Psicosociología del cambio climático

(Galde 18, Primavera/2017). Christian Oltra.

¿Por qué algunos grupos están enfrentados en torno al cambio climático mientras que la mayoría de la población no presta atención al problema? Podría parecer que el debate se reduce a una cuestión de gases de efecto invernadero y modelos de circulación del dióxido de carbono en la atmósfera, pero esta percepción cambia al leer los libros de Andrew Hoffman y George Marshall.  1

El cambio climático es, como dicen los americanos, a wicked problem, un problema intrincado, difícil o incluso imposible de solucionar, en el que cualquier intervención puede generar nuevos problemas y cuya solución requiere, por ejemplo, que un gran número de personas cambien su conducta. No hay dudas (científicas) sobre el mecanismo causal que vincula el aumento del dióxido atmosférico producido por la quema de combustibles fósiles con el aumento de la temperatura global. Ni tampoco las hay sobre el origen de la disminución de la capa de ozono o la lluvia ácida. Pero hacer frente a las causas del cambio climático, minimizar el calentamiento global o adaptarnos a sus consecuencias son retos de una gran complejidad. Estamos ante un problema complicado y, por lo tanto, las soluciones al mismo no suelen ser de verdadero o falso, sino de mejor o peor. Es aquí donde el debate sobre el cambio climático se vuelve más controvertido.Como con cualquier otro riesgo ambiental o tecnológico, en cuanto un problema abandona el “laboratorio” y se introduce en la esfera pública, el debate en torno a este problema deja de ser una cuestión técnica-racional para convertirse en una cuestión de valores y estilos de vida, de orientaciones culturales, de identidad política y emoción. La controversia inicial sobre el cambio climático, relacionada con las pruebas disponibles (¿cuáles son las causas reales?, ¿cuáles, las consecuencias potenciales?), se convierte así en una cuestión moral, relacionada con nuestros valores y visiones del mundo (¿qué debemos hacer frente al cambio climático?, ¿es nuestra culpa?, ¿debemos hacer algo al respecto?). Sus causas y soluciones implican reconocer las prácticas e intervenir en las instituciones sociales, atendiendo a los valores y creencias de los individuos, grupos culturales, organizaciones, comunidades y sociedades. El debate sobre cómo funciona la naturaleza se transforma en un debate sobre cómo debemos gestionar nuestra relación con la naturaleza.

En How culture shapes the climate change debate [Cómo moldea la cultura el debate sobre el cambio climático], Andrew Hoffman, profesor de empresa y sostenibilidad de la Universidad de Michigan, sintetiza el conocimiento acumulado por las ciencias sociales en torno a las reacciones de los individuos ante la amenaza del cambio climático: ¿qué percepción tienen del riesgo del cambio climático?, ¿qué actitudes tienen hacia el mismo?, ¿qué sienten?, ¿qué creen que pueden hacer?, ¿qué conductas despliegan para mitigar o adaptarse al problema? Hoffman parte de una pregunta precisa: ¿Por qué unos individuos aceptan la existencia del cambio climático mientras que otros la rechazan? ¿Por qué se produce la polarización en el debate público en torno al cambio climático? La respuesta, como veremos, dista de ser sencilla, del tipo “la gente ignora los hechos”, y tiene relación con el funcionamiento profundo de nuestro cerebro, nuestra mente y nuestra vida social.

A juicio de Hoffman, son cuatro los elementos que fomentan la polarización en la reacción de las personas al cambio climático. En primer lugar, la existencia de sesgos cognitivos en nuestra percepción del riesgo. Nuestra percepción de la realidad natural, interpersonal y social, está mediada por sesgos o distorsiones cognitivas. Nuestro razonamiento cotidiano recurre a la evidencia, pero es más bien un razonamiento motivado (motivated reasoning): usamos el razonamiento como un medio para alcanzar un fin, previamente motivado por nuestras posiciones ideológicas e identitarias y nuestros valores culturales. Como afirma Jonathan Haidt, psicólogo social de la Universidad de Nueva York, los individuos creemos en algo y después pensamos “¿puedo creer en esto?”, lo que nos fuerza a buscar pruebas que apoyen nuestra creencia.

En segundo lugar, la identidad tiene un peso importante en la formación de nuestras actitudes hacia cualquier riesgo. La identidad suele implicar la defensa de un conjunto de valores y estilos de vida por parte del individuo frente a identidades diferentes, percibidas, en ocasiones, como enemigas. No es que seamos puramente tribales e irracionales, pero sí que nuestra racionalidad es limitada y está condicionada por nuestras emociones y nuestro entorno. Combatir el cambio climático implica, para ciertos grupos culturales, un ataque a determinados valores que deben ser protegidos (como la libertad individual y la libertad de mercado o bien la igualdad y el cuidado del ecosistema), algo similar a lo que ocurre con la controversia respecto a los alimentos genéticamente modificados. El consenso científico indica que consumir alimentos transgénicos es seguro. Sin embargo, existe una gran polarización en el debate público. El grupo cultural que rechaza la ciencia relacionada con el cambio climático defiende, en este caso, la ciencia de la seguridad de los organismos genéticamente modificados. Y los grupos que cuestionan la seguridad de los transgénicos apoyan la ciencia del cambio climático.

En tercer lugar, ocurre que la información no reduce siempre el peso de la identidad cultural en nuestras decisiones. Al contrario de lo que solemos pensar, la información por sí sola es insuficiente para cambiar las actitudes de los individuos. En ocasiones, incluso, disponer de información nueva y variada sobre el cambio climático, como la que suelen proporcionar los medios de comunicación, puede producir una mayor polarización de la actitud, ya que la información es procesada de modo asimétrico por los que creen que el cambio climático es responsabilidad del ser humano y los que no creen en la ciencia del cambio climático, como muestra el reciente estudio de Cass Sunstein y colaboradores «How People Update Beliefs about Climate Change: Good News and Bad News» [Cómo actualizan las personas sus creencias sobre el cambio climático: buenas y malas noticias].

Finalmente, la polarización se ve reforzada por la existencia de grupos y organizaciones con un interés en confundir y radicalizar el debate en torno al cambio climático. Las acciones necesarias para mitigar el cambio climático implican que los intereses de determinadas organizaciones y actores colectivos puedan verse afectados. De modo que estos actores tienden a amplificar y polarizar el debate, y a atenuar el riesgo del cambio climático para proteger sus intereses, produciendo cambios en la cobertura en los medios, en las actitudes del público, en los mercados de consumo y en las políticas de los gobiernos.

De modo que, contrariamente a lo que podría parecer, el debate sobre el cambio climático es más una cuestión de “tribus” culturales e identidades políticas enfrentadas que de comprensión pública de la ciencia.

No obstante, aunque la polarización en el debate sobre el cambio climático es un problema grave en Estados Unidos, donde encontramos bandos, lobbies y parte de la población enfrentada, la mayoría se sitúa entre estas dos visiones radicalizadas del problema, y apenas le preocupa el cambio climático. Aquí es donde entra en juego nuestra percepción del riesgo. El cambio climático es un problema ambiental complejo, global e impersonal. Es un riesgo diferente de cuantos hemos enfrentado hasta ahora y puede que nuestras herramientas psicológicas no sean del todo apropiadas para evaluar este riesgo, como afirman algunos de los investigadores entrevistados por George Marshall en Don’t even think about it: Why our brains are wired to ignore climate change [Ni se atreva a pensarlo: por qué nuestros cerebros están programados para ignorar el cambio climático].

Para profundizar en estas herramientas psicológicas, ambos autores dedican varias secciones a la investigación en percepción del riesgo. Como sabemos por decenas de estudios, nuestra percepción intuitiva no se deriva de modelos probabilísticos expertos, sino que está determinada por numerosos factores relacionados con las características cualitativas del riesgo (como la familiaridad, la voluntariedad o el potencial catastrófico del mismo), nuestras emociones y afectos, los procesos de amplificación y atenuación social del riesgo, la confianza en las organizaciones que lo gestionan o nuestras orientaciones culturales previas.

Por eso, como ejemplifica George Marshall, no resulta sorprendente que cientos de vecinos se manifiesten indignados ante la instalación de una antena de telefonía móvil en su vecindario pero apenas hayan discutido alguna vez en su vida con un familiar sobre el cambio climático. No se trata de que los individuos carezcan del conocimiento científico necesario, sino de cómo funciona nuestro cerebro emocional. Los riesgos que son personales, concretos, inmediatos e indisputables tienden a generar una fuerte percepción de riesgo e indignación. Y el cambio climático no es uno de ellos.

Investigadores entrevistados por Marshall como Paul Slovic, Daniel Gilbert, Dan Kahan o Daniel Kahneman concluyen que el cambio climático, a diferencia de ciertos riesgos tecnológicos, no genera una emoción de amenaza inminente entre una parte importante de la población. Solo los individuos con una inclinación a ver el cambio climático como algo peligroso por sus valores previos o su identidad política o cultural, lo perciben realmente como un peligro. Nos guste o no, así es como tendemos a percibir el riesgo. Donamos más dinero ante una catástrofe cuando identificamos una única víctima que cuando conocemos la estadística de miles de muertos. Nos genera más ansiedad el posible impacto de un asteroide o el daño potencial de un conservante en la comida que el calentamiento global.

Y es que el cambio climático parece conjugar diversos factores que disminuyen la posibilidad de que los individuos pasemos a la acción: el hecho de que se considere una condición inevitable; la incertidumbre sobre su evolución futura (que puede ser utilizada como una excusa para no actuar); el hecho de que no sea un riesgo personal; o el hecho de que no sea un riesgo con un origen específico, concreto (pues es consecuencia del propio funcionamiento de la sociedad). La cuestión es que no resulta fácil implicar a nuestro cerebro emocional en el cambio climático de una forma efectiva. Y dado que la capacidad de las personas para preocuparse es limitada y por tanto la racionamos (poseemos, en palabras de los investigadores Linville y Fischer, “un depósito limitado de preocupación”), los riesgos que no son una preocupación inmediata para nosotros, como el cambio climático, tienden a producir indiferencia.

La polarización del debate sobre el cambio climático es, para los autores, otro elemento que dificulta la acción individual y colectiva. El activismo ante el cambio climático está monopolizado, como afirma uno de los autores, por los ecologistas y su visión del mundo, lo que desvincula a una parte del público. Los mensajes de miedo y el lenguaje de urgencia tampoco favorecen la implicación de todos los tipos de público (que se clasifican en la obra como alarmados, preocupados, cautelosos, indiferentes, no convencidos y despreciadores). La desconfianza en las organizaciones y en las personas que promueven la acción frente al cambio climático también dificulta la acción. Esta queda además retardada por nuestra baja percepción de autoeficacia, la licencia moral que nos lleva a realizar una acción proambiental y continuar con nuestro estilo de vida, los mensajes fatalistas, el que individuos y gobiernos sean reacios a incurrir en costes en el presente a cambio de costes mayores en el futuro o la defensa del statu quo por las organizaciones con intereses en la industria energética. En definitiva, por todos estos factores no hemos logrado convertir la prevención del cambio climático en una norma social, en una práctica normativa visible, en un hábito de nuestras sociedades.

¿Estamos, pues, destinados a la inacción frente al cambio climático? No tiene por qué ser así. Como ponen de manifiesto ambos autores, hay evidencias de cambios significativos en las actitudes y prácticas de los individuos y las organizaciones en nuestras sociedades en el pasado reciente. Durante el verano de 2011, por ejemplo, tras el accidente nuclear de Fukushima, los japoneses redujeron en un 20% el consumo de electricidad en horas punta. La combinación de una catástrofe, una llamada a la identidad colectiva y una solución informada (reducir el consumo de electricidad personal) convertida en una norma social activa y efectiva llevó a la población japonesa a perseguir el bien colectivo frente al interés personal. Sabemos que después de una catástrofe los individuos nos volvemos más cooperativos y prosociales. Pero también que, pasado el pico del estrés, tendemos a volver a nuestras rutinas e inercias. ¿Seremos capaces de convertir el cambio climático en un detonante del cambio social?

El cambio climático parece diseñado para poner a prueba la capacidad de respuesta de cualquier sociedad moderna. Andrew Hoffman concluye que, a diferencia de problemas menos enrevesados como la reducción de la capa de ozono, el cambio climático plantea un reto tan complejo para una sociedad como lo fue la abolición de la esclavitud. Estabilizar el clima global implica transformar nuestro sistema económico, nuestras infraestructuras, nuestras pautas de consumo y transporte, nuestras actitudes. Como nos recuerdan los autores, nuestras respuestas presentes y futuras al riesgo del cambio climático guardan más relación con las políticas de la identidad que caracterizan nuestra vida social que con los modelos probabilísticos y la circulación de los gases en la atmósfera. Entender las dinámicas psicológicas y sociales del riesgo puede ayudarnos a hacer frente al reto del cambio climático. Ambos libros son una buena introducción a estas cuestiones.

Notes:

  1. Andrew J. HOFFMAN. How Culture Shapes the Climate Change Debate. Stanford: Stanford University Press, 2015. George MARSHALL. Don’t Even Think About It: Why Our Brains Are Wired to Ignore Climate Change. Nueva York: Bloomsbury Publishing USA, 2015.

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