Renuncia de Benedicto XVI. Un final que demanda un inicio nuevo

Guillermo Múgica, teólogo 1
Me piden unas breves reflexiones a partir y en torno a la renuncia de Benedicto XVI. Agradezco la amigable confianza en mi persona que ello supone. Son ya tantas las tertulias, las entrevistas y los comentarios hablados y escritos sobre el tema que resulta superfluo repetir lo ya dicho. Pero, por otra parte, no es fácil decir algo nuevo y, menos aún, poder incidir en algo que sea mínimamente significativo. Este pretende ser, sin embargo, mi modesto intento: el de alguien que no es ningún experto vaticanista, sino tan sólo un creyente que trata de vivir adulta y fecundamente su fe, que afronta desde ella acontecimientos como el de la dimisión papal, que se apresta a comunicar sintéticamente a otros sus propias vivencias y valoraciones, y a hacerlo de manera que a esos otros u otras les resulten comprensibles, así no compartan la misma fe.

Papa Benedicto XVI
Expresión y signo – ¿e inicio quizás? – de un tiempo nuevo
Esta es, muy especialmente, mi visión de la renuncia del Papa alemán. Y puede que alguien encuentre en ella un matiz de novedad que, en todo caso, representaría mi pequeña aportación al tema.
Confieso – y me alegra coincidir en ello con creyentes tan ilustres como Hans Küng – que el anuncio del Papa Benedicto de renunciar a seguir ostentando la Cátedra de Pedro cambió profundamente mi visión de su figura. Una afirmación, esta última, que reclama sin duda alguna clarificación por mi parte.
Soy plenamente consciente de que el Ratzinger Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe – férreo guardián de la ortodoxia católica – y, posteriormente, Sumo Pontífice de la Iglesia universal tenía ya muy poco que ver con el joven profesor y experto consultor conciliar que escribió obras como “Introducción al Cristianismo” (1968) o “El nuevo pueblo de Dios. Esquemas de eclesiología” (1969). La letra escrita queda, las personas empero seguimos viviendo y es normal que nuestro pensamiento evolucione, madure y cambie. Pero, a mi modo de ver, el caso de Joseph Ratzinger es paradigmático de cómo se puede llegar a pensar y actuar de modo contrario a lo que abiertamente en otro tiempo se defendió y promovió. Por citar un solo ejemplo, traigo a colación – como lo hiciera ver ya hace tiempo J.M. González Ruiz – el cambio obrado en J. Ratzinger en lo que atañe a las relaciones de la Iglesia con el mundo moderno y en cuanto a la percepción de este mismo mundo.
Pero, aun siendo cierto lo anterior, no comparto la postura, a menudo pretendidamente progresista, de quienes hacen un balance totalmente negativo del Pontificado de Benedicto XVI, haciendo recaer casi sobre él la causa principal de los males actuales de la Iglesia, acusándole de reacciones débiles y tardías a los mismos, y resumiendo su pontificado poco menos que en una serie de respuestas fallidas a los graves retos e ingentes problemas que hoy debe encarar la Iglesia. Es típico, por ejemplo, de esta visión ultracrítica del Ratzinger cardenal y papa aludir a una supuesta persecución y condena de la Teología de la Liberación. Nada se gana con ello. Entre otras razones, porque nunca dicha teología ha sido objeto de ‘condena’ alguna, al margen de que toda corriente nueva ha encontrado siempre dificultades para abrirse camino; porque nada menos que la teología de quien es mundialmente reconocido como padre de la Teología de la Liberación y su más sólido representante, Gustavo Gutiérrez, fue declarada por Ratzinger, explícitamente, como plenamente conforme con la ortodoxia católica; y porque el Ratzinger Papa designó recientemente Prefecto de la Congregación para la custodia de la fe y costumbres a Gerhard Ludwig Müller, teólogo y profesor, obispo de Ratisbona y conocido converso a los contenidos evangélicos y postulados teológicos de la Teología de la Liberación. En consecuencia, si la realidad es compleja y hasta contradictoria, la mirada que intente captarla no podrá ser ni simple ni lineal.
Así las cosas, yo opino que, en la historia de los Papas, de Ratzinger se resaltará muy especialmente su renuncia en un contexto y momento dados. En principio, a estas alturas, que un Papa renuncie por razón de edad, debilidad física y anímica, enfermedad, etcétera, es algo normal e incluso positivo. Por más mística espiritual que se le pretenda echar al asunto y por más que se apele a la secular tradición de la Iglesia, parece anacrónica – y son ya muchos y muchas quienes no soportan – la imagen televisada del agudo declive de un Papa, como ocurrió con Juan Pablo II. Hay personas a quienes esta imagen se les antoja impúdica y falta de compasión. Y creen, sobre todo, que esconde el gobierno en la sombra de quienes, imposibilitada la autoridad oficial, manejan sutil y oscuramente los hilos del poder. ¿Por qué, pues, una renuncia que debiera considerarse algo normal ha producido un impacto tan especial? Ciertamente, en mi opinión, no ha sido sólo porque habría que retroceder siete siglos para hallar, con Celestino V, algo parecido. La renuncia ha constituido, creo yo, un gesto ‘significativo’. Precisamente el contraste con Juan Pablo II lo refuerza. Y acentúa aún más su significación la clara conciencia de dos datos, explicitados por fuentes vaticanas y por el mismo Papa. La conciencia, de una parte, del debilitamiento creciente del sentido religioso, de la pérdida de plausibilidad social de la institución católica y de los graves problemas internos que corroen a la misma. El Papa ha echado mano de la imagen evangélica de la barca en medio de la tempestad para referirse a la travesía de una Iglesia zarandeada por nuevos y graves desafíos. Y fue el propio l’Osservatore Romano, órgano de la Santa Sede, quien se refirió al Papa en el Vaticano como a “un Pastor rodeado de lobos”. De otra parte, la conciencia de la envergadura de los problemas ha ido acompañada, en el Papa, tanto de una aguda toma de conciencia del propio agotamiento y la propia debilidad personales, como de la necesidad de plantar cara a retos e imperativos inaplazables con energías renovadas de las que se sentía ya carente. Y, por eso mismo, creo que la renuncia del Papa ha sido un gesto profético, su enseñanza magistral postrera y más importante, el exponente de que estamos ante un nuevo tiempo, la advertencia de que las cosas no pueden seguir igual y de que los tiempos apremian.
Lo dicho no significa que necesariamente las cosas vayan a cambiar y vayan a ir a mejor. Pueden ir a peor incluso. De hecho, la composición del cuerpo electoral del futuro Papa no nos mueve a lanzar las campanas al vuelo. A 67 de los purpurados electores los ha nombrado Benedicto XVI y 51 recibieron el birrete cardenalicio de las manos de Juan Pablo II. En principio, pues, no caben esperar demasiadas sorpresas. Salvo que la dimisión del Papa Benedicto ha supuesto un movimiento sísmico en las esferas del alto poder eclesiástico y un corrimiento de suelos en el Vaticano cuyas consecuencias no son fácilmente predecibles.
¿Y ahora qué?
Es la hora de las quinielas y de los candidatos preferidos de unos y otros. Leemos ya diariamente en la prensa curiosos reportajes al respecto. Es llamativo ver cómo se miran con lupa y se interpretan pequeños indicios. Que si Ravasi, hombre moderado, abierto y culto, ha sido el invitado por el Papa a dar los últimos Ejercicios Espirituales en el Vaticano. Que si Mons. Scola, hombre más conservador, sería el delfín señalado por el Papa, porque no en vano lo trasladó de Venecia a Milán, la diócesis más extensa y, después de Roma, más relevante. Que si los tradicionales tres juegos de sotanas blancas encargados ya por el Vaticano a la sastrería eclesiástica de costumbre, con tallas distintas, oscilarían los tres en torno a 1,80 de largura, centímetros arriba o abajo, lo que haría pensar en cierto consenso en torno a algún candidato europeo, americano o canadiense, más que en algún candidato procedente de otras áreas. Pero mejor no seguir por esta vía que, personalmente, considero estéril. No porque piense que el tipo de persona no importa, sino por algo mucho más de fondo.
Opino, con José Mª Castillo y otros, que la cuestión no es el Papa sino el papado y todo el entorno curial. El papado reclama a gritos una renovación profunda. Opera como una institución monárquica absolutista y a menudo absolutizada, autoritaria, centralista, alejada y sorda respecto al cuerpo episcopal y, no digamos, eclesial en su conjunto. Y en cuanto a la Curia vaticana, es voz extendida y bastante común que, tras el Concilio, se fue convirtiendo en uno de los baluartes principales de la contrarreforma eclesiástica. Aparte de eso, en lo administrativo, la Curia ha venido apareciendo como un nido de pugnas e intrigas de poder – el escándalo Vatileaks no es más que un síntoma – y, en lo económico, oscurantismo, mafia y dinero sucio también la han salpicado gravemente.
Por todo ello, personalmente, prefiero mirar más hacia abajo que hacia arriba. Creo que somos los cristianos y cristianas de a pie y las comunidades y movimientos apostólicos quienes debemos sensibilizarnos y movilizarnos. Con inspiración evangélica, abiertos al Vaticano II, sensibles al momento que vivimos, al tiempo que tratamos de ser coherentes en nuestra propia vida, tenemos el derecho y el deber de reclamar una reforma del papado, de la curia vaticana y de la institución eclesiástica.
3-II-2013
Guillermo Múgica

Notes:

  1. Este artículo está datado el 13 de febrero. Responde a la petición expresa de una reflexión sobre la renuncia de Benedicto XVI. Por tanto, la posterior elección de un nuevo Papa el día 13 de marzo no es objeto de este breve artículo. El autor del mismo señala, con todo, que, en función de las reformas y los cambios hoy imprescindibles, hay en el Pontífice electo una nota de familiaridad con la sencillez y el mundo de los pobres, que encierra una enorme potencialidad.

Categorized | Sociedad

Txema García
Txema García
Txema García
Txema García
Txema García
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
"Homenage a Marcel Proust" Marisa Gutierrez Cabriada
"Homenaje a Federico García Lorca" Marisa Gutierrez Cabriada
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
“JAZZ for TWO”, José Horna
“JAZZ for TWO”, José Horna
"El origen del mundo" José Blanco
"El mal del país" José Blanco
Fotografía de José Horna
Fotografía de José Horna
"Lemoniz", Mikel Alonso

Autores