Los mil lenguajes de la protesta social

Marta Pascual Rodríguez. 

Frente al clamoroso silencio de unos medios de comunicación controlados, la protesta social encuentra grietas a través de las cuales manifestarse: Un grupo de personas entra en una enorme sucursal del Banco de Santander, en Sevilla, y se arranca a bailar con arte una rumba rave: “Banquero, tú tienes el dinero, y yo el mundo entero”. Los encargados de seguridad les empujan a la calle mientras siguen cantando, bailando y palmeando. Esta grabación se cuelga en la red y es descargada por miles de personas. Un ejemplo entre cientos de los resquicios por los que se cuela y multiplica la denuncia social sostenida en la canción, el baile, la poesía, el humor.

Los movimientos sociales críticos, se preguntan desde siempre cómo hacerse oír, cómo estar presentes en la calle y multiplicar voluntades. La protesta siempre ha estado trufada de creatividad. Manifestaciones, eslóganes, pintadas, acciones de calle, han mostrado el ingenio y la lucidez popular. Mayo del 68 fue quizá un momento de eclosión en el que tomaron protagonismo herramientas de denuncia que renovaban los modos clásicos de expresión propios del movimiento obrero. En esta renovación se embarcaron la poesía o las artes plásticas, y nacieron espacios híbridos: arte conceptual, body art, performances, marcados por la espontaneidad y la ruptura.

En los últimos tiempos encontramos de nuevo una explosión de lenguajes con los que hacer protesta. Las manifestaciones se llenan de batukadas, masas que bailan y disfraces. La red distribuye con velocidad viral cómo se estampa una tarta sobre la cara de una política. Yomango, en un cuidado manual electrónico, ofrece atención al “yomangante” y ayuda técnica rigurosa para desarrollar la práctica del hurto político en grandes almacenes. Los cientos de folios que empapelaban la puerta del sol en la acampada del 15M en Madrid reunían dosis de creatividad que envidiaría cualquier agencia publicitaria (“No hay pan para tanto chorizo”, “Yes, we camp”, “Manos arriba, esto es un contrato”…)

Son comunicaciones breves, certeras e ingeniosas. Concentradas, pero fácilmente comprensibles. Herramientas urgentes que no adoptan los modos de la argumentación compleja, no se enredan en la pregunta sobre la calidad artística ni están en guerra con la obviedad de los mensajes.

Es de justicia reconocer que desde muy atrás las artes han movido conciencias y voluntades. El cine de Ken Loach, el Guernica de Picasso, el teatro de se Sanchis Sinisterra, las novelas de Gopegui, las canciones de Labordeta… Esta lista es seguro interminable.

Pero nos referiremos aquí a prácticas expresivas recientes, quizá más “humildes” que se encuentran a menudo en territorios mixtos, a caballo entre la música, el baile, la palabra, la acción directa o el teatro de calle… Creaciones colectivas o anónimas, que se apropian de espacios aún no totalmente controlados: la calle, las redes electrónicas y las conciencias despiertas de muchas personas.

En un recorrido desordenado y necesariamente incompleto aparece El crepúsculo del ladrillo, una Opera bufa que denuncia la especulación inmobiliaria, con un libreto del economista ecológico José Manuel Naredo, interpretada por la orquesta Solfónica, una formación musical nacida en la acampada de la Puerta del Sol. Podemos seguir con las aulas en la calle, desarrolladas de forma masiva en muchas ciudades del estado para protestar contra la Ley de Educación. Miles de personas enseñando y aprendiendo en espacios abiertos. Proliferan las batukadas con carácter político: Samba de Rua, Ecobloco, Kontrabloko… que acompañan concentraciones, fiestas o bloques críticos de manifestaciones. Resisten los Graffitis, hijos de la pintada clandestina. Crece la pintura mural: En Esto es una Plaza, un mural inmenso muestra a unos obreros en plena fiebre de la construcción, talando el simbólico madroño al que la osa mira desconsolada. Pequeñas pintadas hechas con plantilla y spray se aparecen en las paredes de muchas ciudades: Sin ti… soy yo, repite en los muros un mensaje feminista. Una silueta que representa la cara de Aznar con orejas de burro se acompaña del texto “asnar”. Entre la palabra y la estética, las camisetas son también soporte de la denuncia, como aquellas que imitan logos de grandes empresas: Tontorola, Caca Culo… Un colectivo de contrapublicidad, Consumehastamorir, genera imágenes que se burlan del discurso publicitario.

El propio cuerpo se vuelve en ocasiones lienzo o muro de expresión. Una performer, escribe sobre su piel con un cuchillo la palabra “perra”, un insulto que recae sobre muchas mujeres violadas y asesinadas en Centroamérica, y lo muestra en público. Fundación Robo, iniciativa para la creación colectiva que practica según sus palabras el populismo musical ha editado varios discos con canciones de autoría difusa y/o colectiva que reúnen denuncia y humor. La revolución no será televisada, Clase obrera dónde está, la, la, la. Su facción literaria ha publicado Asaltos, colecciones de minirelatos que participan de esa intención crítica. Una palanca más para organizar el descontento.

Los fanzines, soporte hace décadas del comic underground, han servido a culturas marginadas para expresar su resistencia. La creación feminista Pikara Magazine es un buen ejemplo. La careta de Anonymous se ha convertido en un icono y una denuncia ante la propiedad del conocimiento. El Teatro de la Escucha o el Teatro Foro en sus diferentes versiones se muestran en pequeños locales, pero muchas veces lo hacen en las calles, convirtiendo la denuncia en acción dramática y viceversa. La flashmob es otro fenómeno creciente que salpica la red con insistencia. One billion rising fue una propuesta internacional de baile simultáneo y multitudinario contra la violencia patriarcal. Un grupo irrumpe en una oficina de empleo cantando. Decenas de mujeres coreografían en la calle Vencimos al patriarcado del norte y del sur. Ya no soy una muñeca vestida de azul parodiando a Rafaela Carrá. Sevillanas indignadas, villancríticos, canciones populares que transforman sus letras para hacer mofa del sobreconsumo, para denunciar las nucleares, las redadas, o reírse de Eurovegas. Los videos que graban y muestran desalojos, los cortos de la serie Clases ara Wert, los blogs, los miles de creaciones radicales que se agitan en las redes sociales llegan a millones de pensamientos con mensajes transgresores contagiosos.

Estas muestras de expresión reúnen ingredientes poderosos: Transmiten mensajes políticos sencillos y con fuerza comunicativa. Mensajes que no pierden radicalismo, pero si el habitual tono serio por ser cantados, bailados, por usar la ironía.

Su autoría es colectiva, anónima o difusa. En línea con la filosofía del copyleft, la creación popular se apropia y transforma -sin pudor y por derecho- textos, músicas o anuncios. Y esta fuerza grupal despliega una inesperada potencia creativa.

Son herramientas que se valen de la sorpresa y la perplejidad, muchas veces de la provocación, para llegar a un público inespecífico y desprevenido. Mensajes cargados de un humor que provocan complicidad. Ante una fuerte subida del transporte público decenas de personas vestidas de gala irrumpieron con copas de cava en los vagones, denunciando que el metro se había convertido en un lujo. Interrumpir una intervención del ministro de finanzas portugués con un chorro de carcajadas es algo que las fuerzas del orden no tienen previsto. La ridiculización deslegitima. El humor puede ser un instrumento de demolición. Y la risa es antídoto contra el miedo.

Se despliegan en lugares que escapan -al menos en parte- al control del poder: La calle, los espacios públicos e Internet. La calle es el espacio del encuentro directo, abierto, gratuito y heterogéneo. Pero también lo son las bibliotecas, las oficinas bancarias y las grandes superficies, escenarios donde la protesta aborda a los viandantes. Con la necesaria ayuda del descomunal altavoz de Internet. El acceso masivo a las redes electrónicas deja recovecos por los que se cuela la televisión en steaming, los blogs, los cortos de youtube, las ciberacciones, las convocatorias de las redes sociales, las imágenes escondidas por el poder.

Son modos de protesta que cambian las reacciones de la opinión pública y debilitan los clásicos argumentos represivos basados en acusaciones de violencia, desorden o amenaza. Llevar a prisión a alguien que se cuela en un cocktail, haciéndose pasar por hombre de estado y despliega una pancarta en la que denuncia la irresponsabilidad de Europa ante el cambio climático, no tiene buena prensa ante el gran público. Las fuerzas del orden actúan sin duda, pero su intervención se torna fácilmente caricaturizable. Hasta el punto que el Estado ha necesitado modificar el código penal para ampliar el marco de criminalización de la protesta.

El sistema busca hacer desaparecer las protestas incómodas. Borrar las pintadas y colocar en la retaguardia de las manifestaciones un camión de limpieza que va dejando la calzada impoluta tras el paso de la última manifestante. Los medios de comunicación omiten, minimizan o distorsionan las noticias que muestran la protesta social.

Frente a estas prácticas de represión e invisibilzación, la creatividad social inventa fórmulas que alcanzan públicos nuevos. La rabia colectiva, organizada, genera una energía creadora de alcance creciente. Una esperanza para el cambio.

Categorized | Dossier, Política, Sociedad

Txema García
Txema García
Txema García
Txema García
Txema García
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
"Homenage a Marcel Proust" Marisa Gutierrez Cabriada
"Homenaje a Federico García Lorca" Marisa Gutierrez Cabriada
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
“JAZZ for TWO”, José Horna
“JAZZ for TWO”, José Horna
"El origen del mundo" José Blanco
"El mal del país" José Blanco
Fotografía de José Horna
Fotografía de José Horna
"Lemoniz", Mikel Alonso

Egileak