Hombres que lucharon por la igualdad

 

Galde 19 (verano/2017). Begoña Muruaga.
En la lucha por la igualdad, que se desarrolla como movimiento el siglo XIX, destacan sobre todo mujeres. Numerosos libros muestran el esfuerzo titánico que asociaciones de mujeres de todo el mundo hicieron en contra de la discriminación de las mujeres y a favor de la igualdad. En mi opinión, una de las publicaciones más exhaustivas al respecto es Las feministas. Los movimientos de emancipación de la mujer en Europa, América y Australasia, 1840-1920, de Richard Evans. En ella el autor repasa, durante 80 años, esa lucha que se extendió a lo largo de casi todo el planeta. Pero, antes de esos movimientos organizados, hubo hombres que denunciaron la situación de las mujeres y que propusieron soluciones para una sociedad más justa. Menciono aquí a algunos de ellos, y recojo algunos de sus textos, para que se vea que esa lucha no sólo es “cosa de mujeres”.

François Poullain de la Barre

Desconocido para la gran mayoría de la gente, este filósofo ha sido reivindicado por el movimiento feminista. Nacido en París, en 1647, fue hijo de una familia burguesa. Ordenado sacerdote católico, posteriormente se convirtió al calvinismo. Repudiado por la sociedad y su familia, se instaló en Suiza, donde se casó y tuvo dos hijos. Hasta el final de sus días se dedicó a la enseñanza.

Dos obras destacan en la producción del conocido como “el Stuart Mill del siglo XVII: De la igualdad de los sexos (1673) y De la educación de las damas (1674). En la primera de ellas el autor afirma que el trato desigual que sufren las mujeres no tiene fundamento natural, sino que procede de un prejuicio cultural. Dice, entre otras cosas, lo siguiente: “La diferencia entre los sexos está en la distinta distribución de las partes del cuerpo, y esa diferencia es necesaria para la reproducción. Pero el Señor les ha dado la misma alma a los hombres y a las mujeres, y ahí no hay diferencias sexuales. El mismo espíritu, el mismo razonamiento y la misma capacidad para utilizar la palabra les ha dado a hombres y mujeres”.

En opinión de Poullain de la Barre, la base principial de la discriminación de las mujeres son los prejuicios: “Entre todos los prejuicios no hemos encontrado ninguno que se adapte mejor a sus objetivos; nos referimos a la tan extendida diferencia entre hombres y mujeres… Como las mujeres están sometidas a las costumbres y los prejuicios, es normal que al final les parezca normal la discriminación y creen que las mentes de hombres y mujeres son tan distintas como sus cuerpos, y que, por eso, debe haber una diferencia entre los sexos para cualquier función. Pero la diferencia sólo está en el cuerpo; si nos referimos a la inteligencia, hay que decir que la inteligencia no tiene sexo”.

Defensor acérrimo de la educación de las mujeres, Poullain de la Barre estaba convencido de que si las mujeres eran educadas como los varones, podrían acceder a cualquier carrera superior, incluidas las carreras científicas, algo absolutamente impensable en aquella época.

Marie Jean Antoine Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet

El filósofo, científico, matemático y político francés Marie Jean Antoine Nicolas de Caritat, más conocido como Condorcet, nació en Ribemont, en 1743. Fue uno de los alumnos favoritos de D´Alembert y perteneció a la Real Academia de Ciencias. Publicó numerosos trabajos relacionados con la política, los derechos humanos, las matemáticas y otras ciencias, y destacó por su defensa de los derechos de las mujeres. Ya en la Asamblea de París defendía el voto de las mujeres.

Miembro de la Comuna de París y amigo personal de D`Alembert y Voltaire, Condorcet opinaba que la función del Estado era garantizar a la ciudadanía sus derechos, y cuando hablaba de ciudadanía se refería a hombres y mujeres. Así las cosas, publicó Sobre la admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía al año siguiente de la Revolución Francesa, una época en la que la burguesía estaba en alza e imponía a las mujeres una moral muy estricta. Condorcet, sin embargo, defendía que hombres y mujeres eran iguales y que debían tener los mismos derechos. “¿Acaso hay una razón más fuerte que la costumbre para reivindicar la igualdad entre los hombres y negársela a las mujeres? Esa discriminación es pura tiranía, y para que las cosas no sean así, habría que demostrar alguno de estos prejuicios: que las mujeres no tienen los mismos derechos naturales, o, en el caso de que los tengan, no son capaces de ejercer esos derechos”, decía en su texto.

Condorcet estaba convencido de que la discriminación de las mujeres era consecuencia directa de la educación: “Dicen que las mujeres no han hecho grandes descubrimientos en el campo de la ciencia, que no ha habido mujeres genios ni en las artes ni en las letras, pero si quitamos a algunos hombres sabios, hay igualdad entre el resto de hombres y mujeres”. Y añadía: “También se dice que las mujeres son mejores que los hombres en algunas cosas; que son más dulces, más sensibles, que no están tan vinculadas a los vicios que les llevan al egoísmo y al corazón duro; también que no tienen sentido de la justicia. Se dice que responden más a los sentimientos que a la razón. Eso es cierto, pero no demuestra nada: no es la naturaleza, sino la educación la que le lleva a la mujer a esa diferencia social”.

John Stuart Mill

Nacido en Londres, en 1806, John Stuart Mill fue filósofo y economista, así como seguidor de las teorías utilitaristas de su padre. Como, por otra parte, le interesaban las ciencias sociales, se empeñó en buscar un equilibrio entre ambas. Como miembro del Parlamento Británico, por otra parte, defendió en numerosas ocasiones el voto de las mujeres.

Como ya dije en un artículo anterior, al hablar de parejas atípicas, John Stuart Mill está íntimamente ligado a otra defensora de la igualdad: Harriet Taylor. Quienes han indagado en su biografía afirman que si el encuentro entre ambos no se hubiera producido, la evolución de Stuart Mill no habría sido la misma con respecto a los temas de igualdad.

John y Harriet se conocieron en 1830, cuando ella estaba casada con John Taylor, y su relación fue desde el principio una comunión intelectual en toda regla. No sólo se intercambiaban cartas o discutían sobre numerosos temas, sino que publicaron juntos, concretamente en 1832, Los primeros ensayos sobre el matrimonio y el divorcio. Y ello a pesar de las discrepancias que mantenían sobre ambos temas. John defendía estrictas normas para que la gente accediera tanto al matrimonio como al divorcio; Harriet, sin embargo, era más partidaria de que determinadas cuestiones no se regularan y las decidieran libremente los cónyuges.

Cuando Harriet quedó viuda, decidieron contraer matrimonio, pero solo convivieron siete años, ya que una enfermedad se llevó a Harriet siendo aún joven. Tras la muerte de su esposa, Stuart Mill publicó La sujeción de la mujer, un ensayo riguroso sobre la opresión de las mujeres. En la obra utiliza los términos “esclavitud legal de la mujer” y “sujeción física”, denuncia los malos tratos que las mujeres reciben de sus maridos y defiende su derecho a la educación y al desarrollo en igualdad de todas sus capacidades artísticas e intelectuales. En una pasaje del libro dice lo siguiente: “no pedimos para las mujeres privilegios ni protecccionismos; sólo pedimos la abolición del proteccionismo y de los privilegios de que actualmente gozan los hombres”. Más adelante afirma: “hemos tenido la moral de la sumisión y la moral de la caballerosidad y de la generosidad; ha llegado la hora de la moral de la justicia”

También se refiere a “lo injusto que es excluir a la mitad de la raza humana del mayor número de ocupaciones lucrativas y de casi todas las altas funciones sociales, decretando desde su nacimiento que las mujeres no son aptas para empleos que están legalmente abiertos para los más estúpidos y los más viles del otro sexo”. Y casi al final del texto concluye: “La regeneración moral de la humanidad no empezará realmente hasta que la relación social más fundamental se someta al régimen de una total igualdad, y hasta que los seres humanos aprendan a consagrar su mayor afecto y a compartir los sentimientos de un ser igual a ellos en derechos y en cultura”.

Adolfo González-Posada y Biesca

El abogado Adolfo González-Posada y Biesca nació en Oviedo, en 1860. Tras finalizar sus estudios de Derecho, se fue a vivir a Madrid. Krausista convencido y seguidor de las teorías de Giner de los Ríos, Adolfo Posada defendió durante toda su vida la igualdad de las mujeres.

Autor de innumerables ensayos, sus trabajos más interesantes son los del ámbito de la sociología y de las leyes. En lo referente a la igualdad, sus teorías se recogen en algunos artículos, así como en su libro más conocido: Feminismo, de 1899. Se dice que fue él quien popularizó el término feminismo.

En él, Posada analiza el feminismo desde perspectivas diferentes (física, moral y económica), explica las diferencias entre las distintas corrientes del feminismo de la época, habla del feminismo de otras latitudes y critica los prejuicios que existen en la sociedad con respecto a la igualdad de las mujeres.

Para Posada el feminismo es “el movimiento favorable a la mejora de la condición política, social, pedagógica y muy especialmente económica de la mujer. Preocupado sobre todo por la situación legal y económica de las mujeres, Posada afirmaba: “…la mujer vive en condiciones de notoria inferioridad; su existencia es mil veces más difícil… que la del hombre; es cien veces más problema el porvenir de la hija que el del hijo; a la mujer que se casa se le somete a un régimen jurídico y económico de verdadera servidumbre, especialmente en ciertas clases… Si el hombre encuentra abiertos mil caminos de emancipación moral, jurídica y económica… la mujer no tiene más carrera… que el matrimonio y a veces el convento… En suma… que si difícil resulta en la actualidad la vida del hombre, es más difícil la de la mujer”.

Frente a la opinión generalizada de que hombres y mujeres son distintos y deben tener, por tanto, un trato diferenciado en la sociedad, recuerda lo siguiente: “Lo que el feminismo dice es que el hombre y la mujer son, a pesar de su sexo, seres perfectamente iguales en cuanto a la dignidad, valor moral, representación humana… por lo que deben estar sometidos a un régimen jurídico idéntico, con iguales derechos, a un tratamiento educativo y a idénticas condiciones en lo tocante a la expansión de sus tendencias humanas. El sexo no debe implicar una vida económica, política, legal, moral distinta, ni en lo relativo a las exigencias sociales, ni en lo relativo a las obligaciones sociales… Las diferencias fisiológicas sexuales entre hombres y mujeres son importantísimas, ¿cómo negarlo?, pero no determinan ni un tratamiento educativo distinto en lo que tienen de común, ni menos una incapacidad por parte de las segundas para ninguna de las manifestaciones verdaderamente humanas que no tengan por condición inmediata el sexo”.

Posada, hombre culto y gran conocedor de la historia, afirma que muchas mujeres han demostrado la misma capacidad que los varones para lograr determinados fines. Por ello, señala “no debería ser la fisiología la que juegue un papel predominante en la condición femenina y las relaciones entre los sexos, sino la sociología”.

Más de trescientos años después de las primeras manifestaciones a favor de la igualdad, más de cien años después de muchas de las contundentes frases que aquí aparecen, parece mentira que todavía estemos debatiendo sobre qué es el feminismo, dónde están los orígenes de la discriminación o a qué tienen derecho las mujeres. Podemos matizar algunas de las afirmaciones que aparecen en este texto, pero yo diría que, en lo fundamental, todo lo que se dice aquí sigue siendo válido hoy en día.

Begoña Muruaga

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