Periskopioa: Premios

(Galde 16, otoño/2016). Jasón & Argonautas.
No hay cosa que más satisfaga a un político que entregar premios. El mundo cultural no solo no es excepción, sino que despunta en la grata tarea de repartir diplomas, medallas y trofeos conmemorativos. No bien se aproxima el final del año,multitud de jurados convocados al efecto se ponen a la tarea de seleccionar a quienes han de engrosar el panteón de las glorias de la cultura patria, sea esta la patria que sea. Al Planeta siguen los Euskadi, Princesa de Asturias, Nacionales en diversas artes y ciencias,continúan Nobel, Cervantes, Goyas,Oscarsy demás, hasta cerrar el círculo anual. Giran y giran sin fin los premios en un enloquecido carrusel de saraos, discursos, agradecimientos, aplausos y, cómo no, indisimuladas envidias y diatribas.

El premio es una categoría que se justifica por sí misma. Quien es premiado, más que sujeto es objeto cuya presencia sirve de pretexto para que el acto de premiar tenga lugar. Quien de verdad se premia a sí mismo es quien otorga el galardón destinado a poner de manifiesto su propia relevancia, exquisitez y magnanimidad.Incluso, el premio no desmerece porque el premiado haga al premiador una cobra más grande que la de Bisbal a Chenoa. En este pulso de hacerse los suecos andan Bob Dylan y la Academia de los Nobel. La multigalardonada creadora vanguardista Esther Ferrer alertaba a su colega del legendario grupo Zaj donostiarra Juan Hidalgo, también premiado: “el peligro de ganar premios es que te conviertas en moda”. Tiene razón la performer, el premio desactiva y lleva a pensar qué estarás haciendo mal para que te premien. Un Dylan con chaqué no sería Dylan, aunque lo de no ponerse al teléfono sea bastante borde.

Hay premios que huelen a venganza o a advertencia, comola Medalla de la Libertadque Obama ha concedido, antes de marcharse, a reconocidos antitrumpistas tales que Bruce Springsteen, Robert Redford, De Niro o Tom Hanks. Otros premios, en cambio, te ganan por su ingenuidad. Es el caso del Velázquez concedido a la iconoclasta artista argentina Marta Minujín, pionera del happening, una de cuyas obras más celebradas fue la entrega simbólica en 1985 a Andy Warhol de un millar de mazorcas de maíz pintadas por ella en naranja para pagar de esa manera la deuda pública argentina. Este año espera repetir la experiencia en Atenas pagando la deuda griega con aceitunas que entregará a alguna personalidad por determinar. Quizás el Premio Velázquez se lo hayan dado para animarla a pagar la deuda española en botijos.

Lo más doloroso de un premio es que te lo den y luego te lo quiten, como le ha pasado al bueno de Luis Baraiazarra, fraile carmelita que se ha pasado cuatro años largos traduciendo al euskera las obras de Santa Teresa. “Como quitarle a un niño una golosina nada más dársela”, y todo por no quedar claro si el euskera es lengua extranjera o no.

Podría decirse, en general, que a peor realidad cultural, más discurso hace falta para compensar las flaquezas de la cosa en sí.A estas reflexiones llegamos tras conocer las palabras que la máxima autoridad del Estado pronunció en el teatro donostiarra Victoria Eugenia con motivo de la entrega de las Medallas de Oro de las Bellas Artes a un puñado de conocidos artistas cuyos méritos no discutimos. Dijo el Monarcaque “los artistas, intelectuales, escritores y creadoresson esenciales para el devenir de los pueblos” y que “la cultura nos hace más libres, más críticos y más felices”. La verdad es que elplumilla que le escribe los discursos estuvo sembrado. Deberían nombrarle Secretario de Estado para la Cultura en vez del actual desconocido que han puesto para ocupar ese sillón y del que poco más se sabe que su paso por laSociedad Estatal de Equipamientos e Instituciones Penitenciarias, su afición a la tauromaquia y a escribir novelas. Nada demasiado tranquilizador.

Si la cultura es tan importante como dice Su Majestad, que explique por qué durante los últimos cinco años ha sido maltratada y sometida a reducciones presupuestarias brutales que han dado como consecuencia un aumento de la desigualdad y la exclusión de sectores de la sociedad al acceso a los bienes culturales, una creciente depauperación de la gran mayoría de creadores y un pérdida de ideas, proyectos, empresas y profesionales difícil de evaluar y, sobre todo, imposible de recuperar. A modo de ejemplo: dicen las estadísticas que la mitad de los actores con trabajo cobra menos de 3.000€ al año. Es esta una precariedad que continúa allí y aquí. La Diputación de Bizkaia anuncia para el próximo año un recorte del 11% del presupuesto de Cultura, lo que redundará en una reducción de las ayudas a la creación y a los programas de ayuntamientos y asociaciones. A este paso, no quedarán supervivientes que premiar.

Jasón & Argonautas

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