Una pequeña historia del país: colonos caseros

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(Galde 15 – verano/2016). Pedro Berriochoa Azcárate. Una sociedad la componen sus individuos. Es verdad, sin embargo, que estos tienen diferente capital social, económico y simbólico en palabras de Bourdieu. Nuestro personaje es un hombre sin influencia, sin poder y sin grandes capitales. Sin embargo, así como hay colegios electorales que se toman como muestras de la totalidad del cuerpo electoral, hay también biografías personales que pueden ser consideradas metonimias de la historia reciente del país.

Una de estas es la de Jexux Izaguirre Echave, que nació en el caserío Intxusa Goikoa de Asteasu el 3 de mayo 1930. Su familia era la típica del mundo rural: colonos caseros pobres. Su madre, María Echave, que nació en el caserío Errota Zahar de Aia, era la mayorazga de Intxusa, la que se había quedado «para casa». Los Echave se habían trasladado a Intxusa a comienzos del siglo XX, en aquellos movimientos de colonos pobres que se producían en gran parte de Europa occidental, cuando finalizaba el año fructuario, allá por San Martín. En Intxusa se casó su padre Patxi Izaguirre, que procedía del caserío Berastegi de Zizurkil, y al que parece que ni su pequeña estatura ni el hecho de ser consorte mermaron su autoridad. Una autoridad muy estrecha, la de un campesino colono: su familia y su caserío. Dos caseros nacidos en una legua de diámetro se encuentran en un caserío cercano al alto de Andazarrate, una explotación agraria de altitud elevada y con unas pendientes formidables, allá en la falda del Hernio, en donde convergían los caminos históricos que iban hacia la costa por Aia o al valle del Urola por la venta de Iturriotz y el collado de Zelatun. Un territorio Obaba en la imaginación de Bernardo Atxaga.

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La familia Izaguirre era muy numerosa, 12 hijos, 9 chicos y tres chicas. Los siete primeros fueron chicos y Jexux, el séptimo. En el país se decía que el séptimo hijo varón podría tener unas facultades especiales para la cura de los heridos por la mordedura de los perros rabiosos. Estos individuos llamados saludadores poseían un estigma en forma de cruz en la lengua. Mientras la II República se abría paso, la lengua de Jexux no pasó con aprobado el examen: no había estigma alguno. Las locas creencias, de las que habla el historiador de la politización campesina Eugen Weber, en la Gipuzkoa republicana y laica.

Intxusa era un caserío en el que todavía primaban los cereales (maíz y trigo), pero se abría paso a una explotación cada vez más ganadera. El problema era que estaba en el camino de todo y lejos también de todo. Jexux fue a la escuela rural situada en el alto de Andazarrate, al lado de la casa de camineros y del hospital tuberculoso. Permaneció allá hasta los 12 años en una escuela unitaria en donde el castellano era un idioma muy lejano. A pesar de saber leer y de escribir con cierta corrección, su castellano ha sido siempre un problema oral.

A los 12 años Jexux comenzó su carrera como morroi (criado). Era lo natural en familias caseras pobres y demasiado pobladas. Había que despejar la mesa de la cocina. Hasta que fue al servicio militar, conoció cuatro caseríos como morroi y pasó por toda clase de vicisitudes, desde casi morirse de hambre hasta ser tratado y querido como uno de casa. Por la época trabajó también algún tiempo en las pobres minas de hierro de las faldas del Hernio que llevaban el mineral por cable desde el alto de Andazarrate hasta el embarcadero de Zarautz. Fue su primera experiencia con el hierro. Jexux, al igual que sus hermanos, era un gran segalari y participó como ayudante en algunas apuestas rurales.

Su servicio militar lo hizo en el Regimiento de Cazadores de Montaña Nº 4, con sede en Jaca. Una vida cómoda y apasionante para un casero: monte, esquí, alimentación asegurada, poco trabajo y buenas amistades, todas caseras. Aquellas permanecieron de por vida. Tras su licenciamiento comienza una nueva vida para él: la vida fabril, el taller, la industria. Jexux estaba lejos de ser el mayorazgo y en la época el mundo urbano e industrial ofrecía trabajo en abundancia. Un casero tenía soluciones para todo y el desarrollismo económico franquista se abría paso. La revolución nacionalsindicalista quedaba pendiente. Jexux sabía de mecánica, de carpintería, de albañilería, de todo. Compró una Montesa para poderse desplazarse desde su lejano caserío, y se entregó a una nueva habilidad: la mecánica. Corrían los años 50 y Jexux empieza a conocer industrias de las cercanías: Algodonera Guipuzcoana y Laminaciones del Oria en Andoain y Pedro Orbegozo en Hernani. Era trabajador, algo casi connatural a su condición de casero, paciente y mañoso. Siempre fue muy querido por todos sus patrones. Era un hombre con muchas soluciones y pocos problemas.

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Tras casi 10 años de vida itinerante y motorizada entre el caserío y el taller, se casó con una chica casera del vecino pueblo de Larraul, y se establecieron primeramente en el barrio de Karrika de Andoain y luego en el centro de la villa. Parece que por sus residencias fuera también introduciéndose de manera progresiva en un mundo cada vez más urbano. Estamos en los años 60 y Jexux fue «fichado» por ciertos técnicos que le conocieron en Orbegozo de Hernani y que montaron Laminaciones de Irura, S.A., una siderurgia ligada a los aceros especiales. Se convirtió en encargado de la laminación y con su mal castellano tuvo que dirigir un equipo de vascos, castellanos, andaluces, portugueses…

En los años 60 Jexux y su esposa tuvieron dos hijas. Él trabajó como un bruto metiendo las consabidas «horas extra» en la propia empresa y también en Muebles Gallo de Aduna. El caserío y su vida, aunque eran su humus y siempre ayudó tanto en su caserío como en el de su mujer, fueron quedando cada vez más lejos. La moto Montesa dio paso a los coches de segunda mano: Simca 1000, Renault 12… Y Jexux trabajaba noche y día, entre semana y los fines de semana. Dale que te pego. Su estatus laboral, económico y social mejoró. También el confort de su familia.

Llegaron los 80 y con ellos la reconversión industrial de los aceros vascos y españoles. La crisis, que se fraguaba desde mediados de los 70, emergió en los aceros especiales con la incorporación de España a la CEE en 1986. En Europa sobraba el acero y corrió el dinero comunitario para cerrar plantas siderúrgicas. En diciembre de 1984 Jexux perdió tres dedos en un accidente laboral. Era un encargado que «echaba una mano» a sus trabajadores. A partir de esta fecha se sucedieron los planes de reconversión (cierre), indemnizaciones, prejubilaciones… Para los 57 años Jexux dejó de trabajar y trasladó su residencia a San Sebastián. El joven casero de Andazarrate, el adulto trabajador fabril de Andoain, era ahora el pensionista del barrio donostiarra de Amara.

Años más tarde sus excesos laborales y su mala suerte con las operaciones de cadera le han llevado a la invalidez. Sigue cobrando la jubilación máxima y, junto a su mujer, son cuidados por dos chicas centroamericanas. Jexux ha conocido tres treintenas vitales: en Intxusa, en Asteasu, en un entorno rural; luego otras tres décadas de residencia en Andoain, en el Oria medio, en un medio fabril; y casi otros treinta años de pensionista en San Sebastián.

Jexux provenía de una familia pródiga en hermanos y hermanas. Ahora bien, ha tenido dos hijas y tiene solo dos nietos. Después de 30 años de vida de pensionista con la pensión máxima cobra más que su hija funcionaria y más que el doble que su nieto economista. Nuestro biografiado ha conocido la Monarquía de Alfonso XIII, la II República, la Guerra Civil, la larga posguerra y el desarrollismo franquista, la vuelta a la Monarquía y a la democracia, la autonomía vasca y la Europa de la UE, la peseta y el euro. Jexux ha vivido una juventud rural, un pasado más próximo industrial y vive un largo presente inactivo. Es un ejemplo de un país que abandonó el agro, que se desindustrializa a ojos vista, que ha envejecido demográficamente, que maltrata a sus jóvenes y que observa con inquietud un futuro próximo problemático.

Categorized | Miradas, Política, Sociedad

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