de muchos valores naturales que la sociedad desea conservar. La interrupción de esta trama natural por carreteras, ferrocarriles, canales, redes de alta tensión, aerogeneradores, industrias y núcleos urbanos, entre otras muchas estructuras humanas, afecta a la esencia misma del funcionamiento de los sistemas naturales y consecuentemente a la persistencia de las poblaciones biológicas.

La fauna ha sido una de las grandes afectadas por la fragmentación del territorio. En este contexto, el paisaje resultante de la Revolución Industrial puede estar imponiéndose a la caza como principal factor de daño a la fauna silvestre. Algunas publicaciones y estudios científicos apuntan en esta dirección. No obstante, las actividades cinegéticas siguen siendo una causa importante de afección a la fauna y a los ecosistemas.

Perdiz roja o autóctona (Alectoris rufa). Salinas de Galar (Navarra)

“Argumentos a favor de la caza”. Revisando la literatura cinegética he seleccionado como tres cuestiones principales que esgrimen los partidarios a favor de la caza.

El primero y según el sector cinegético, el más importante, es “la conservación de una actividad heredada de nuestros ancestros y que nos ha marcado evolutivamente como especie”. Conservar tradiciones puede ser bueno y también malo. Hay miles de ejemplos en la historia de ello. No voy a ahondar en ello, porque es obvio. Pero, además, hoy en día, en el Estado español hay 46.733.038 habitantes de los que 713.134 son cazadores, el 1,5% de la población. Por lo tanto, hay 46.019.904 ciudadanos y ciudadanas que no somos cazadores. Frente a ese 1,5% de la población que se divierte matando animales y poniendo en peligro el ecosistema, está el derecho de los 46 millones de personas que no practicamos la caza.

En segundo lugar, “el trabajo de recuperación de la caza menor que se está haciendo en muchas zonas agrarias, aun a costa de renunciar a los aprovechamientos cinegéticos”.

Es cierto que el colectivo de cazadores no es uniforme. Yo diría que hay tres tipos de cazadores: el primitivo (los de épocas en las que no éramos capaces de acabar con la fauna porque la naturaleza predominaba, y por tanto no le preocupa cazar todo lo que pueda), el moderno irresponsable (a menudo urbanita, piensa que la caza se produce espontáneamente, que el dinero lo consigue todo, que él no tiene que preocuparse de nada excepto de disfrutar matando todo lo que pueda y que otros tendrán la obligación de hacer que haya caza), y por último, el responsable (que comprende las limitaciones ecológicas y los principios de sostenibilidad y actúa en consecuencia), y que realizan algunas actividades de recuperación, para poder seguir cazando. Ahora bien, si analizamos la evolución de las especies cinegéticas consideradas como “caza menor”, nos encontramos que ha habido una regresión en especies muy importante, y podemos hablar de la perdiz roja o autóctona, de la tórtola europea, de la codorniz común, de los tres tipos de liebres existentes en la península Ibérica (liebre ibérica, liebre europea y liebre de piornal, y algunas más. En este sentido, cabe decir que la caza menor se enfrenta en muchos casos a la reducción de las poblaciones por causas ambientales, sanitarias, etc. pero también ayudada por la excesiva presión cinegética.

La realidad cada vez más creciente es que la estampa del cazador solitario, conocedor del soto local, que mataba un par de liebres o perdices, ha dejado paso al Gran Business de la caza intensiva. Según datos de Ecologistas en Acción, en 2016 se soltaron en cotos intensivos 1.350.000 ejemplares de perdiz roja procedentes de granjas. Coto intensivo significa introducción de especies exóticas o invasoras, cercas, sueltas masivas, alimentación suplementaria de perdices, palomas, jabalíes…Para poder matar 25 millones de animales al año (datos del Ministerio de Agricultura), hay que criarlos, alimentarlos y soltarlos, y todo ello produce un alto impacto sobre la biodiversidad.

Y, en tercer lugar, y “en lo que a algunas especies de caza se refiere, su papel como regulador de poblaciones, como sustituto de la predación natural, contribuyendo al equilibrio de los ecosistemas”.

En los últimos años estamos asistiendo a una explosión demográfica de ciertas especies como el jabalí, el corzo, etcétera. Un dato importante es que cada año se cazan en Europa tres millones de jabalíes, pero aún y todo se viene dando un crecimiento poblacional. Esta proliferación está causando en algunas zonas no pocos problemas. La llamada caza mayor tiene principalmente problemas sanitarios, genéticos, introducción de ejemplares foráneos, selección artificial y alteraciones de los procesos naturales, además de los problemas que crea desde el punto de vista de accidentes de tráfico, daños en la agricultura y en los bosques…. ¿La solución está en la caza? Pienso que hay otras alternativas, pero creo que la comunidad científica -tradicionalmente alejada de la caza- debe de estudiar e investigar las opciones reales para su control.

Liebre europea. (Lepus europaeus) Trucios-Turtzioz. (Bizkaia).

En resumen. La caza se ha desnaturalizado, como casi todo, pero aquí más contradictoriamente. Tal vez por eso y sin apenas análisis ni comentario, ha disminuido el número de cazadores en el último lustro y seguirá haciéndolo.

Buena parte de las fincas son granjas disfrazadas donde se caza animales criados a mansalva en cautividad. Estas prácticas junto con algunos máximos poblacionales en áreas protegidas han provocado brotes epidémicos que han acabado diezmando florecientes poblaciones, sobre todo de grandes mamíferos, conejos y perdices. Hay un caos administrativo notable como consecuencia de la dispersión y no coordinación de normas, calendarios y regímenes. Pero sobre todo hay mucha frustración en los cazadores coherentes y en los defensores de la naturaleza por el realmente excesivo incumplimiento de las leyes relacionadas con la caza.

Unas 12.000 denuncias se tramitan anualmente por infracciones detectadas. Algo ridículo si lo comparamos con el claro descontrol sobre un más que delictivo furtivismo. Raro es el año que no muere algún guarda abatido por lo que ya cabe denominar como mafias organizadas que abastecen un clandestino mercado de carne. La más alta tecnología en comunicaciones, transporte y armas se usa para abatir a diario, sin respetar épocas de crianza ni sexos, a miles de animales. La caza impregna a paisajes de la península Ibérica, a algunos de los más valiosos e imponentes les ayuda a permanecer sin grandes alteraciones, pero una caza con clara necesidad de arreglarse a sí misma, que para mí es con su desaparición, sigue exigiendo muchísimo más de sus casi siempre frustrados practicantes y de quienes deben velar por un patrimonio ya casi único en Europa.

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