La economía feminista: entre la teoría y la política

(Galde 05, invierno/2014, Dossier Feminismo -s-). Seminario de Economía Feminista de BCN 1

 Los antecedentes

Aunque con antecedentes más remotos que datan del siglo XIX, lo que hoy se conoce como economía feminista se inicia en los años sesenta del siglo XX, coincidiendo y no por casualidad con la llamada segunda ola del feminismo, caracterizada esta última por un gran impulso de la teoría feminista como pensamiento independiente e innovador.   Tanto desde el mundo académico como desde el movimiento feminista, se inicia con fuerza la crítica metodológica y conceptual a las tradiciones existentes en las distintas disciplinas y se comienza a realizar propuestas de nuevas perspectivas teóricas. La economía no será ajena a este proceso. Ahora bien, a diferencia de otras disciplinas que han sido más permeables y más flexibles para aceptar rupturas conceptuales, estas nuevas propuestas no han incidido en lo que es el cuerpo central del análisis económico. Y de ahí que la economía feminista se haya desarrollado de forma absolutamente paralela a la economía dominante.

La economía feminista realiza un profundo cuestionamiento del discurso económico androcéntrico dominante lo que conduce a una ruptura total con el enfoque establecido. Como bien dice Picchio (2005) la economía feminista representa la construcción de un paradigma alternativo como única manera apropiada de abordar conjuntamente el proceso de producción de mercancías y el de reproducción social de la población; condiciones de vida y condiciones de producción, instituciones fundamentales (familia, Estado y mercado), la economía monetarizada y la que no lo está. Una característica interesante de la economía feminista que cabe destacar, a diferencia de otras disciplinas, ha sido su amplia aceptación y asunción por los movimientos sociales. Lo cual ha representado una enorme riqueza para su desarrollo al desplazarse continuamente entre lo académico y lo político. En consecuencia, la economía feminista es un pensamiento en construcción, con un amplio abanico de miradas y propuestas, difícil de encorsetar en un esquema rígido, lo que le otorga una gran ventaja frente a las ideas construidas como pensamiento único.

Los fundamentos

A pesar de la diversidad de ideas que constituyen la economía feminista, se pueden identificar algunas que la fundamentan y que la identifican frente a otras corrientes de pensamiento económico-político.

En primer lugar, la economía feminista realiza una crítica profunda al enfoque de la disciplina económica por fijar su objeto de estudio dentro de los límites estrechos del mercado, considerando como no económicos los trabajos que no se desarrollan bajo relaciones capitalistas de producción. Se critica la estructura dualista y jerárquica que confiere total reconocimiento al mundo público y a la economía mercantil y se amplían las fronteras de la economía para incluir la economía no monetizada en los circuitos económicos. Lo cual obliga a desarrollar nuevos marcos analíticos y a  reformular los conceptos centrales utilizados por el análisis económico. Esta nueva mirada permite hacer visible la relación entre los distintos trabajos necesarios para la subsistencia de las personas. Si bien el trabajo de mercado permite tener acceso a una fuente de dinero necesaria para adquirir bienes en el mercado, el trabajo doméstico familiar es fundamental para las tareas de cuidados y necesario para reproducir a toda la población y, en particular, a la fuerza de trabajo necesaria para el trabajo de mercado. Este análisis ha permitido establecer la falsa autonomía del sistema mercantil capitalista y su dependencia en el trabajo no asalariado desarrollado desde los hogares. Por otra parte, con esta nueva mirada, se visibilizan las enormes desigualdades entre mujeres y hombres derivadas de la adjudicación social e ideológica de los distintos trabajos. La responsabilidad asumida por las mujeres en el trabajo doméstico les impide estar en las mismas condiciones que los hombres en el trabajo de mercado, lo cual deriva en mayor carga de trabajo, problemas de organización del tiempo, salarios más bajos, menores pensiones, etc. En definitiva, una pobreza específica de las mujeres.

En segundo lugar, aparece lo que se ha venido a denominar trabajo de cuidados o simplemente el cuidado, espacio que desde la economía feminista se acostumbra a designar como economía del cuidado. A diferencia del trabajo de mercado cuyo objetivo final es la producción de un bien o servicio que permita obtener un beneficio económico (si se trata de una empresa privada), el trabajo realizado desde los hogares tiene como fin al cuidado de las personas a lo largo del ciclo vital, con las dependencias específicas que implica cada etapa de la vida y en sus distintas dimensiones: cuidados directos afectivos y emocionales, cuidado del entorno, cuidado de las relaciones, cuidados en la salud y en las dependencias específicas, producción de determinados bienes y servicios, gestiones diversas para el buen funcionamiento del hogar, etc. Todo ello hace del hogar el nicho básico donde las personas sentimos y vivimos los primeros lazos afectivos, donde aprendemos a relacionarnos y emocionarnos, donde crecemos y nos desarrollamos, donde nos socializamos y adquirimos los primeros valores, donde comemos, descansamos y nos reponemos cada día, donde realizamos una parte importante de nuestra vida cotidiana, la que tiene que ver con intereses y humanidades que están más allá del funcionamiento del mercado. Todo lo que en conjunto se ha denominado la tarea civilizadora de las mujeres, que no es otra cosa que el haber apostado por la vida, incluso en circunstancias históricas muy difíciles y complejas. De ahí que, si el trabajo de cuidados tiene como objetivo el cuidado de la vida en sus aspectos tanto físicos como emocionales, dicha actividad es la que debiera servir de referente y no la actividad desarrollada en el mercado. Este desplazamiento del eje y objetivo social y económico representa un profundo cambio de paradigma y es el tercer gran eje de la economía feminista.

La economía feminista es rupturista, en el sentido de que antepone al mercado y al beneficio la vida de las personas, su bienestar, sus condiciones de vida. Y en este bienestar, sitúa al cuidado como elemento central. La economía feminista apela a la lógica de la vida frente a la lógica del capital. Es un pensamiento transformador que obliga a cambiar el paradigma. Cuestionar el modelo vigente representa pensar un mundo común para mujeres y hombres más allá del discurso dominante; y más allá de la simple idea de igualdad. La economía feminista está proponiendo otra manera de mirar el mundo, otra forma de relación con el mundo, donde la economía se piense y realice para las personas.

Las ideas que fundamentan la economía feminista –las condiciones de reproducción y el bienestar de las personas- nos conducen a un concepto más amplio e integrador, el de sostenibilidad de la vida humana; concepto que pretende integrar los distintos procesos que tienen como objetivo la vida de las personas en sus diversas dimensiones. Sostenibilidad que supone una relación armónica entre humanidad y naturaleza, y entre mujeres y hombres.

El desafío político

El desafío político se concreta en aceptar que es la sociedad en su conjunto la que debe asumir el cuidado de su población y no asignarlo a un único sector -las mujeres-, desplazando con ello hacia los hogares toda la tensión que conlleva la gestión del cuidado. Es la sociedad quien debe hacerse cargo de organizarlo de tal manera de dar respuesta a las necesidades humanas, sin que las personas que ejerzan de cuidadoras estén determinadas por alguna categoría social como clase, sexo o etnia. Se plantea que la responsabilidad del cuidado no debería ser privada ni individual, sino social y política. Avanzar en esta línea significaría comenzar a revalorizar el trabajo de cuidados a la vez que reconocer la aportación a la sociedad y al bienestar de este tipo de trabajo, y así romper con la centralidad del trabajo mercantil como eje del funcionamiento social en términos generales y como generador de derechos sociales en términos más específicos. Esta propuesta representa un cambio total, ya que exige: una reorganización de los tiempos y los trabajos (mercantil y de cuidados), cambios en la vida cotidiana, una nueva estructura de consumo y de producción y, por supuesto, un cambio de valores.


 Referencias bibliográficas de interés

Bosch, Anna, Cristina Carrasco y Elena Grau (2005). “Verde que te quiero violeta. Encuentros y desencuentros entre feminismo y ecologismo”, en Enric Tello, La historia cuenta, Barcelona: Ediciones El Viejo Topo, 321-346.

Carrasco, Cristina (2009). “Mujeres, sostenibilidad y deuda social”, Revista de Educación, Número extraordinario, pp. 160-191.

Pérez, Amaia (2006). Perspectivas feministas en torno a la economía: el caso de los cuidados. Madrid: Consejo Económico y Social, Colección Estudios, 190.

Picchio, Antonella (2005), “La economía política y la investigación sobre las condiciones de vida”, en Gemma Cairó y Maribel Mayordomo (comp.), Por una economía sobre la vida. Aportaciones desde un enfoque feminista, Barcelona: Icaria, 17-34.

Notes:

  1. En el Seminario de Economía Feminista de BCN participan Cristina Carrasco Bengoa, Carme Díaz Corral, Inés Marco Lafuente, Rosa Ortiz Monera y Marina Sánchez Cid.

Categorized | Dossier, Economía, Política, Sociedad

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