Guggenheim Bilbao: autonomía, control público y conexión local

Antonio Rivera. Es indiscutible que el Guggenheim Bilbao encabeza la corta nómina de éxitos de los “felices noventa” (La semilla de la destrucción, tituló su libro J. Stiglitz). Es indiscutible también que la fórmula ideada entonces por Thomas Krens (director de la fundación neoyorkina) se enmarca en el tiempo gobernado por el llamado “neoliberalismo”: gestión público-privada de servicios; subordinación de intereses, objetivos y cometidos a la eficacia económica; primacía de la marca internacional; concepción globalizada del negocio; protagonismo del flujo de productos y servicios; relajación de los controles públicos; extensión de la fórmula franquiciada; desapego a las vinculaciones y referencias locales… Y es precisamente la eficacia excepcional, por única, que ha tenido esa fórmula en Bilbao –a la que mucho aportan las singularidades del propio Bilbao y de Euskadi- lo que convierte mi afirmación en algo peligroso. Guggenheim Bilbao resulta incuestionable siquiera en sus aspectos más triviales, aun cuando (o porque) sus referencias de éxito no son sino las que delatan la ideología de su origen: (supuesta) buena gestión, captación de recursos privados, retornos económicos, exposiciones de calidad pero no para minorías, colección concebida como inversión revalorizable y, sobre todo, un millón de visitantes anuales (en su inmensa mayoría no locales). Es como si una hipotética privatización del Hospital de Cruces resultara en ese hospital todo un éxito: ni los más opuestos a la ideología política del procedimiento lo cuestionarían, y quedaría para los “teóricos” la crítica en su contexto más general. En el caso que nos ocupa, no es fácil localizar la más mínima reserva en los medios, pero los libros que han analizado el proceso resultan clarividentes y demoledores: Iñaki Esteban, Joseba Zulaika, Anna Mª Guasch…, además de tres informes del Tribunal de Cuentas y de dos dictámenes del Parlamento Vasco.

Guggenheim Bilbao se ha convertido en un icono instrumentalizado por el PNV bizkaitarra, lo que deja al resto de la ciudadanía y de la política con la boca callada y pagando sus cuantiosos costes. Un ejemplo palmario de hegemonía y una explicación de porqué suceden algunas cosas en esa provincia. Por eso, en tanto que hegemónico, no es conveniente cuestionar lo central de su éxito; pero más importante es que tampoco resultaría sensato ni riguroso. No se trata de discutir lo que ha funcionado –en términos generales, Guggenheim Bilbao ha sido un éxito; quede así de claro para apartar del debate a incapaces y malvados-, sino de ubicar el artefacto en la lógica de su tiempo y ver qué podemos mejorar ahora.

Semejante “hoja de ruta” ya existe, y no hay que inventar nada; solo darla a conocer. Me refiero al Dictamen aprobado por el Parlamento Vasco de cara a la futura (y deseable) renovación del convenio con la Solomon R. Guggenheim Foundation de Nueva York. Su recomendación 18 identifica la que debería ser la estrategia de las instituciones vascas en esa renegociación del acuerdo: “Debe realizarse un profundo esfuerzo para otorgar, en la negociación de 2014, más fuerza y autonomía a la parte vasca como garantía para prolongar el éxito y consolidar su referencia internacional…”.

Tres conceptos identifican ese objetivo: autonomía, control público y conexión local. Autonomía para reequilibrar el acuerdo en términos de colaboración “paritaria y estratégica”, y no de franquiciado, sobre la base de que la marca y la ciudad se han fortalecido en este tiempo la una a la otra. Han cambiado las cosas, lo que obliga a encarar la negociación desde la perspectiva de que “Bilbao es una pieza clave y no marginal en la estrategia internacional Guggenheim”. Autonomía para limitar la dependencia casi absoluta anterior, en términos de compras, sentido de la colección vasca, programa de exposiciones, circulación de obras, dirección artística y cuerpo comisarial… “Los intereses de la SRGF son los que guían el funcionamiento del MGB en los aspectos más relevantes”, afirma el Dictamen parlamentario. Y autonomía -importante este aspecto- para adquirir perfil propio y ganar responsabilidad y capacidad de propuesta y coproducción en el marco de la Red internacional Guggenheim. En esa línea es esencial considerar la necesidad de contar con una dirección artística del centro bilbaíno, de manera que no prevalezca la lógica económica y de gestión sobre la artística y museística, y que no desemboque la actual “posición dual” de su director en una contradicción de intereses, al estar éste contratado a la vez para explotar la singularidad de Bilbao y para extender por el mundo la presencia de la marca Guggenheim.

Control público para que las instituciones se doten de mecanismos como la comisión de expertos disuelta en 1995 o la presencia de creadores y especialistas del arte en el Patronato, para dar transparencia a la gestión, para que se cumplan todos los compromisos acordados en 1991(rotación y disposición de fondos, proyección internacional de los creadores vascos…) y, sobre todo, para cambiar la posición subordinada de las instituciones respecto de la fundación neoyorkina, limitada hoy casi a sufragar los cuantiosos gastos (más de cuarenta millones de euros solo en el último lustro).

Conexión local, finalmente, para que el centro no siga “desconectado de la realidad social en la que está inserto” y se implique con decisión en la trama de creación, industria y política cultural del país. En ese punto es esencial que se cumplan los compromisos de difusión e internacionalización de la obra de los creadores vascos y que se sea capaz de producir “un saber propio”, algo que no se ha hecho en casi veinte años:

La gestión del Guggenheim Bilbao generó en la pasada legislatura un debate político que básicamente se sustancia en ese interés por hacer más nuestro el centro, por poner el ojo público encima de la gestión privada de los recursos públicos, por reducir una dependencia que si en los noventa pudo tener sentido es hoy un absurdo por anacrónico y por no corresponderse con la trayectoria reciente de cada una de las dos partes, por acabar con la opacidad en la gestión y con las casi únicas justificaciones mercantiles de su objeto, por hacerlo, en definitiva, más social y más adecuado a las necesidades de la ciudadanía, de la cultura y de los creadores vascos.

Se puede uno solazar en la parte del éxito que nadie discute o se puede encarar la negociación defendiendo con uñas y dientes los intereses de la parte pública que representas y que te paga. Hasta hoy, el bizkaitarrismo no ha considerado esta opción, la ha visto arriesgada y hasta pecaminosa. El Parlamento Vasco le recuerda que su papel es otro bien distinto: “La prolongación de los mismos [acuerdos], sin cambios ni revisiones ni actualizaciones de ningún tipo, por el silencio de las autoridades vascas, sería una actitud políticamente irresponsable y errónea, dado el margen de mejora existente en dichos acuerdos”. ¿Qué interés dominará? Lo veremos pronto.

http://www.parlamento.euskadi.net/pdfdocs/publi/1/09/000172.pdf#41000

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Txema García
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Sebastião Salgado
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"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
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“JAZZ for TWO”, José Horna
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Fotografía de José Horna
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