Muñecas rusas

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(Galde 15 – verano/2016). Eduard Miralles. A punto de iniciar su octavo año triunfal, si echamos cuentas desde aquel septiembre negro en el que se declaró en bancarrota Lehman Brothers, no parece que ya nadie dude de que la crisis vino para quedarse. Y mientras campea por sus respetos y va tomando posesión tanto de nuestras haciendas como de nuestras vidas, extiende por doquier su amplio manto de lugares comunes. También sobre la cultura. Aunque, en rigor, la encrucijada entre ambos términos no sea un lugar extraño: la cultura en general, y las artes en particular, tienen por costumbre cohabitar con la crisis. Si ella es sinónimo de cambio estructural o de transformación radical, la cultura sabe mucho de su compañía. Explicar la crisis forma parte del cotidiano quehacer de la cultura, aunque en esta ocasión lo esté haciendo más bien poco y en cualquier caso toscamente. Por otra parte, más allá o más acá del paradigma romántico que suele identificar al creador con la precariedad, la indigencia o incluso la miseria, la austeridad o los recortes son habituales compañeros de viaje para la cultura.

A medida que el binomio cultura y crisis se proyecta en el ámbito de las políticas públicas sobre la materia, proliferan ciertos tópicos y lugares comunes que es preciso desarmar razonadamente. El primer gran tópico tiene que ver con la idea de que las políticas para la cultura en España han incurrido en un despilfarro sistemático de los recursos existentes: es habitual sentenciar que las instituciones en cultura han construido suntuosos contenedores sin ningún tipo de contenido y se han dado a fastos de todo tipo de forma indiscriminada tirando, en definitiva, la casa por la ventana, por lo que ahora debemos no sólo atenernos a las consecuencias, sino incluso aplicarnos religiosamente la penitencia debida. Una afirmación cuya generalización resulta más que peligrosa. En segundo lugar, es común asimilar la crisis particular del sector a la crisis de financiación pública, por lo que se prescribe como necesaria la búsqueda de fórmulas y fuentes alternativas (desde el patrocinio, hoy en día también conocido como fundraising, a la suscripción popular, hoy en día también conocida como crowdfunding) con el riesgo de eximir al Estado, en cualquiera de sus distintos niveles de administración, del deber de garantizar un servicio público en las debidas condiciones. Finalmente, es también tópico pensar que en el mejor de los casos el paisaje al final del túnel será parecido, aunque probablemente peor, del que había cuando entramos en él, sin considerar lo que de cambio de paradigma más que de final de etapa tienen las crisis marcadamente estructurales.

Aún sin haber transitado por el estallido de la burbuja inmobiliaria ni al crack de la economía especulativa financiera, la crisis de las políticas públicas para la cultura en España, dada su condición de final de etapa, de tránsito de una larga época “normalizadora” a una temporada de “normalidad” sin precedentes, probablemente nos hubiera conducido al mismo lugar en el que más o menos ahora estamos.O en cualquier caso hasta un punto parecido.Nuestra crisis, en el fondo, está formada por muchas crisis intercaladas o superpuestas, contenidas una dentro de otra, a imagen y semejanza de las matriuskas tradicionales rusas. En este sentido, la madre de todas las crisis es sin duda alguna la derivada de una crisis civilizatoria casi sin precedentes, el surgimiento de un nuevo paradigma productivo basado en el conocimiento, apenas similar a las que experimentó la especie humana cuando, milenios atrás, sustituyó a la tierra por el trabajo como fuente de riqueza (pasando del nomadismo de los cazadores y recolectores al sedentarismo de los agricultores y ganaderos), o a la que siglos atrás, en los albores del capitalismo, consistió en la sustitución del trabajo por el capital como fuente de riqueza. Del mismo modo, hoy en día, asistimos a la sustitución del capital por el conocimiento como componente fundamental en la producción de riqueza. Y la cultura es una porción fundamental del conocimiento. Una crisis, en tanto que transformación, mutación o cambio, que como todas las crisis estructurales es de larga duración y de ciclo amplio. Una crisis que acabamos de inaugurar apenas. Y en la que, en el fondo, poder asistir a su despliegue como espectadores aventajados no deja de ser un enorme privilegio.

La segunda de nuestras crisis, también de larga duración, aunque de ciclo mucho más corto, tiene que ver con la deriva de la economía especulativa financieraen un contexto globalizado y digitalizado: una deriva también sin precedentes cuya concreción más elocuente es el desmantelamiento del bienestar, por lo menos en Europa. Un bienestar al que en general la cultura ha llegado tarde y mal y que en países como España plantea serias dudas sobre si, quizás por falta de tiempo, y por acumulación de urgencias históricas, algún día llegó a desplegar los atributos esperables de un servicio público comparable a aquellos que en su día configuraron los pilares del estado providencia (sanidad, educación) y de si además, sus prestaciones, ahora seriamente amenazadas, resultaron mínimamente comparables a las del resto de países que conforman la Unión Europea. Hablar de derechos culturales, estandarización, servicios básicos o distribución social del capital cultural sigue siendo un ejercicio sobre algo intangible contra el que muchos arguyen miedos infundados, cuando no tabús, frente a un posible dirigismo. Para muestra valga el botón de lo mal que quedó la consideración de la cultura como servicio público en la esfera de lo local (aun siendo el local el nivel del Estado que hasta la fecha ha realizado un mayor esfuerzo económico a favor de la cultura, sin tener ninguna obligación más allá de la provisión de los esperables servicios bibliotecarios) tras la reforma de la Ley de Bases de Régimen Local del año 1985, en aras de la “racionalización” y la “sostenibilidad” que el título de la nueva ley reclama, en la que toda acción de los poderes locales en el ámbito de la cultura pasa a ser considerada casi como ilegal. Algún día habría que dar cuenta, con pelos y señales, del proceso que a finales del 90 y a principios del presente siglo tuvo lugar en el seno de la Federación Española de Municipios con el propósito de adecuar la legalidad vigente a la realidad cultural municipal, con un marcado talante de reforzar su esencia de servicio público. Proceso que, a las actas me remito, contó con el consenso de todos las formaciones políticas y que, sin embargo, acabó inexplicablemente en agua de borrajas. Quizás también con el consenso de todos.

La tercera matriuska (seguro que pudiera haber más, pero vamos a detener aquí el presente análisis) tiene que ver sin duda con el “hachazo” propinado por el gobierno de España a la cultura y a sus políticas a partir del año 2011 o, lo que es lo mismo, desde el advenimiento del Partido Popular y de Mariano Rajoy a la presidencia del gobierno, con esta propina agónica, interminable y vergonzosa de los últimos meses. Un verdadero cúmulo de despropósitos que ha conseguido erosionar el ecosistema cultural hasta límites insospechables. La primera, y en la frente, fue el desmantelamiento del Ministerio de Cultura, transformado en Secretaría de Estado, a imitación de lo que hizo Aznar en su tiempo, con el concurso de ministros del ramo tan poco olvidables como Esperanza Aguirre o Rajoy mismo. Debo confesar que yo me cuento entre quienes creen en la necesidad de un Ministerio de Cultura flexible y moderno, pero fuerte. Seguimos con la tantas veces anunciada, pero nunca proclamada, nueva ley de incentivos fiscales a las aportaciones del patrocinio y el mecenazgo para la cultura. Sólo hay algo peor que no tener una ley: predicar con insistencia y a los cuatro vientos que la ley está al caer, con lo que todo presunto donante queda a la espera y se retrae. Pasamos a la decisión de subir el IVA para los bienes y servicios culturales al 21%, uno de los tipos más elevados de Europa. La reacción de la comunidad artística ha sido dispar: los coleccionistas han renunciado a comprar obra en este país, el sector cinematográfico está en la UVI y los profesionales del sector escénico han internalizado semejante aumento asumiéndolo en sus propias carnes, por lo que hoy en día son un 13% más pobres, mientras que el aumento esperado de la recaudación que en su día justificó la medida, cuanto menos retóricamente, brilla por su ausencia. Conviene recordar, en este sentido, que un estudio sobre los creadores en Catalunya llevado a cabo Por el Consell de les Arts y publicado en el año 2014 pone en evidencia que un tercio de los profesionales están por debajo del umbral de la pobreza. Si a esto le agregamos una política audiovisual errática y un marco normativo para la propiedad intelectual contradictorio y equívoco, el conflicto (y la matriuska) está servido.

Empezábamos diciendo que aunque el final del túnel sigue siendo incierto, sabemos que a la salida el paisaje no va a seguir siendo el mismo. Como bien reza un popular y anónimo adagio contemporáneo: “No sabemos dónde iremos a parar, pero cada vez falta menos”. Ello no obstante, tareas como apostar por la construcción de una ciudadanía cultural activa (a menudo parece que la sociedad civil en cultura sólo sean los gremios) o empezar a pedir “qué hay de lo nuestro” tras largos años en que el sector cultural, aquejado de un cierto “síndrome de Estocolmo”, no ha sido capaz de reclamar que una parte de las plusvalías que genera se capitalicen a favor de la cultura y el mantenimiento de un ecosistema cultural sostenible, son y seguirán siendo asignaturas pendientes. En ello estamos.

Categorized | Cultura, Dossier, Política

Txema García
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Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
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"El instante decisivo" Iñaki Andrés
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"Homenage a Marcel Proust" Marisa Gutierrez Cabriada
"Homenaje a Federico García Lorca" Marisa Gutierrez Cabriada
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
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“JAZZ for TWO”, José Horna
“JAZZ for TWO”, José Horna
"El origen del mundo" José Blanco
"El mal del país" José Blanco
Fotografía de José Horna
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"Lemoniz", Mikel Alonso

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