Transportes colectivos por un tubo

 

(Galde 22, otoño/2018/udazkena). Soledad Frías.-
Nos pasamos la vida en los medios de transporte, cada cual en el preferido o en el obligado. Claro que conviene caminar, y la bici. El coche particular, anatemizado, que cuesta una pasta, contamina y no sabemos dónde aparcarlo. El auto-stop pasó a la historia. El común de los pobladores del país se mueve en el transporte colectivo, principalmente porque transita dentro de-hacia-entre áreas urbanas. Al tajo, a la escuela, de recados, a la playa, de copas, a seguir viajando en avión o en ferry. Sabíamos que la Universidad del País Vasco va sobre ruedas entre campus y territorios históricos, de Vitoria e Ibaeta a Leioa pasando por Sarriko. La salida de los funcionarios de Lakua inspiró a los Lumière, que olvidaron filmar a la horda retornando a sus puntos de residencia. En resumen, millón y pico de desplazamientos en transporte colectivo en un día laborable medio sin salir de la CAPV.

Con las legañas aún pegadas el personal va dando cabezadas desde temprano en el autobús, metro, tranvía, cercanías. Algunos excéntricos lo combinan con el funicular (Igeldo, Artxanda, La Arboleda), el bote o gasolino y hasta con el Puente Colgante. De la alta velocidad hablaremos el próximo lustro. Aceptaremos que no es tan glamuroso cruzar la Ría entre Las Arenas y Portugalete en un transbordador decimonónico Patrimonio Industrial de la Humanidad que ir en el 44 de Bizkaibus del campo barakaldés de Lasesarre por Ugarte, Max Center y hospital de Cruces hasta la estación de Abando, digo Indalecio Prieto. Claro que más o menos por el mismo precio oteas en altura toda la ribera desde Zorroza hasta Basurto, y puedes encontrar alguna ganga inmobiliaria enfrente, en Zorrozaurre. Con la misma tarjeta monedero, la Barik vizcaína, puedes recorrer todo, y por EuskoTren, como en el sueño de Bernardo Atxaga, llegar hasta Hendaia. Los billetes únicos siguen en estudio, y en el país de los fueros provinciales perviven las respectivas tarjetas Barik, Mugi y Bat, con la excepción ferro-tranviaria señalada. Entre Lasarte y Bayona opera un billete ferroviario transfronterizo.

Si necesitas coger transportes colectivos a menudo, la factura se complica. Algunos convenios colectivos la compensan. Sectores de población como los pensionistas han sido atendidos, y con su tarjeta los viajes salen mucho más baratos. Al loro sociólogos, puede ser la clave del éxito de su movilización de los lunes para la mejora de las pensiones. Algunos servicios sociales, no todos, han asumido que sin acceso a los transportes colectivos la exclusión social se agrava, porque la circulación ha llegado a ser elemento de integración. El resto les contemplamos con envidia, como a los miembros de las plantillas que uniformados muestran su camaradería durante la ruta. Cada vez más mujeres, por cierto. Hoy no incidiremos en la leyenda que asegura que trabajar en el transporte urbano es lo mejor que le puede pasar a un mortal asalariado. Sigue la envidia. Pero ni conductores ni operarios del mantenimiento. Las escenas de alta tensión desde la prehistoria las protagonizan los picas (ay, aquel enano de la Renfe desde Santurce a Bilbao). Con funciones cada vez más suplantadas por la tecnología pero aún presentes, con su perforadora en ristre. En el tranvía no se prodigan, me parece. No creo que se confundan con los guardas de seguridad, con su propia fama a cuestas. A estos las empresas del ramo han ido distinguiéndolos de los armarios de discoteca, pero aún impresiona verles sujetando al perro en los apeaderos.

Se habrán ustedes detenido ante esos carteles que señalan multas que pueden alcanzar cuantías elevadas por no viajar en posesión de billete. Claro, si alguna vez se han visto en la necesidad de comprar uno fuera de bono, y además ha caído en domingo, entenderá que haya usuarios que se las ingenien para rehuir el paso por caja. Tienen su aquel acróbata los que saltan sobre las correderas mecánicas que dan acceso a los andenes. Según el medio y la empresa, sólo a la entrada o también a la salida. Menos epatante pero más equívoca, la técnica de arrimarse a la espalda del de delante aprovechando el instante de apertura y cierre, dos por uno. Colarse en medio de un grupo grande puede servir de comprobante del nivel de atención del conductor cobrador. Qué discusiones, sobre la edad de los menores. Por estas latitudes apenas han llegado los artistas entre parada y parada, o los rezos en voz alta seguidos de una cuestación por el amor de dios. Todo se andará. Lo que se reirán los encargados de visionar las películas de las omnipresentes cámaras de este paraíso de libertades individuales.

Esos lugares frenéticos que son las estaciones dan para tratados, novelas y películas. Las catedrales modernas, decían los antiguos anteriores a los fosteritos. Últimamente hemos visto inmigrantes subsaharianos de paso hacia Irún, a quienes las cercanías se les quedan cortas. En las estaciones puede uno despedirse apasionadamente y, como se han impuesto las intermodales, en un plisplas cambias de locomoción. O te pones al día en moda y diseño, compras unas chuches y revisas la prensa (si queda kiosko, pero este es otro tema). Los ascensores de metro, mezclados con otros elevadores y con la novedad de escaleras mecánicas, han dado lugar a una nueva geografía urbana de la que se benefician los habitantes de barrios altos. Y la gente de movilidad reducida, y la que lleva sillitas infantiles, y la que ha comprado un carillón en algún centro comercial.

En Vitoria el tranvía te deja en la acera de la reluciente y acristalada estación de autobuses. En próximas legislaturas llegará el soterramiento al ferrocarril. En Bilbao aún se puede gozar del encanto modernista de La Concordia, pero pronto llegará el soterramiento a la Renfe y se acabarán las obras de la estación de autobuses, que por el momento cabe en un pañuelo de superficie. En San Sebastián todo se ha llevado a la orilla derecha del Urumea, y desde allí al mundo. Mira que han llegado a ser profilácticas las estaciones de Metro Bilbao, salvo los días de fúrbol y cuando la chavalería las escoge para botellones en tránsito, sobre todo si llueve. En la de Ansio, junto al BEC y su parking disuasorio (publicítense, por Tutatis), podrían celebrarse partidos de basket. Algún día desde allí partirán expediciones de autobús a toda la metrópoli. Por ahora, además de las riadas los días de concierto o expo, sólo la aprovechan para subir a los festivaleros del BBK Live a Kobetas.

Conviene salir al paso del mito de que los transportes colectivos fomentan la lectura. Yo aún no he encontrado a Phileas Fogg y Picaporte en ningún Charing Cross vasco. Es verdad que, como en los chistes de Forges, se ve a muchas interesadas en sombras de grey, en versión papel o e-book. La prensa gratuita ha sustituido las octavillas clandestinas como lectura urgente. Por encima de todo el personal va enlatado en su móvil, con sus cascos preservando la intimidad (con excepciones vocingleras), tecleando a velocidad de vértigo, sonriendo a alguien en el éter digital. La gente es amable y servicial. Te informa de lo pensado y lo impensable, se conoce las lanzaderas, los atajos, los WC, las frecuencias, las paradas con marquesina. Incluso atiende a los turistas, como nos gusta que nos atiendan en tierra extraña. Cuando habíamos europeizado el silencio, el multiculturalismo nos ha sorprendido con algunas conversaciones a voz en grito en todas las lenguas de Babel. Una pena, no entender lo que se dicen con tanta vehemencia, y depender del timbre y el tono.

En el país perviven algunas empresas de autobuses de media distancia (Pesa, La Unión) que resisten hasta el próximo concurso el embate de la globalización que encarna Alsa. Sin embargo las empresas publificadas y las concesionarias se han disuelto en el limbo de las marcas para las entendederas ciudadanas, como si no moviesen cantidades siderales de dinero público. Alguna vez emergen, bueno, emergían cuando el PNV no gobernaba todas las instituciones, disensiones sobre costes y déficits. Nos hemos acostumbrado a la puntualidad, los búhos nocturnos y el aire acondicionado. Nuestro transporte colectivo no da la nota en averías ni en accidentes. Algunas salidas de carretera, algunos atropellos, unos pasos a nivel discutibles. En las horas punta, por encima de la batalla mediática entre taxis y licencias VTC, las unidades van bastante llenas. Los espacios reservados para mayores y menores se respetan. Parece que las aplicaciones para la adquisición de billetes on-line dan resultados satisfactorios.

Categorized | Dossier, Miradas, Política

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