Nochevieja en Colonia. ¿Hasta dónde podemos hablar?

sexismus

(Galde 13, negua/invierno 2016). Amelia Barquín. Tras la madrugada del 31 de diciembre en la Estación Central de Colonia, Alemania, se registraron más de 1.000 denuncias de mujeres por robo, acoso sexual y violación. Otras ciudades, como Hamburgo y Düsseldorf, vivieron hechos semejantes. Han pasado ya varias semanas: leo en El País que de los 73 sospechosos detenidos en Colonia, más de 60 son magrebíes, la mayoría son procedentes de Argelia y Marruecos, en información del fiscal de Colonia Ulrich Bremer.

Mucho se ha dicho y se ha escrito sobre lo sucedido. Que las agresiones sucedieron es innegable. Que la mayoría de los agresores fueron hombres de origen norteafricano, es también un hecho. Si hubo detrás algún tipo de organización, aún se está investigando.

La reacción de la derecha en Alemania y en otros países ha sido la esperada, la que inmediatamente a muchas personas nos vino a la cabeza en cuanto se empezaron a dar a conocer los hechos. ¿Cuál? Aprovechar para cargar el discurso contra los refugiados en unos casos, contra los inmigrantes en general en otros, contra los musulmanes en otros. Endurecer en Alemania las condenas por los delitos cometidos por los extranjeros y acelerar las deportaciones de quienes tuvieran denegada la solicitud de asilo. Crear un clima de desconfianza hacia los refugiados que llaman a las puertas de Europa que contribuya a justificar las escasas cifras de acogida. Y se ha utilizado, claro está, para reforzar la idea de la oposición entre los derechos de las mujeres y la inmigración (y la de cultura musulmana en particular), de modo que, como consecuencia, quienes no son inmigrantes resultan ahora ser defensores de las mujeres y esto acaba siendo un enfrentamiento entre la cultura árabe-musulmana y los valores de Occidente.

La reacción desde una gran parte del feminismo ha sido denunciar el purplewashing practicado por la derecha; es el “lavado violeta” de quienes, en nombre de la defensa a las mujeres, persiguen en realidad sus propios fines y proponen discursos y políticas en contra de colectivos en desventaja. Diversas voces han señalado que lo único que en realidad tienen en común los atacantes de Colonia es que todos son hombres, y que el dato de su procedencia no aporta información relevante. Nos han recordado, además, que las agresiones machistas en contextos festivos son una práctica muy extendida y para muestra ahí están la Oktoberfest, los sanfermines y casi cualquier fiesta popular. Por no hablar de los contextos no festivos, como son los carcelarios, los bélicos, etc. de todas las épocas, donde los hombres de cultura cristiana y de cualquier cultura han sido y son frecuentes autores de agresiones sexuales. También hemos sabido, en fin, que en las semanas posteriores a los sucesos, al calor de la creciente xenofobia, se han producido ataques racistas en diversos lugares de Alemania.

Dicho esto, me pregunto si efectivamente la elevada sobrerrepresentación de hombres de origen norteafricano entre los agresores es un elemento que se pueda dejar atrás sin ningún comentario. ¿Hay algo en ese dato que deba ser analizado? ¿Podemos hablar desde la izquierda feminista? ¿Podemos hablar de ese hecho las feministas antirracistas? ¿En cualquier foro o sólo en foros “de confianza”, como podría ser éste, para no dar argumentos a la derecha xenófoba?

colonia

Algunas reflexiones y preguntas

Uno. El patriarcado es una organización social que adopta formas diversas en las diferentes sociedades y culturas (es claro que no es igual en Vitoria o en Riad) y que se transforma a lo largo del tiempo con el único objeto de mantener la dominación masculina. Y no todas las personas de un lugar lo encarnamos de la misma forma, aunque todas lo hacemos de un modo u otro porque forma parte de nuestra configuración social. Las feministas de sociedades de cultura cristiana tenemos la práctica de analizar el patriarcado que vivimos. Nos proponemos conocer sus formas, analizarlas, deconstruirlas, buscar sus rastros en nuestras vidas y en nuestros cuerpos, al tiempo que intentamos crear resistencias, impulsar autodefensas y nuevas formas de ser y de relacionarnos. La pregunta es: ¿podemos analizar también las formas de los otros patriarcados? Me refiero al patriarcado de quienes vienen de otras sociedades y que, claro está, no han dejado allí, sino que traen consigo. Aspectos como una mayor restricción sexual, una mayor segregación entre géneros, un mayor recurso a la legitimación por la religión, la condena de la homosexualidad, determinados estereotipos sobre colectivos y comportamientos locales… son rasgos de los patriarcados de procedencia de muchas personas que llegan de otros lugares. ¿Qué sucede al entrar en contacto con las sociedades de llegada?, ¿qué retos se plantean?,  ¿son cuestiones de las que podemos hablar?

Ante el riesgo de que el análisis sea entendido como una actitud de superioridad,  paternalismo, colonialismo, racismo… ¿es preferible no hacerlo?

Dejando de lado las numerosas reacciones contra los hechos de Colonia por parte de muchas personas y colectivos inmigrantes, ¿qué análisis hacen sobre las formas del patriarcado de origen en el nuevo contexto?, ¿la posición defensiva a la que se ven obligadas en la sociedad local impulsa a estas personas a no hacer ese análisis o a no compartirlo?

Dos. Estamos hablando de intersecciones. Desde el feminismo y desde la izquierda (porque esto a la derecha le importa poco), estamos aprendiendo a ver y a trabajar con las intersecciones que se producen entre subalternidades (ser “mujer”, “precaria”, “inmigrante”, “negra”, “lesbiana”, “con diversidad funcional…”) y sus consecuencias.

Y sin embargo todavía nos resulta más difícil la tarea cuando lo que tenemos delante son opresiones realizadas por personas que pertenecen a colectivos que  también son objeto de subordinaciones. En el caso de Colonia, en el que se cruzan dos subordinaciones, la de las mujeres y la de los inmigrantes, se nos funden los plomos y  podemos sentirnos entre la espada y la pared. Como si tuviéramos que elegir entre la denuncia de las agresiones machistas que se han producido y la defensa de la población inmigrante. Si los agresores hubieran sido un grupo de neonazis o los seguidores de un equipo deportivo, por ejemplo, cuánto más fácil nos resultaría tratar la cuestión.

Hace varias décadas que Kimberlé Williams Crenshaw, en un artículo clásico en el campo de la  interseccionalidad, se refería entre otras cosas al peligro de silenciar los malos tratos de los hombres contra las mujeres en las comunidades negras estadounidenses de la época para no crear tensiones cuando se consideraba que la prioridad era el antirracismo. Hoy, se nos siguen planteando los mismos dilemas. (El artículo, publicado originalmente en 1991, se puede leer en el libro Intersecciones: cuerpos y sexualidades en la encrucijada, Bellaterra, 2012, y tiene por título “Cartografiando los márgenes. Interseccionalidad, políticas identitarias y violencia contra las mujeres de color”).

Cuando en una situación interseccionan dos minorizaciones, cuando tememos que cuanto digamos puede ser aprovechado por el discurso xenófobo, ante el riesgo de “coincidir” en algo con la derecha racista… ¿es preferible no entrar en la cuestión?

Dos comentarios

Por mi parte, quisiera destacar la necesidad de discursos claros de denuncia desde el feminismo y desde la izquierda ante hechos como el de Colonia, discursos que pueden ser al mismo tiempo complejos y matizados, que pueden recoger efectivamente la complejidad de la realidad. Pero, ojo, creo que desde el feminismo, primero va la denuncia de las agresiones y luego la del lavado violeta y no al revés. Y si puede ser, expresada en párrafos diferentes, para darle a cada hecho la atención que merece, y a la denuncia de las agresiones en particular.   

El purplewhasing practicado desde otras instancias no debe ser motivo para el silencio, para el no análisis, porque esos espacios dejados vacíos van a ser ocupados por otras fuerzas. Hay muchas mujeres (y hombres) que no tienen formación ni militancia feminista y que deben percibir que el movimiento feminista y la izquierda prestan atención a las agresiones contra las mujeres, tengan el origen que tengan, entre otras cosas porque en estos momentos sí hay quienes están mostrando atención desde otros espacios políticos con un discurso de doble filo.

Nadie ha dicho que todo esto sea fácil. Seguimos hablando.

Categorized | Política

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