“Ya no te miden por lo que vales, sino por lo que cuestas”

 

 

Galde 19 (verano/2017). Ramón Lobo.
(Este artículo fue publicado en jotdown.es en 2012).

Resuenan en mi cabeza frases-látigo de la película El Dilema: “Soy Lowell Bergman, de 60 Minutos. Si quitas 60 Minutos de la frase, nadie devuelve las llamadas”. Ya no podré decir: “Soy Ramón Lobo, de El País”. Tendré que reordenarme, usar poco el teléfono y encontrar un nuevo estribillo; quizá ser solo yo, sin rimbombancias.

Perder el trabajo es un tipo de muerte. Sin empleo no hay profesión, identidad, tarjeta de entrada, etiqueta, pertenencia a un grupo, apariencia, seguridad en el pago de deudas. Sin trabajo desaparecen los nombres y apellidos, te reduces a una estadística.

Han sido tantos los mensajes de ánimo, fuerza y acompañamiento que aún me siento aturdido, incapaz de responder a cada uno, devolver el cariño. Han sido tantas las palabras amables recibidas desde el deceso laboral que me imaginé dentro de un féretro abierto con las manos cruzadas sobre el pecho escuchando simpatías y desmemorias.

Es parte de una fantasía infantil recurrente: asistir a mi entierro, saludar a familiares y amigos, besar a las mujeres, responder a los gestos de dolor con frases de consuelo. Siempre soñé con un final musicado como el de All that Jazz: “Bye, bye love, bye, bye life” mientras desfilan por el cerebro los flashes de las imágenes esenciales, las que dejan huella, las que dictan el veredicto final de que esto mereció la pena: mi primera nieve a los seis años tras llegar de Venezuela; una puesta de sol en Mogán compartida con dos gays enfermos de sida; el niño Boy de Sierra Leona a quien Gerva y yo no pudimos salvar… Ni rastro de coches, pisos, sueldos, ambiciones, corresponsalías.

Siempre soñé con La Muerte vestida de Jessica Lange.

Gervasio Sánchez y yo hablábamos de estas cosas fúnebres en Afganistán, al norte de Kabul, durante la ofensiva de EEUU contra los talibanes tras el 11S. Era un remedio para sobrevivir al miedo, a la distancia y a la soledad. Elaborábamos listas negras cambiantes de personas que no podrían asistir a nuestro funeral; nos juramentábamos en que el otro, el superviviente, impediría el paso de los vetados. Nada de políticos, buscafotos, jefes cabrones, mezquinos, farsantes, simuladores del dolor.

Gervasio repetía el mantra sin apenas modificar una palabra; solo variaba la teatralidad creciente de los gestos. “Cuando estemos en tu funeral (prefería hablar del mío, nunca del suyo) subiré al estrado, sacaré un papelito doblado. Diré que en él están tus últimos deseos. Mandaré ponerse en pie a tu director para que lo puedan ver todos. Gritaré que tus últimas palabras fueron para él, los últimos pensamientos: ‘Fulanito, que te den por el culo’”. No había maldad, pero nos desternillábamos con la escena.

Parece el fin del mundo, de mi mundo, de la rutina de la línea 5 de Metro de Madrid hasta la parada de Suances, de los saludos mañaneros a mis compañeros, de un blog que se quedó mudo, ya veremos por cuánto tiempo, de las comidas en Las Guapas, como las llamamos, de sentirse parte de una maravillosa aventura periodística colectiva que desde hace algunos años ha empezado a dar muestras de agotamiento, o algo peor. Soy un número del ERE que afecta a 129 trabajadores de El País; solo somos parte de una limpieza étnica que ha liquidado a 8.400 periodistas en España desde 2008. Somos otra tribu, los sin trabajo, los sin red junto a casi seis millones de parados.

Lo llaman crisis de la industria periodística, culpan a Internet, a su gratuidad, al desplome publicitario, a los viejos de 50 años poco polivalentes. Nadie hace autocrítica. En la cúspide de los medios se instalaron los gerentes disfrazados. Se recorta en reporteros, viajes, información. Se afirma que las exclusivas están obsoletas por culpa de la Red. No hay paciencia ni dinero para proteger una historia, a un periodista que hace su trabajo, en lograr una primicia. El objetivo no son las noticias, jerarquizarlas, dar los contextos, la esencia del oficio; el objetivo es abaratar costes, recortar, recortar, recortar. Se recorta también en inteligencia ambiental.

Pero nada y nadie me recortará el optimismo.

No es una crisis del oficio, es solo falta de talento, de coraje. Es un virus mortal que se extiende a la política, a las instituciones internacionales, que impregna a los líderes. Vivimos bajo una grisura insoportable y sin alternativas. Algo debe ir mal cuando el icono incontestable, el modelo, es Nelson Mandela, que acaba de cumplir 94 años.

Los periodistas-gerentes han arruinado el negocio porque nadie va a pagar por un corta y pega, por declaraciones vacuas, repetitivas, de dirigentes mediocres, de vendedores de champú que aparcaron ideas, valores y utopías.

Sin periodistas no hay Periodismo. Sin Periodismo no hay ciudadanía, ni crítica, ni democracia. Tampoco habrá beneficios. Ganarán los Wert, los poca cosa, los nada.

Los medios de comunicación nos hemos subido a los coches oficiales, hemos dejado de ver, oler, tocar, de mancharnos los zapatos de polvo. Los medios están inundados de ese periodismo declarativo, acrítico, barato, publicitario e inútil. Nadie comprueba. Nadie piensa. La vida reducida a una cascada de tuits que apenas da tiempo a leer. Ser copiloto del coche oficial no ahorra gasolina, no te convierte en poder paralelo, no te transforma en amigo. Ser copiloto mata lo único que nos puede mantener a flote en el océano de Internet: el prestigio.

Toda crisis es una oportunidad, un cambio, un renacer. Un despido, también, sobre todo cuando miras la lista de los 129: José Yoldi, que tumbó a Carlos Dívar; José M. Lázaro, que logró la primicia de la sentencia del Constitucional sobre el matrimonio homosexual; Santiago Carcar, el hombre que más sabe de energía; Toño Fraguas, un joven repleto de talento y valentía… ¿Escribí valentía? No son tiempos.

En la evolución de las especies (y de los medios) no sobreviven los más fuertes ni los más listos ni los que hacen más ruido, sobreviven los que se saben adaptar. Si tuviera 20 años otra vez volvería a empezar en la misma profesión. Ser periodista es lo más extraordinario que me ha pasado en mi vida. Es mi vida. Me ha enseñado a mirar, escribir, sentir, crecer. En los últimos 20 años he viajado a guerras y desgracias, he conocido a cientos de personas que me han regalado sus historias, a compañeros que han muerto como Miguel, Julio y Ricardo, entre otros. He sido, soy, muy afortunado.

Pero cambiaron las prioridades; ya no te miden por lo que vales, sino por lo que cuestas.

Ahora empieza el resto de mi vida. No tiro la toalla, ni me rindo. Me siento traicionado y maltratado, pero no es tiempo de lamentaciones ni exabruptos. Hablar de injusticias no modifica mi realidad. Ahora soy freelance como la inmensa mayoría de periodistas que se juegan la vida, en Siria o en España, por colocar un reportaje mal pagado.

Arrancaré en breve una web, que será una declaración de principios. Y escribiré aquí, en Jot Down, cerca de Enric González. Será como estar en casa.

Categorized | Dossier, Política, Sociedad

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