Revolucionarios, antifranquistas, demócratas

(Galde 17, otoño/2016). Mikel Toral López. Lo que viene a continuación es una valoración de nuestras experiencias como revolucionarios en el tiempo del tardofranquismo y la Transición, surgida de las reflexiones posteriores que hemos hecho. Mi tesis principal es que, aunque nos sentíamos revolucionarios (de todas las tendencias posibles: nacionalistas, comunistas, trotsquistas, maoístas, libertarios…), éramos fundamentalmente antifranquistas, combatíamos contra la dictadura y ansiábamos las libertades democráticas. El argumento lo avala el hecho de que, en su mayoría, quienes alimentamos aquellos –quizás por suerte- frustrados sueños revolucionarios -¡cuánto había de antidemocrático en ellos!- nos incorporamos a la que despectivamente llamábamos democracia burguesa y la defendimos, algunos con su vida, sin renunciar a una mejora radical de la misma.

Unos más tarde que otros, no todos, fuimos trasladando nuestros apoyos a partidos de corte reformista. Es cierto que en Euskadi el trasvase de adhesiones, dado el espejismo revolucionario que se mantuvo en los años ochenta, fue más lento que en el resto del país. Y también es verdad que, los menos de los nuestros, se deslizaron por la pendiente del revolucionarismo sangriento, (re)incorporándose a ETA o creando organizaciones como Iraultza (1981). Algunos pagaron esa dudosa elección con su propia vida.

Este fue, en síntesis, el itinerario de muchos y muchas desde los años sesenta a la actualidad: revolucionarios, antifranquistas y, finalmente, demócratas.

Confundir las proclamas revolucionarias que hacíamos en aquellos tiempos con las prácticas mayoritariamente pacíficas y no violentas de los antifranquistas nos puede inducir hoy a errores de valoración. Si reparamos en nuestros escritos de entonces, su prosa incendiaria, los programas fundacionales maximalistas o las propias denominaciones tan pomposamente revolucionarias -OR(revolucionaria)T, LAI(Iraultzaile)A, LCR(revolucionaria), EI(Iraultzaile)A…- se podría llegar a pensar que nuestro objetivo era sustituir una dictadura por una formulación política cerrada y, en ese sentido, escasamente democrática.

Pera hay que considerar el contexto de ese momento, de los años sesenta y setenta del siglo XX. Vivíamos dos crisis superpuestas: una derivada de los cambios sociales del mayo del 68 y otra consecuencia de la crisis económica mundial del petróleo que tan duramente afectó a España. Y todo ello en el marco de la fuerte represión desatada por la dictadura franquista en su tramo final, tratando de responder a una presión múltiple de fuerzas sociales y políticas.

En el contexto de ese mundo en cambio, la praxis política dividía a los reformistas de los revolucionarios. Los primeros eran grupos que, como el PCE, el PSOE o el PNV, partidos entonces envejecidos, pero con experiencia y tradición democráticas, defendían la consecución gradual de las libertades y los inevitables pactos con los herederos del franquismo. Ellos protagonizaron en parte la reforma pactada, la Transición. En el otro lado estábamos los revolucionarios, partidos nuevos, emergentes e insurgentes (MC, LCR, ORT, PTE, EHAS…), formados por una nueva generación de jóvenes que radicalizaban sus discursos y planteaban la ruptura y los cambios revolucionarios. ¿Nos suena? Quizás siempre ha sido una cuestión más generacional que ideológica.

En la teoría estos defendían ardientemente la violencia revolucionaria, pero en la práctica no pasaron de los cocteles molotov defensivos, que en la mayoría de los casos daban lugar a pocos efectos y consecuencias.

Pero más allá de esos dos grandes grupos estaban los también revolucionarios y abiertamente partidarios de la violencia. Defendían que a la violencia de la dictadura se la combatía con la violencia del pueblo, del proletariado, de las masas o de lo que fuera. Esa fue la respuesta de los extremismos nacionalistas (las diversas ramas de ETA), de izquierda (FRAP, GRAPO) y anarquistas (MIL), que tomaban como referencia las luchas de liberación de Cuba, Vietnam, Argelia…,y que coincidían en el tiempo con otros nuevos grupos violentos europeos como las Brigadas Rojas, Acción Directa o la Baader- Meinhof; el caso del IRA sería distinto.

Para los numerosos jóvenes del “baby boom” la realmente atractiva era la retórica revolucionaria. Nos fascinaba la imagen del Che, Ho Chi Ming o Mao, aunque hoy parezca increíble. Volvían las imágenes épicas de la derrotada revolución española: la Pasionaria y su “más vale morir de pie que vivir de rodillas”, la imagen de las Brigadas Internacionales, los gudaris en su caso…

A mi modo de ver, todo ello, las rotundas siglas, los anagramas con sus diversas versiones de la hoz y el martillo, los épicos nombres de sus órganos de prensa (Combate, Servir al Pueblo, En Lucha, El Correo del Pueblo, Forja Comunista…) o de sus juventudes (Joven Guardia Roja, Unión de Juventudes Maoístas, Euskadiko Gaztedi Gorria, Iraultza Taldea…), y sus programas de máximos basados en una interpretación marxista leninista trasnochada, elaborada habitualmente por universitarios bienintencionados salidos de familias acomodadas, no fue más que un ejercicio teórico (y retórico) para desmarcarse del “reformismo realista” del PCE del que algunos habían surgido y al que disputaban la hegemonía en el seno de la izquierda. Lo mismo que pasaba en el campo nacionalista vasco donde el mundo político de ETA (HASI, EHAS, LAIA…) trataba de superar a su matriz referencial, el PNV. Era más ropaje que contenido. Puede que como ahora.

No niego que algunos se lo creyeron –nos lo creímos- a pies juntillas y que pensaban que después de una etapa de democracia burguesa vendría la Democracia Popular y, finalmente, el Socialismo (así, con mayúsculas) y la sociedad sin clases. Un imaginario no muy lejano del de las ensoñaciones cristianas, tan abundantes en los pasados de muchos “cuadros” de estos partido y tan lógico si tenemos en cuenta la influencia de la superpoblada nómina de sacerdotes en el País Vasco. Todos nos proclamábamos “el verdadero partido de la clase obrera” y trabajábamos por “la reconstrucción del verdadero Partido Comunista de España”.

Era enfermizo nuestro afán por monopolizar y hacernos con los movimientos populares, lo que daba lugar a otra nueva “sopa de siglas” de organizaciones especializadas en diferentes ámbitos o intervenciones: Unión de Liberación de la Mujer, Frente Democrático de la Mujer, Sindicato Unitario, Confederación de Sindicatos Unitarios de Trabajadores… Cada cual con la suya, pero, eso sí, todos muy unitarios.

Tales esforzados intentos por ser la vanguardia de la clase obrera nos llevaban a serias y absurdas disputas a la vista de nuestros patrocinados. Ahora es difícil entender la profusión de siglas revolucionarias de entonces, pero, en ese momento, tampoco era fácil para los jóvenes militantes distinguir las diferencias entre, por ejemplo, los maoísmos de ORT, EMK o PTE, partidos basados en oligarquías reducidas con un gran culto a la personalidad de su correspondiente líder. Solo se daban fusiones cuando era demasiado tarde, cuando la realidad las dictaba casi como condena o estéril tabla de salvación. Así pasó con la ORT con el PT o con el MC con la LCR. Algo habrá de congénito a la cultura política de la izquierda porque han pasado cuarenta años y seguimos en muchos casos igual.

Estos fueron algunos de nuestros errores: sectarismo, falta de realidad, maximalismo… Pero también es justo reconocer el esfuerzo y la entrega de aquellos militantes, que exploraron y abrieron con su empuje nuevos caminos y campos para la democracia. Desde una común intención emancipadora dieron voz e impulso a colectivos tradicionalmente excluidos o invisibilizados, como los LGTB, las mujeres, los jóvenes, los llamados presos sociales, las minorías étnicas y lingüísticas…

En esa medida, en el campo de los nuevos movimientos sociales, dejando aparte el movimiento obrero, destacó especialmente por su importancia y centralidad la incorporación de la mujer a la vida política activa y al conjunto del movimiento ciudadano. La participación de éstas en las nuevas organizaciones era relevante, tanto en número como en su presencia en los órganos directivos. Destacadas mujeres lideraron organizaciones de la izquierda radical, como Paquita Sauquillo de la ORT, Pina Lopez Gay, secretaria de la Joven Guardia Roja, o Rosa Olivares, secretaria del EMK de Bizkaia, entre otras muchas.

Volviendo a la pregunta de inicio: ¿éramos demócratas los revolucionarios? Tan demócratas como podíamos serlo en plena dictadura franquista. ¿Estábamos dispuestos a todo para conseguir nuestros objetivos? Aparentemente, sí. Nos habíamos educado en aquello de que el poder nace de la punta del fusil y que el capitalismo era un tigre de papel. Sin embargo, la lucha absolutamente pacifica por las libertades, a unos más tarde que a otros, nos fue llevando a aceptar los principios de la democracia:

Queríamos una transición con un gobierno neutral, pero participamos y, de alguna manera, avalamos las elecciones de 1977, donde nos presentábamos en desventaja como agrupación de electores, dado que estábamos todavía ilegalizados.

Queríamos una Constitución más progresista, pero nos abstuvimos o incluso dimos un sí condicional.

Revindicábamos el derecho de autodeterminación, pero acabamos aceptando los estatutos de autonomía.

Luchábamos por la autonomía obrera y por el control obrero de las empresas, pero fortalecimos los sindicatos de clase, participamos en las sucesivas elecciones sindicales y acabamos celebrando el Estatuto de los Trabajadores.

Según aceptábamos la realidad impuesta por las urnas, revisábamos nuestras creencias revolucionarias. ORT y PTE desaparecieron en 1980; MCE y LCR en 1994. Otros, fundamentalmente el entorno de ETA, se aferraron durante decenios a sus proclamas ultrarrevolucionarias y acentuaron su fundamentalismo sangriento conforme se asentaba la democracia; incluso se aplicaron a atentar contra la misma. Pero eso es ya otra historia.

Los que entendimos que la revolución no era posible, ni quizás deseable, luchamos con todas nuestras fuerzas encuadrados en esos fugaces partidos de corte revolucionario, pero supimos aceptar las reglas del juego democrático a pesar de que jugamos con desventaja frente a los grandes partidos reformistas, que en algunos casos habían pasado de puntillas por la lucha antifascista, aunque no por eso sus mensajes dejaran de ser más asumibles para la gente.

Sin embargo, la pregunta al cabo del tiempo es otra: ¿hubieran sido posibles las reformas sin el empuje de los revolucionarios? Estoy convencido de que no. Quizás no se trataba tanto de hacer la revolución en el mundo occidental, pero todos y todas queríamos que, por ejemplo, el fruto de nuestro trabajo se repartiera con más igualdad y justicia. ¿Eso nos hacía reformistas o revolucionarios? Chi lo sa!

JÓVENES Y REVOLUCIONARIOS [MIKEL TORAL]

Categorized | Dossier, Política

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