Ramiro Pinilla

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Josu Cepeda (Galde 08, otoño 2014). Dediqué el verano de 1.979 a traducir “Las Andanzas de Txiki Baskardo” al euskera durante un largo viaje mochilero con billete Interrail por Europa. Yo, que entonces tenía 23 añitos, me ganaba la vida como “irakasle” y traductor, y no me esperaba la reprimenda que recibí luego por parte de Ramiro, contrariado porque el coste de la traducción encarecía algo más de lo previsto el precio de venta del ejemplar editado por Libropueblo-Herriliburu, editorial cuyo nombre era por sí solo una declaración de principios.

En realidad, aquella amonestación, expresada con la sólida franqueza que le dominaba, no debería haberme sorprendido, porque la rectitud de Ramiro Pinilla superaba con creces a la del común de los mortales. Ha sido y será una de las personas más honestas con las que he tenido el placer y privilegio de coincidir en esto que llamamos vida, y en todo momento, visto ahora con perspectiva, un poderoso anticuerpo social para esta plaga descerebrada de corrupción que nos azota.

Fundada por el propio Pinilla, Libropueblo-Herriliburu publicó a precio de costo más de una docena de títulos, vendidos directamente por sus autores en ferias y mercados como genuinos productos de artesanía intelectual. Ramiro se revolvía al pensar que unas pesetas de más podían privar de su lectura a familias trabajadoras con escasos recursos económicos.

Puede que ese austero perfil suyo de misionero de la cultura y de las letras tuviera algo que ver con una anécdota un tanto chocante, de la que fue protagonista involuntario.

Nos habíamos conocido tres o cuatro años antes en la Asamblea Democrática de Bizkaia, una coordinadora de partidos, sindicatos y movimientos cívicos impulsada por el Partido Comunista, que, recién muerto el dictador, aspiraba a unir a toda la oposición antifranquista, siguiendo el patrón de la Junta Democrática de España o “L’Assemblea de Catalunya”…Sin conseguirlo ni por asomo, todo hay que decirlo. Ramiro participaba todavía en calidad de personalidad independiente. El vestía entonces casi siempre de negro, con gafas de pasta y una recia txapela cubriendo su calvicie; yo no me quitaba de encima una guerrera verde oliva del ejército alemán que había conseguido en un rastro y una tupida escarola de pelo afro. Un día teníamos que asistir a un acto clandestino en Durango al que luego supimos que habían sido invitados un representante cualificado del clero vasco y un miembro del Frente Polisario. El caso es que la correa de distribución del coche nos dejó tirados a mitad de camino y tuvieron que venir a rescatarnos. Llegamos al humo de las velas y al entrar en la sala la gente estalló en exclamaciones de asombro y admiración que en aquel momento no supimos entender. Si a mí me tomaron por guerrillero árabe, ya os podéis imaginar con qué cosa confundieron a Ramiro. De todos los equívocos posibles, dudo que pudiera haber para él uno más chirriante…

A Ramiro le dolía en aquella época tanto o más que a mí que el nacionalismo democrático no hiciera ni el más mínimo amago de acercarse a aquella Asamblea nuestra, pero tampoco le sorprendía. A lo largo de las páginas de “Las Andanzas de Txiki Baskardo”, que es una historia mítica del País Vasco, hay un delirio recurrente que se repite generación tras generación y que reza así: “¡Ser basko es lo más importante que un hombre puede ser en el mundo!”. Bien, pues esta especie de soniquete colectivo no es fruto de la ficción literaria ni de una mente febrilmente productiva como la suya. La frase la proclamaba, henchido de orgullo, un vecino suyo siempre que tenía ocasión, y era nada menos que un ilustre escritor getxotarra quien la pronunciaba. Ramiro se partía de la risa al contarlo, supongo que en un esfuerzo por no llorar.

Al final del libro, Ramiro Pinilla contrapone en boca del bisabuelo Baskardo una visión radicalmente distinta, que en cierta ocasión dejó también consignada con palabras similares otro hombre libre, el lingüista Koldo Mitxelena.

El bisabuelo, que por su edad pudo perfectamente haber sido un euskaldun monolingüe, dijo así: “Hasierat ikuste izan genian Baskardotarrok ezen euskaldunon Askatasunaren alde burrukatzen genuela, bainaz erajakin berri diat… Gizakion ASKATASUNaren alde burrukatzen genuela!”

En síntesis, que ser vasco es solo y sobre todo un modo de ser humano. Y Ramiro Pinilla lo fue en grado superlativo. Como trabajador tenaz en sus facetas de escritor y editor, como militante comunista y activista del movimiento vecinal, como insobornable ciudadano, comprometido con la democracia y la justicia, como humilde y digno amante de la utopía, y como entregado maestro de decenas de aprendices del oficio en el taller de literatura del municipio de Getxo, microcosmos material y social que impregnó la mayor parte de su obra desde la fascinación de sus veranos de infancia en el caserío Arrune, al borde de la  playa de Arrigunaga.

Josu Cepeda

(Intervención en el homenaje tributado a Ramiro Pinilla el 31 de octubre de 2014 por el Aula de Cultura de Getxo)

Más información en este Galde 08: Ramiro Pinilla: Dos vidas literarias

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Categorized | Cultura, Política, Sociedad

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