La “invención” del mundo rural

(Galde 17, invierno/2016). Pedro Berriochoa Azcárate. En la parte final de la película Tiempos Modernos (1935) se abre un epílogo con el título de Dawn (en el amanecer), y la cámara se recrea con la huida de la pareja formada por Charles Chaplin y Paulette Goddard, por un camino jalonado de postes eléctricos que conducen hacia unas montañas refulgentes por el sol naciente.

Los profesores de Historia hemos exprimido esta película hasta la infinidad. Siempre la hemos presentado como una crítica a la Revolución Industrial y al capitalismo como elementos provocadores de la degradación humana. Se trataría de la visión de Chaplin de la Crisis de 1929. Sin embargo, pasa desapercibida su crítica de la ciudad. A lo largo de la película, y a través de planos oblicuos, la ciudad emerge como una topografía ligada a la vida frenética, al tráfico loco y a una vida no humana. El ideal vital de Chaplin se centra en una casita donde la vaca da leche sin esfuerzo y las uvas se asoman a la ventana. Una suerte de mitificación del campo y de lo rural se esconde debajo de esta percepción.

La historia de la humanidad desde el Neolítico se articula en buena parte en torno a la contraposición entre campo y ciudad. Esta última, especialmente en momentos convulsos, ha imaginado un mundo rural poblado de seres virtuosos y felices, un lugar paradisíaco para vivir. Buena parte del discurso ideológico desde la antigüedad se funda en el principio esgrimido por Fray Antonio de Guevara (1480-1545) y su Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539). Por supuesto, la disipada vida mundana del fraile-obispo, habitando lejos del campo y de las humildes diócesis de las que fue obispo, disuenan con los asertos de su libro apologético. Teoría vs. praxis.

Viejos griegos como Jenofonte, Aristófanes o Aristóteles explicitaron la superioridad moral del campo sobre la ciudad. Los antiguos romanos como Virgilio u Horacio soñaron una vida apacible en sus villas rústicas, evidentemente trabajadas y servidas por obedientes esclavos, mientras que la gran urbe se desangraba en una orgía de sangre, motines y guerras civiles.

El “hombre natural”, el “buen salvaje”, la “supervivencia” del ser humano en estado de naturaleza han encandilado a muchos soñadores urbanos. Muchas veces, y con razón, se ha achacado esta percepción a las ideologías más conservadoras o retrógradas. Sin embargo, no podemos olvidar experiencias como la de los falansterios de Charles Fourier, la de los narodniki rusos o las prácticas comuneras impuestas desde la ciudad. El comunismo también ha dirigido su mirada hacia el campo, bien en versión estalinista o en su traducción asiática. Desde el maoísmo colonizador del campo o el comunalismo vesánico de los jémeres rojos, el campo se convirtió en un laboratorio social de primera magnitud. Como sabemos, estas “experiencias” imaginadas por las ideologías urbanas han ocasionado millones de muertos, especialmente a través de un colectivismo impuesto a sangre y fuego por aquellos teóricos que aplicaron con ahínco la imagen marxista del “saco de patatas” informe, que debía ser “dirigido” por las masas urbanas “organizadas”.

En nuestro país, afortunadamente, no han sucedido tragedias semejantes. Nuestra modernidad urbana, primero industrial y ahora terciaria, ha reducido lo rural a lo mínimo. Y cuando nos referimos al campo vasco, por supuesto, pensamos en el caserío atlántico, olvidándonos del verdadero agro, el mediterráneo, el del ager vasconum, que parece que no existiera. Y, sin embargo, el pobre caserío declinante, con evidentes problemas de supervivencia económica, tocando los palos más insospechados para “seguir” (segi) adelante, ha ganado la ciudad de una forma sorprendente. Se ha convertido en una suerte de elemento identitario de primer orden. Un liliputiense convertido en gigante simbólico. Ahí es nada.

Veo en las tiendas de souvenirs de la Parte Vieja de San Sebastián toda una suerte de bibelots que van desde el o la baserritarra hasta los carros de bueyes (gurdiak) o los humildes almiares (metak). El caserío junto al torero y a la bailaora vestida de faralaes. Por estas fechas del solsticio de invierno las calles de San Sebastián y Bilbao son “tomadas” por insospechados caseros. Ahora han dejado el escueto y pobretón traje de casero con el blusón de tergal de hace unos años y se lanzan, ellos y ellas, a todo un derroche de lino y lana. El mercado también ha encontrado un nuevo nicho en el “lujo casero”. Se celebran hasta bodas cuyos componentes van de “etiqueta casera”.

Por Santo Tomás, en Nochebuena con el Olentzero y extendiéndolo a alguna feria de Urte Zahar, los caseros invaden la ciudad. Los batos, los aldeanos se han hecho con la invicta villa ¡Por fin! Imaginamos a Zumalakarregi desde Begoña con sus binoculares mirando al Bocho. ¿Qué hubiera pensado de estos nuevos mendi-mutilak? No habría tardado en entender que le habían metido gato por liebre. No hay más que mirarles a la cara. Extrañas pilosidades, ferrallas varias, tatuajes más propios de las bestias… Y todos, eso sí, comiendo a dos carrillos talos bien rellenos con aquel embutido que antiguamente se repartía tan escasa y parsimoniosamente.

Hay una idea en el país de que los caseros vivían bien, sano, y comían mejor, más sano todavía. La hemos creado entre todos. Los historiadores tan preocupados con nuestros “míseros” obreros hemos olvidado a los baserritarras que se lanzaban al charco para ir a un destino ignoto en el Río de la Plata, o que en el siglo XX lo que querían era dejar de ser caseros para ser obreros (véase ejemplo en Galde nº 15). Especialmente las chicas caseras, acostumbradas al servicio en las casas burguesas de la urbe, no estaban dispuestas a casarse con un formidable etxekojaun, que, a pesar de su eufónico nombre, no pasaba de ser un pobre colono ¡Antes con un obrero que volver al caserío!

La virtud, las inveteradas “costumbres morigeradas”, la naturalización de un trabajo duro y a veces hercúleo (el lan da lan) eran una necesidad ante una vida estrecha y poco segura. Por supuesto, me refiero al caserío anterior a la Guerra Civil. Los políticos, los curas, los escritores, los artistas… convirtieron aquellas humildes moradas en partenones de nuestro ethos, en templos de nuestras virtudes, en academias de nuestra lengua, en el cobijo de nuestra identidad expuesta a vientos tan desagradables. Todo ello se hizo desde la ciudad. Los intelectuales urbanos imaginaron, “inventaron” (de inventio, descubrimiento en latín) un mundo rural acorde con sus ensueños e intereses. Y a fe que encontraron lo que buscaban.

A los caseros, tan ágrafos ellos, no se les ocurrió semejante idealización. Sabían lo que se cocía. Tampoco en sus manifestaciones, en el bertsolarismo, se les pasó por las mientes loar su humilde existencia. Casi todos los grandes bertsolaris fueron chicos nacidos en el caserío, desde Xenpelar hasta Basarri y, aunque siempre amaron su modo de vida, apenas nadie hizo mención de aquel supuesto Edén. Para ello estaban los Moguel, Arrese-Beitia, Agirre, Echegaray u otros. Tampoco en esto fuimos originales. A la par nuestra corrían otros campeones del ruralismo como Pereda o Palacio Valdés. Por centrarnos solo entre los escritores.

Maite Esnaola fue la última niña que nació en Bera-Bera, un caserío emblemático del barrio de Aiete. Hoy, existe la casa, pero los amplios terrenos de las dos viviendas de colonos han sido ocupados por lujosas urbanizaciones y un célebre club deportivo, cuyas chicas practican el balonmano en lo más alto de la liga española. Las antiguas calorías caseras que antes se convertían en pan, ahora se gastan en el solaz deportivo. Fue la madre de Maite, María Teresa Sorozabal, la última mayorazga del caserío. Cuando la urbanización las sacó del caserío, se trasladaron a una portería del Antiguo. María Teresa nunca echó de menos al viejo Bera-Bera. Cuando su hija Maite le hacía preguntas o comentarios edulcorados sobre su vida, le espetaba: “Maite, ¡cómo se nota que no has vivido en el caserío!”.

Categorized | Cultura, Dossier

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