Hacia el encuentro con las víctimas

Jesús Herrero. (Galde 07, uda-verano/2014). La aproximación a la realidad de las víctimas está relacionada con la aproximación al propio problema de la violencia. Desde un punto de vista ético y de defensa de los derechos humanos es obligado rechazar todo tipo de violencia terrorista e ilegítima. En el caso de Euskal Herria, una creciente mayoría de la sociedad se ha ido sumando a ese rechazo. Es un punto de partida desde el que poder avanzar en la deslegitimación de esa violencia mediante la incorporación de la experiencia de las víctimas, que deben ser reconocidas como las trágicas destinatarias de un ataque que no sólo iba dirigido contra ellas en particular, sino contra toda la sociedad y con el objetivo de amedrentar e intentar imponer una determinada visión de la realidad. Esta perspectiva de las víctimas implica, así mismo, el reconocimiento del daño irreparable e injustamente causado.

Este es el proceso lógico que queda al descubierto cuando nos encontramos, fundamentalmente en la izquierda abertzale tradicional, con quienes reclaman una serie de reivindicaciones para un determinado colectivo de víctimas sin haber hecho el reconocimiento global de todas las víctimas, sin haber realizado un reconocimiento del daño causado y sin haber rechazado claramente la utilización de la violencia como instrumento político que las causó. Su discurso, a día de hoy, presenta todavía importantes carencias.

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Siempre existirá un enorme déficit en el tratamiento y en la atención a las víctimas, pero, al menos, es destacable que, en nuestro ámbito, se ha empezado a abordar esta problemática antes de que finalizara el propio fenómeno de la violencia. Este hecho es un hito reseñable desde la perspectiva de la resolución de conflictos, en la que con frecuencia se están intentando aplicar fórmulas externas que están resultando escandalosamente fallidas. Aún hoy, iniciativas institucionales que fueron impulsadas en el pasado siguen produciendo significados éticos y de convivencia de mucho mayor calado que otros planes actuales, más tendentes a reproducir el discurso del contexto y del colectivo como subterfugio para eludir la autocrítica y la responsabilidad de la violencia propia.

Cada víctima es individual. En ocasiones se ha utilizado la generalización fácil para evitar responsabilidades y una mayor implicación. Por ejemplo, cuando se acusa a algunos colectivos de víctimas de estar demasiado politizados. Algunos de sus pronunciamientos han ido en esa dirección, pero eso no puede ser excusa para no abordar su problemática. Con frecuencia se utiliza la catalogación o el encasillamiento fácil para “en una especie de resta de responsabilidades, ir compensando unas con otras y, en el mejor de los casos, reconocer, a regañadientes y por imperativo estratégico, la diferencia resultante”. (“El eco del silencio”, Ana Rosa Gómez Moral, Galde nº2).

Si observamos la realidad, se rompen los esquemas cómodos que están bastante asentados en la mayoría de la sociedad, por ejemplo, cuando comprobamos que víctimas del GAL y víctimas de ETA participan desde hace tiempo en una misma asociación o cuando nos detenemos a observar la enorme diversidad existente entre las víctimas del GAL o de actuaciones ilegítimas de las fuerzas policiales.

En el contexto actual, es realmente reseñable y una contribución enorme e impagable que sea un grupo de víctimas quien esté avanzando más significativamente en la dirección del reconocimiento de todas las víctimas. Iniciativas como “Gleencree” constituyen un ejemplo extraordinario de cómo desde la experiencia dolorosa individual se puede empatizar con otras víctimas, con otras especificidades, con otras circunstancias y cómo son capaces de identificar espacios comunes que, según sus propios testimonios, les reconfortan. Otro ejemplo significativo lo constituyen los “encuentros restaurativos” entre víctimas y victimarios, partiendo en ambos casos de la total libertad individual para participar en ellos. Este dialogo, siempre duro para sus protagonistas, ha permitido poner en práctica a los victimarios el reconocimiento del daño causado, no en genérico, sino expresado personalmente a quienes directa o indirectamente lo sufrieron. Resulta paradójico que estas iniciativas no tengan continuidad porque no cuenten, en este momento, con el respaldo institucional necesario.

Es igualmente incomprensible la soledad institucional en la que se encuentran los presos de la denominada “Vía Nanclares”. No hay que esconder ni olvidar los delitos que cometieron, y ellos mismos no lo hacen, pero hay que reconocerles su valentía al dar el paso del rechazo a la violencia y del reconocimiento del injusto daño causado y, además, realizarlo desde la perspectiva de las víctimas. Su valioso testimonio es una poderosa e insoslayable crítica ética, pero también política, a esa izquierda abertzale tradicional que sigue sin dar los pasos necesarios.

Estos presos no cuentan con el apoyo del Gobierno central, pero, en esta legislatura y hasta este momento, tampoco han contado con un apoyo decidido del Gobierno vasco, que parece ha priorizado, a través de la Dirección de Paz y Convivencia, la situación de todo el colectivo de presos que, históricamente, siempre se ha movido desde la ortodoxia. En cambio, la realidad muestra que la desvinculación de la violencia parte del compromiso y la decisión individual.  No es un proceso sencillo. Implica una ruptura radical con el pasado, que deja a la persona sin ese soporte colectivo que exime al individuo de su responsabilidad frente al uso de la violencia.

No obstante, las últimas declaraciones del Gobierno vasco parecen indicar un punto de inflexión para dar un mayor apoyo a este colectivo de presos de la “Vía Nanclares”. Puede que haya sido forzado por las circunstancias, ya que aportaciones recientes a favor de ese objetivo de la convivencia, que no se puede regular a través de leyes, parten de la iniciativa particular y sin ningún apoyo institucional. Estas iniciativas han sido, por ejemplo, el dialogo radiofónico entre el ex miembro de ETA Urrusolo Sistiaga y la víctima Iñaki G. Arrizabalga donde el primero realizaba un claro reconocimiento del daño causado y afirmaba “Me siento responsable de todas la víctimas, no solo de las que he causado” (Cadena SER 13/07/2014), o el encuentro entre Maixabel Lasa e Ibon Etxezarreta, la persona que asesinó a su marido Juan Mari Jauregi, durante el acto de recuerdo anual que se le realiza (Legorreta, 29/07/2014).

Estos ejemplos dejan al descubierto la inutilidad de la violencia. La dejan desnuda, sin ningún tipo de excusas, justificaciones o supuestas explicaciones. Ponen en primer plano a las personas, a las víctimas, a todas ellas, a su dolor y daño irreparable. Una vez más, las víctimas nos proporcionan a la sociedad y, por tanto, también a sus gobernantes un regalo impagable, porque es algo a lo que no están obligadas. Son ellas, las víctimas, junto a esos procesos individuales de los victimarios, quienes nos facilitan los mejores ejemplos de cara a la convivencia, al reconocimiento de todas las víctimas, al reconocimiento del daño causado, en definitiva a favorecer la convivencia. Deberíamos poder hablar de “todas las víctimas” sin que estas palabras pudieran tener ningún tipo de connotación o interpretación interesada que intente desdeñar a algunas de ellas o intente eludir responsabilidades propias. Desgraciadamente, todas son víctimas. Son, todas ellas, fruto de la irracionalidad que atenta contra los derechos básicos del ser humano. Lo mínimo que podemos proporcionarles a todas ellas es reconocimiento, verdad, justicia y memoria.

Categorized | Derechos Humanos, Política

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