Ibiltari baten egunkaritik: Desconfianza

Desconfianza

(Galde 18, Primavera/2017). Lourdes Oñederra. Junio es el mes de la luz. Los días más largos del año, preciosos atardeceres. Un mes maravilloso, aunque no tanto para estudiantes y enseñantes (y peor aún en la uni, donde no tenemos ni el consuelo de las vacaciones). Como una vez oí decir a Ruper Ordorika, sólo a un sádico se le ocurre poner los exámenes en primavera…

En uno de mis últimos paseos un padre me espetó: “a ver si les aprobáis a todos”. Pensé en contestarle como solía: “sí, de acuerdo, y que quienes aprueben sin merecerlo sean algún día profesores de tus nietos”. Pero no se lo dije. Este año estoy demasiado enfadada y ese padre inconsciente no se merecía que lo descargara todo en él.

Tenemos novedades en el reglamento de evaluación de la Universidad del País Vasco. Los nuevos aires de Bolonia parecían fomentar la evaluación continua, algo que yo siempre he visto con buenos ojos, frente al exceso de pruebas únicas, exámenes y tribunales diversos que inundan el sistema universitario de nuestro entorno (iba a decir español, pero creo que no es exclusivo).

La evaluación continua supone una serie de ventajas para el alumnado, que puede ir calibrando su marcha a lo largo de las quince semanas que aproximadamente dura cada asignatura. También la profesora va conociendo a cada estudiante con lo que puede, en el mejor de los casos, adecuar las cosas para facilitar un final feliz. Claro, el mejor de los casos supone que el alumno o alumna participe regularmente de las clases y trabaje en serio a lo largo del curso, desde el comienzo. No vale la empollada final. Esta es la contrapartida para los estudiantes. Para el o la docente, mucho trabajo de corrección (sobre todo con los grupos grandes) y la dificultad de programar e impartir la materia de manera que la instrucción permita en paralelo la evaluación.

A partir del curso que viene serán los propios alumnos o alumnas quienes decidan si quieren hacer evaluación continua o no. Tendrán para ello nueve semanas (más de la mitad del cuatrimestre) para poder observar cómo les va con la evaluación continua y decidir si, después de que les hayan corregido todo lo necesario también les van a tener que corregir un examen final. Si durante esas nueve semanas las cosas no han ido bien, ello no podrá repercutir en la nota del alumno que elija libre y graciosamente hacer un examen final.

No sé por qué me indigna tanto. Podía esperar algo así en un sistema universitario que “castiga” con carga docente a quien no alcanza un elevado listón en la carrera investigadora y premia con reducción de docencia a quien sí lo hace. Es un dato de cómo se concibe la docencia, a pesar de mucho cursillo de innovación pedagógica y oropel terminológico de última tendencia didáctica.

Podía esperar algo así de quien cada año nos envía reglamentos redactados como si todos nosotros, los profesores, las profesoras fuéramos una panda de holgazanes desequilibrados, que gozamos con suspender, con engañar poniendo notas injustificadas, con ir a pillar al pobre incauto.

¿Nos callamos por considerarnos privilegiados funcionarios con el sueldo seguro? Por una parte, no todos los que sufren el trato que denuncio han llegado aún a tener plaza fija. Por otra, ser funcionaria o funcionario no debería ser ni objeto de crítica ni motivo de vergüenza, sino conciencia de libertad… ¿Recuerdan aquella libertad de cátedra que un día fue sagrada y hoy no sabríamos tal vez definir? ¿Que hay quien se aprovecha para no trabajar, para interpretar como pura vacación los tiempos sin docencia y no investigar, para no preparar las clases? Ya. Pues a por ellos, pero que no nos minen la moral a los demás.

Me parece que la estampida de compañeros y compañeras que se prejubilan al son de los incentivos económicos tiene alguna relación con este ambiente de desvalorización de la figura docente, de desautorización progresiva del profesorado; con la sobregarga de tareas burocráticas y torpes procedimientos administrativos. Se jubilan con sesenta años, en plena madurez intelectual, cuando son mejores profesores… Dicen nuestras autoridades (y hay quien lo ha interiorizado así) que se trata de rejuvenecer las plantillas, pero luego amortizan muchas de las plazas que quedan libres…

¿Nos importa realmente la educación?

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