Las herencias de los progresismos sudamericanos y la renovación de las izquierdas

 

Sudamepuño

Tras las elecciones de Argentina, Venezuela,…

(Galde 12, otoño 2015). E. Gudynas. Hay mucha gente en Europa que mira –o ha mirado- con cierta admiración a los llamados gobiernos progresistas sudamericanos. Eso es entendible bajo el contexto europeo de partidos, incluida la izquierda y la socialdemocracia convencional, y la persistente problemática económica. Allí, en el Sur, en cambio, se disfrutó de buenos desempeños económicos y, además, no puede perderse de vista que hay progresismos para todos los paladares, desde los que insuflan una épica revolucionaria hasta los moderados con economías juiciosas.

Sin duda los progresismos consiguieron unos cuantos éxitos, tales como reducir notablemente la pobreza o mantenerse dentro de una formalidad democrática. Pero por otro lado, siguieron dependiendo de las exportaciones de materias primas, aunque en algunos casos con mayor presencia estatal y/o privilegiando a otros socios comerciales  (especialmente China). Estos progresismos sudamericanos no son una nueva derecha, ni representan opciones neoliberales, y eso es evidente desde Europa. Pero también son diferentes de lo que podría describirse como la amplia coordinación de izquierdas independientes, democráticas y plurales, como las que florecieron a finales de los años noventa y que les dieron origen, y esto es evidente, en cambio, para muchos sudamericanos.

Más recientemente, estos progresismos han caído en un cierto agotamiento, tanto en su gestión gubernamental como en conceptos e ideas. Esos factores han tenido mucho que ver con sus recientes derrotas electorales en Argentina y Venezuela, y con la actual crisis política en Brasil. Eso ha llevado a una intensa discusión donde sin duda hay mucha superficialidad (con analistas de la derecha convencional que anuncian la muerte de las izquierdas, y con progresistas dogmáticos que se resisten a ver los problemas). Pero más allá de esos ruidos, hay un interesante debate –que requiere más rigor-sobre el nuevo contexto que se está generando bajo esta idea de “progresismos cansados”.

Siguiendo esos abordajes más incisivos, no puede desconocerse que hay cambios sustanciales en los sectores conservadores (derecha o centro derecha). Aparecen actores y agrupamientos menos acartonados, que aceptan ciertos papeles para el Estado e incluso reivindican instrumentos de asistencia social. Esto no puede sorprender ya que responde al interés de mantener sus espacios de poder, así como a la intención de reconquistar el control del Estado. La reciente victoria de Mauricio Macri en Argentina es seguramente un ejemplo de esos cambios.

Pero así como se observan efectos sobre las derechas, de la misma manera existen impactos sobre las izquierdas que se definen como plurales, independientes y democráticas. En ese terreno, aparece una cuestión que se discute cada vez con mayor preocupación en América del Sur: ¿los progresismos actuales permitir profundizar cambios para una renovación de las izquierdas? O por el contrario, ¿los limitan?

Esas preguntas llevan a un análisis que arroja evidencias que, cuando son miradas desde la coyuntura europea, son contraintuitivas para muchos. Y es que algunos legados progresistas no sólo limitan a esas izquierdas sino que, además, promueven condiciones políticas que son funcionales a posiciones conservadoras. No se trata de una problemática enunciada por actores conservadores, sino que responde a la creciente opinión de muchos movimientos sociales que hasta hace poco apoyaban a los gobiernos progresistas.

Un legado progresista

Los gobiernos progresistas cuentan en su haber con unas cuantas transformaciones positivas. Eso no puede ser negado y debe ser celebrado. Impusieron límites a la fiebre privatizadora y terminaron con los planes de austeridad. Recompusieron el Estado y ampliaron los programas de asistencia social. Protegieron algunos logros sindicales y potenciaron los roles ciudadanos y políticos de algunos sectores que habían estado muy relegados, como indígenas o campesinos. No es el objetivo de este artículo analizar en detalle esos aspectos, pero siempre se deben tener presentes.

En cambio, hay otras herencias de los gobiernos progresistas que son más problemáticas. Un ejemplo desde Bolivia ilustra esta cuestión. El gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS) está decidido a encauzar y controlar a las organizaciones de la sociedad civil. Han actuado sobre grandes federaciones hasta quebrarlas, les han impuesto un nuevo marco legal que exige adhesiones a los planes de desarrollo o ministerios, y les hostigan desde los medios de comunicación. Las voces críticas, cualquiera fuese su contenido o intención, son rechazadas porque supuestamente estarían haciendo el juego a las derechas.

Si estos esfuerzos tienen éxito, ¿cuáles serían sus resultados en un futuro inmediato? La respuesta es clara: desembocaríamos en una sociedad con enormes limitaciones para su autoorganización, un mundo sin voces críticas, con pocas ONGs independientes, y con limitaciones para el activismo político. Aquí aparece un problema sustancial: el progresismo está imponiendo unas condiciones políticas que acallan las voces independientes.

El asunto sobre el que deseo llamar la atención es que este tipo de condiciones han sido tradicionalmente el sueño de los partidos conservadores y de los neoliberales más extremos:  una sociedad sin ONGs, sin política ciudadana, donde sólo es aceptable la palabra oficial del gobierno.

¿Qué pasaría si en uno de esos países el progresismo pierde una próxima elección y es reemplazado por un partido conservador o neoconservador? Ese nuevo gobierno se encontrará en un paraíso: sociedades civiles más débiles y con leyes ya aprobadas para controlarla todavía más. Esos gobiernos conservadores podrán moverse todavía más a la derecha con muy poco gasto político, porque las restricciones a la sociedad civil fueron implantadas por sus predecesores. En cambio, para las izquierdas todo eso son escollos todavía más importantes para organizarse o llevar adelante sus prácticas políticas.

Este ejemplo muestra cómo, siguiendo otros recorridos ideológicos, los gobiernos progresistas nos legarían condiciones que la derecha siempre quiso y que entorpecen cambios hacia la izquierda. No tiene sentido esconder todo esto, sino que debe ser analizado.

Múltiples herencias

Situaciones análogas a la que se acaba de describir se repiten en otros campos. Es posible señalar algunos ejemplos destacados, que sin pretender un examen exhaustivo de esta situación, explican la intensidad de este debate en Sudamérica.

Desde el punto de vista económico y productivo, los progresismos dejan economías todavía más dependientes de recursos naturales, e industrias nacionales más debilitadas. La subordinación a la globalización aumentó. Se trata de esquemas muy apoyados por unos cuantos actores empresariales y corporaciones transnacionales. Y ello hace que una renovación de las izquierdas deba navegar en aguas más dificultosas para promover alternativas económicas y productivas.

Durante los últimos años, el progresismo ha confundido cierta redistribución económica, el asistencialismo y el consumismo con la idea de justicia, la que se refiere a un campo mucho más amplio, incluyendo dimensiones como la educación, salud, vivienda, etc. Las compensaciones económicas, sean directas o indirectas, que son útiles para resolver emergencia sociales, también han sido usadas para otros fines muy discutibles, tales como asegurarse la adhesión electoral. Esto es una dificultad para unas izquierdas plurales, ya que deberán reconstruir el amplio abanico de las dimensiones de la justicia social, e incluso sumarle los aspectos ambientales.

También debemos mencionar la herencia que dejan los gobiernos progresistas en materia de corrupción. Recordemos que la izquierda de fines del siglo XX siempre denunció la corrupción de los gobiernos conservadores y neoliberales, y que insistió hasta el cansancio en que una vez en el poder combatiría ese flagelo. Sin embargo, la corrupción reapareció, y la sensación de muchos es que los progresismos abandonaron el combate frontal, para tolerarlas como si fuera una fatalidad inherente a toda sociedad. Desde el punto de vista de las izquierdas independientes es claro que se debe retomar con toda energía el combate a la corrupción, bajo cualquier forma y por cualquier persona.

Otra herencia progresista es un entramado político que, paradojalmente, está más debilitado. Por ejemplo, en Bolivia, Ecuador y Venezuela, los progresismos no han construido estructuras partidarias robustas, sino que se rodean de agrupamientos muy laxos, en buena medida sostenida por funcionarios estatales, donde prevalece el culto personalista al presidente. Además, aumentan las denuncias de irregularidades electorales o constitucionales, y proliferan acciones judiciales contra líderes sociales, muchos de los cuales están en prisión, habiendo regresado distintas formas de represión.

Un paso más en esta misma dirección es la tendencia reciente de los progresismos a atacar incluso la idea misma de política. Por ejemplo, en Bolivia y Ecuador, cuando el gobierno se enfrenta a alguna movilización ciudadana que no le gusta, la cuestiona diciendo que hacen “política” como si esto fuera algo muy negativo. Se deslegitiman de esta manera, las expresiones políticas en su sentido más amplio. Paralelamente, los gobiernos progresistas están dejando tras de sí situaciones de enfrentamiento con ciertos movimientos ciudadanos, como indígenas o ambientalistas. Esto, por momentos, se parece mucho al coro neoliberal que negaba la política en sí misma, erigiendo así un nuevo obstáculo para políticas de izquierdas.

La izquierda, otra vez

Este creciente debate sudamericano muestra la importancia de llevar adelante análisis que vayan más allá de los slogans, y calen en la profundidad de los efectos reales del progresismo sobre la sociedad y el ambiente. Se encontrará que hay muchos legados que son positivos y deben ser felicitados. Pero hay otras herencias que son funcionales a las políticas conservadoras, con lo que traban una renovación de las izquierdas y a la vez alimentan el propio agotamiento político progresista, aumentando las opciones de una reconquista del poder desde la derecha.

A su vez, a diferencia de lo que a veces se escucha en Europa, la conquista del poder estatal no anula la relevancia de discutir cuáles son los sentidos de las izquierdas. Podría decirse que los progresismos tomaron finalmente el Estado pero se alejaron de la izquierda y, ahora, ese debate sobre qué es la izquierda regresa con más fuerza.

Eduardo Gudynas (Montevideo) es investigador en temas de desarrollo.
twitter: @EGudynas

Categorized | Internacional, Política

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