Luces y sombras del desarraigo: Bauman y Todorov in memoriam

(Galde 17, invierno/2016). Imanol Zubero.

[1] Tzvetan Todorov (Sofía, 1 de marzo de 1939 – París, 7 de febrero de 2017) titula su autobiografía intelectual “El hombre desplazado”. Como él mismo relata, recién terminados sus estudios universitarios se le presentó la ocasión de realizar una estancia de formación en “Europa”: “Bulgaria –aclara Todorov- no se encuentra, desde luego, en Asia o en África. Pero ese era el nombre que le dábamos a países como Alemania, Italia, Francia o Inglaterra”. Era 1963; dos años antes había comenzado a elevarse el Muro que durante casi tres décadas dividiría a Europa. Todorov escogió Francia. Para un joven intelectual búlgaro de aquella época, Francia era realmente otro mundo. Pero aunque acabó siendo su mundo más familiar, Todorov jamás dejó de verse a sí mismo como un hombre esencialmente desarraigado, condición esta desde la que construyó lo más original de su pensamiento: “El hombre desarraigado, arrancado de su marco, de su medio, de su país, sufre al principio, pues es más agradable vivir entre los suyos. Sin embargo, puede sacar provecho de su experiencia. Aprende a dejar de confundir lo real con lo ideal, la cultura con la naturaleza” (El hombre desplazado, Madrid 2008).

La peripecia vital de Zygmunt Bauman (Poznań, 19 de noviembre de 1925 – Leeds, 9 de enero de 2017) es aún más compleja (y dramática) que la de Todorov. Perteneciente a una familia de judíos no practicantes, emigró a Rusia cuando los nazis invadieron Polonia en 1939. Enrolado en el ejército polaco, Bauman combatió en la guerra y le fue otorgada la Cruz Militar al Valor. Su vinculación con el ejército se extendió hasta 1953, año en el que, ostentando el grado militar de mayor, fue expulsado con deshonor por la solicitud de emigración de su padre en  la embajada israelí. Profesor de la Universidad de Varsovia desde 1954, Bauman renunció en enero de 1968 a su militancia en el Partido Comunista, en medio de una fuerte campaña antijudía impulsada por el gobierno polaco, que intentaba asociar las protestas estudiantiles a un complot sionista. En marzo de ese año renunció también a la nacionalidad polaca y emprendió la ruta del exilio hasta acabar recalando en Leeds. Al igual que Todorov, esta experiencia configura su forma de analizar el mundo: “En la actualidad, todos vivimos en movimiento. Muchos cambiamos de lugar: nos mudamos de casa o viajamos entre lugares que no son nuestro hogar. Ya no existen «fronteras naturales» ni lugares evidentes que uno deba ocupar. Donde quiera que nos encontremos en un momento dado, no es posible ignorar que podríamos estar en otra parte, de manera que hay cada vez menos razones para hallarnos en un lugar particular (y de ahí que a veces sentimos un ansia abrumadora de encontrar -de inventar- esa razón). Todos somos viajeros, al menos en un sentido espiritual” (La globalización. Consecuencias humanas, Buenos Aires 1999).

[2] Esta biografía de desarraigo, junto con su experiencia de nacer y vivir en sociedades cerradas, explica la particular atención que ambos autores han prestado al análisis crítico de los regímenes totalitarios y, sobre todo, a los riesgos de las mentalidades y las culturas totalizantes.

En La experiencia totalitaria (Barcelona 2010) escribe Todorov que si bien “imaginar un ideal en nombre del cual se intenta transformar lo real, concebir una trascendencia que permite criticar el mundo existente para mejorarlo es sin duda un rasgo común a toda la especie humana y no es posible eliminarlo”, lo que caracteriza al proyecto totalitario “no es sólo el contenido del ideal propuesto, sino también la estrategia que se elige para imponerlo: controlar totalmente la sociedad y eliminar grupos enteros de la población”. Bauman ha profundizado en esta mentalidad totalitaria en muchas de sus obras, recurriendo a la metáfora del “jardinero”: “El jardinero da por sentado que no habría orden en el mundo si no fuese por sus cuidados y esfuerzos continuados. El jardinero sabe qué tipos de plantas crecerán y cuáles no en la parcela que cuida. Primero elabora en su cabeza la disposición más adecuada y luego procede a convertir en realidad esta imagen sobre la tierra. Impone al terreno su proyecto preconcebido, estimulando el crecimiento de las plantas adecuadas (en la mayoría de los casos, plantas que él mismo ha sembrado o cultivado) y arrancando y destruyendo el resto, ahora rebautizadas como «malas hierbas», cuya presencia no se ha pedido ni se desea” (Tiempos líquidos, Barcelona 2007).

Esta especial atención a los riesgos del totalitarismo, que en el caso de Todorov se ha expresado en su obra en forma de abierta defensa de la Ilustración y su perspectiva humanista (El espíritu de la Ilustración, Barcelona 2008; El jardín imperfecto, Barcelona 1999), lleva a ambos autores a mostrarse particularmente lúcidos y atentos en la detección y denuncia de la “mixofobia”, es decir, al rechazo abierto a todo lo que signifique diversidad (concepto que, por cierto, ambos utilizan expresamente en dos de sus obras: Todorov en la ya citada El hombre desplazado; Bauman en Confianza y temor en la ciudad, Barcelona 2006). Todorov ha profundizado en estas cuestiones en una de sus obras más tempranas, y en mi opinión una de las más destacables: La conquista de América, el problema del otro (México, 1987), así como en otras más recientes (El miedo a los bárbaros, Barcelona 2008). Por su parte, Bauman se ha ocupado específicamente de estas cuestiones en una buena parte de sus trabajos, especialmente a partir de uno de sus libros más imprescindibles: Modernidad y Holocausto (Madrid, 1997). A partir de esta obra, la preocupación por el fenómeno de la adiaforización, es decir, que cada vez más interacciones humanas queden eximidas de evaluación moral y, por consiguiente, tratadas en la práctica como “moralmente indiferentes”, valoradas exclusivamente por su eficiencia a la hora de “dar resultados”, se ha convertido en parte esencial de sus reflexiones, como en Vidas desperdiciadas (Barcelona 2005), en Ceguera moral (con L. Donskis, Barcelona 2015) o en su última y casi póstuma obra, publicada en castellano dos meses antes de su fallecimiento, Extraños llamando a la puerta (Barcelona, 2016). El libro se abre con una advertencia ominosa: “Son crecientes las señales de que la opinión pública, confabulada con unos medios ansiosos de audiencia, se está acercando, sin prisa pero sin pausa, al punto de «cansarse de la tragedia de los refugiados»”.

[3] Pero, a pesar del carácter de advertencia, a veces casi desesperada, de su obra, ambos pensadores también han sido sensibles y han rastreado los signos de bondad, humanidad y, por ello, esperanza, que cabe encontrar en los seres humanos, y a la que debemos seguir apelando. Bauman lo ha hecho con sus profundas reflexiones sobre la dificultad y necesidad de “amar al prójimo”, precepto que considera “el acta de nacimiento de la humanidad” (Amor líquido, Madrid 2005), o con su reivindicación de la exigencia ineludible de reconocernos “guardián de mi hermano” (La sociedad individualizada, Madrid, 2001). En cuanto a Todorov, en varias de sus obras opta por una perspectiva biográfica y se aproxima a la vida de mujeres y hombres que, en situaciones dramáticas (guerras, dictaduras, discriminaciones, etc.) fueron capaces de mantener su integridad como individuos éticos, negándose a someterse a la coacción impuesta por la fuerza o aceptada en silencio por la mayoría de la población. Así lo hace en el ya citado La experiencia totalitaria, también en su última obra, Insumisos (Barcelona 2016), y sobre todo en Memoria del mal, tentación del bien (Barcelona 2002), en cuyo prólogo escribe: “Por mi parte, preferiría que se recordaran, de este siglo sombrío, las luminosas figuras de los pocos individuos de dramático destino y lucidez implacable que siguieron creyendo, a pesar de todo, que el hombre merece seguir siendo el objetivo del hombre”.

[4] Tanto Todorov (en 2008) como Bauman (en 2010) fueron distinguidos con el Premio Príncipe de Asturias. Es el colofón casi final a dos biografías fuertemente entreveradas que, sin embargo, discurrieron de espaldas la una a la otra. No lo afirmaría con total seguridad, pero creo que Bauman tan sólo cita una vez, en todas sus obras, a Todorov: en concreto, lo hace en una de sus obras tardías, Miedo líquido (Barcelona 2007), en la que incluye dos breves referencias al libro de Todorov Memoria del mal, tentación del bien. En cuanto a este último, aunque mi conocimiento de su obra es menor, diría que nunca citó a Bauman. Curioso. Parece que ambos fueron muy capaces de desarrollar su propio pensamiento y proyectar sus respectivas obras sin tener en cuenta el pensamiento y la obra del otro. Me temo que su ausencia no nos resultará tan fácil de sobrellevar en esta Europa tan necesitada de la lucidez y la humanidad con la que ambos afrontaron su exigente trabajo de reflexión.

Imanol Zubero
UPV/EHU

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