Rock Radical Vasco. La música underground y la libertad de expresión a debate

La belleza será convulsiva o no será
André Breton, Nadja, 1928

(Galde 20 – invierno/2018). David Mota. 
El 1 de mayo de 2016, el fotoperiodista Gerard Escuer y yo nos reunimos con el grupo musical KOP. Una entrevista que para nosotros era una de las citas clave para un ambicioso proyecto audiovisual en el que estábamos trabajando, pues considerábamos que esta banda era una de las más representativas del espacio underground actual, tanto por su trayectoria y coherencia ideológica como por su discurso. Unos meses antes de esta, se había producido la detención de César Strawberry, vocalista de Def Con Dos, por lo que aprovechamos el pretexto de la actualidad para preguntarle por la detención y procesamiento judicial de los grupos de música contestataria que se estaba produciendo. También, si a su juicio el movimiento 15-M había redirigido la atención política hacia los grupos de música contestataria, colocándoles en el punto de mira de la opinión pública, los partidos políticos, las instituciones y los grupos de presión; si esto se había producido porque se estaba viviendo un proceso de repolitización social; y, por último, si había algún tipo de precedente en nuestra historia reciente.

Sin ningún tipo de rodeo, nos dijo que este proceso venía produciéndose desde la etapa del Rock Radikal Vasco. Desde entonces, se había producido una persecución que se debía a la existencia de grupos que entendían la música como un vehículo eficaz para la expresión política, con el que se podían cambiar las cosas e interesar a la gente por los problemas sociales, políticos y culturales. Porque la música, nos dijo, es un instrumento con el que transmitir “un mensaje con una potencia peligrosa para el establishment. Un arte que expresa muy bien los sentimientos. Un arte supraestatal, supranacional[…]. Una herramienta muy peligrosa por la que el poder trata de amordazarnos”.

La entrevista me dejó atónito, incómodo y perplejo. Y comencé a realizarme preguntas, algunas retóricas: ¿Existía algún tipo de persecución orquestada por los partidos políticos y los medios de comunicación contra este tipo de música política? ¿Acaso se trataba de algo obviopor la vehemente y cautivadora forma de expresarlo de nuestro protagonista? ¿Fenómeno real o manía persecutoria?

Comencé a indagar ya través de la prensa observé que, desde la década de 1980, los partidos políticos y grupos de presión habían visto con recelo el compromiso ideológico de la música underground. Temían su potencialidad contestataria y transgresora, y su presencia entre la juventud. Por eso, definieron a este tipo de música ubicada políticamente en la izquierda como brazo musical radical, anti-sistema y subversivo. Como consecuencia, algunos medios criticaron indiscriminadamente la labor de muchos artistas comprometidos políticamente, simplificando, descontextualizando sus letras y seleccionando extractos morbosos para vincularles con lo políticamente incorrecto. Sólo destacaron lo negativo, en el caso del punk, la droga, por encima de otras cuestiones como la agitación de conciencias.

Las bandas musicales de los 90, que mostraron su compromiso ideológico de forma más evidente, también fueron blanco de las críticas de los medios de comunicación, que llegaron a identificarlas como un peligro para la democracia. En el caso vasco, construyeron una imagen esperpéntica, tildándolas de arma propagandística de ETA, cuando, en muchos casos, el contenido de sus letras no difería demasiado de lo que se cantó durante El Rrollo y La Movida. Críticas que se podrían entender en un contexto como el de los 80 y los 90, en el que los avances sociales y culturales se produjeron más rápido en las calles que en las instituciones, pero, no que continúe siendo la norma. Que en la Europa de las libertades del siglo XXI se siga produciendo esta situación demuestra que se ha evolucionado poco.

Y es que, si se entiende que la música es una forma de expresión, cuyo contenido puede ser ficción o realidad, mediante la que se manifiestan opiniones sobre la cotidianidad, la política, el amor, la economía y la filosofía, incluyendo posibles distopías, desde la que se lanzan propuestas realizables y utópicas y, en definitiva, se expresan emociones libremente, porque en último término se trata de la libre creación artística y de la aceptación (que no compartición) de una amplia variedad de formas de pensamiento en nuestra sociedad, resulta verdaderamente controvertido que el establishment vete a los grupos de música underground dificultando su creación. No extraña, sin embargo, que así sea, porque el veto responde a un discurso estratégico de control de lo anómalo que es retroalimentado por el juicio popular de los medios y las redes sociales.

Con todo, el problema está en el doble rasero y la desigual forma de actuación de este seguimiento. El género Rock Against Communism, con bandas auto-definidas neonazis, no sufre tantas dificultades como los grupos de izquierdas. Tampoco los grupos Pop e Indie han sido observados tan de cerca, cuando, por ejemplo, Los Planetas elaboraban letras sonrojántemente misóginas (según la interpretación realizada por algunos medios) y Hombres G proponía “matar a Castro” como paso previo para la liberación de Cuba. De hecho, estas letras no molestan, ni ofenden al establishment. A su criterio, tanto los deslices fascistizantes y desequilibrados de unos como la reproducción del discurso heteropatriarcal de otros deben interpretarse como licencias artísticas de gente moderna que escribe canciones insustanciales e inofensivas, porque estas son “cool”.

La situación de los grupos musicales de izquierdas es, por tanto, complicada, más, si cabe, cuando esta música contrasta con lo que las instituciones políticas han apoyado desde 1978: las escenas menos problemáticas de la radio-fórmula, La Movida y el Indie.

Así, mientras que, por un lado, se han primado estas escenas, por otro, se ha vinculadoa la música underground con el radicalismo en todas sus vertientes, asociándosela con ETA y la izquierda abertzale. Y, no digo que algunos de sus grupos no estuvieran en su órbita ideológica, pero que así fuera no implica incluir a todos en un cajón de sastre sui generis en el que cabe todo. Sus letras son un reflejo más de la realidad traumática de la violencia, incluso del relato, por lo que no creo productiva la reducción de estas expresiones musicales al todo es ETA, ya que este tipo de asociaciones sólo dan luz verde a una fórmula errónea y estereotipada que apoya la denigración sistemática e impune de todo lo underground. Además, se hacecon la pérdida de detalles de suma importancia, como son que Def Con Dos mostrara su rechazo al secuestro de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA en el festival Dr. Music de Lleida de 1997, o que, tres años más tarde, Fermín Muguruza condenara el asesinato de Pedro Antonio Blanco que rompió la tregua del pacto de Lizarra de 1998. Y es que, el desprestigio de lo underground solo provoca lo que hemos visto al comienzo: el posicionamiento defensivo de los grupos musicales que se sienten reafirmados en su lucha contra el mainstream censor.

En conclusión, el movimiento 15-M ha sido el catalizador del renacimiento de la música política y el visibilizador de grupos con discurso letrístico contestatario. Un proceso que ha venido acompañado de obstaculizaciones a este género por parte de la opinión pública, de los partidos políticos y de la institución judicial, que aducen que el contenido de sus letras es peligroso para el establishment. Los ejemplos son muchos: el veto a Berri Txarrak y Riot Propaganda en algunas ciudades o los juicios contra Soziedad Alkoholika, La Insurgencia, los titiriteros, César Strawberry, Aitor Cuervo, Valtonycy un largo etcétera. Pero, al margen de interpretaciones sobre las letras de sus canciones y su consecuente veto, debemos reflexionar sobre si el procesamiento judicial de estos grupos es un fenómeno aislado o un proceso con posibles repercusiones para el común de la sociedad; si en los juicios se condena un ejercicio de libertad de expresión o de libertinaje; y si la interpretación de la normativa es más o menos estricta según la ideología. Juzguen ustedes.

Categorized | Cultura, Política

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