El regreso del enemigo interior

“La llibertat conquerida en l’apassionada recerca
del que és ver i el que és just, i amb sobrepreu de dolor, (…)”

“La libertad adquirida en la apasionada búsqueda
de lo que es verdadero y justo, y con sobreprecio de dolor, (…)”

Elegía IX. Carles Riba. Elegies de Bierville. 1941. Traducción de Alfonso Costafreda

(Galde 20 invierno/2018). Ramón Casares.
Como es sabido, Miguel de Unamuno en su último acto como rector emérito de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, “Día de la raza”, se enfrentó a los falangistas presentes en la sala. En respuesta al discurso de Maldonado de Guevara en el que se tildó catalanes y vascos de “antiespaña”, Unamuno arguyó: “por la misma razón ellos (catalanes y vascos) pueden decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo (Pla i Daniel) catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer. Y, yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñandoos la lengua española que no sabéis.” Y dirigiéndose a Millan Astray (general legionario mutilado que copresidia el acto) soltó: “el general Millán Astray no es un espíritu selecto: quiere crear una España nueva a su propia imagen. Por ello lo que desea ver es una España mutilada. 1” La convicción unamuniana de que el corazón del Estado es brutal e ignaro – “no sabe ganar, sólo imponer” ha dicho Ernest Maragall- es, en mi opinión, una de las razones de la persistencia del independentismo en Catalunya.

Se suelen considerar la crisis económica que empezó en 2008 y el recorte del Estatut de 2010 como factores desencadenantes del movimiento independentista catalán. Sin embargo, hay hechos anteriores sumamente graves que prefiguran la situación actual. Ante los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, el gobierno del PP, al preferir culpar a ETA (vasca), se adelantó a la era de la posverdad y la sinvergonzonería acompañado por una prensa afín capaz de sostener la mentira más allá de toda evidencia. La movilización subsiguiente -en la que por primera vez los SMS entraban en acción- y la derrota electoral del PP mostraban un nervio cívico esperanzador que, frente a la crisis y la corrupción, asomaría nuevamente en Madrid y Barcelona con el movimiento de los indignados de 2011.

Uno de los hilos conductores que explica el crecimiento rapidísimo del independentismo entre los años 2006 y 2013 (del 14% al 48,5% según el CEO) es la percepción de que la derecha española había roto todos los diques. El movimiento masivo en la calle no puede ser descrito únicamente como la movilización de una clase media blandengue, buenista y utopista, encantada de saberse tan astuta, organizada, moderna y pacífica como su propia propaganda la describe, sino como una ola de fondo de respuesta a una amenaza muy seria, una ola que debe ser explicada principalmente en términos de dignidad -la forma moral de la libertad. Lamentablemente, hoy en el resto del Estado esta ola está en recesión, tanto en la calle como en su expresión electoral, y el independentismo catalán ha podido ser presentado, sin apenas resistencia intelectual, como la reencarnación del enemigo interior.

Tras la represión masiva del 1-O al grito de “a por ellos”, la bendición del monarca, la cárcel para dirigentes sociales y consellers, el exilio del President, la aplicación del artículo 155, la intervención de las instituciones catalanas y la consiguiente movilización de los sectores sociales antiindependentistas parecía que había llegado la hora de que, al fin, el souflé -puesto que no bajaba por si mismo- fuese aplastado. No fue así. No se puede precisar en qué medida la represión ha alimentado o ha inhibido el voto independentista pero en las elecciones del 21D éste ha alcanzado un 47,49%, algo que desmiente algunas ideas preconcebidas:

  1. La noción de que un incremento de la participación favorecería las opciones no independentistas (la mayoría silenciosa o el voto dual). En todo caso, el 21 de diciembre, con una participación del 79,04%, el independentismo obtuvo sus mejores resultados en términos absolutos.
  2. El efecto del supuesto «engaño» a que habían sido sometidos los independentistas por parte de sus dirigentes. El día 21 de diciembre todo el mundo sabía que la República catalana proclamada pero no instituida estaba en un callejón sin salida, por no hablar de los inexplicados hechos acaecidos alrededor de la DUI del 27 de octubre.
  3. La importancia decisiva de lo económico: quienes el 21 votaron una opción independentista ya no podían ignorar que el «procés» conllevaría problemas económicos graves, como la marcha de empresas, el descenso del turismo o el boicot comercial. Este empecinamiento, por otra parte, no se compadece con el cálculo egoísta e insolidario que se atribuye a la causa independentista.
  4. El rechazo europeo. Desde el 1O era diáfano que la independencia era vista con malos ojos, que la vía unilateral no tenía recorrido y que lo único que podía esperarse de los organismos europeos y de sus dirigentes máximos era una discreta presión para moderar los excesos represivos que una parte significativa de la opinión pública mundial reprochaba al Gobierno del PP.

Los resultados del 21D desmienten también las acusaciones de pucherazo hacia el 1 de octubre. La unilateralidad no era sinónimo de falta de garantías. Una parte de la izquierda catalanista confundió la menor legitimidad y peso político de un referéndum no acordado con la falta de escrúpulos, una excusa para no implicarse y un insulto para quienes contaron votos bajo presión policial. Con ello, esta izquierda se aleja de una larga trayectoria en que había confluido con el nacionalismo democrático en una formulación de la identidad basada en el ius solis. “Un sol poble” -concepto atribuido a Josep Benet- aludía a la necesidad de considerar a toda la ciudadanía, con independencia de su lengua u origen, como único sujeto político en Catalunya, la base del “derecho a decidir”. Esta era la idea hegemónica enfrente planteamientos nacionalistas de uno y otro lado tentados por la consolidación de dos comunidades jerarquizadas. En la protesta general del 3 de octubre todavía se vió algo parecido a “un sol poble”. Más tarde, entre la precipitación independentista y la respuesta desbocada del Estado, esta forma de articulación cívica de la identidad ha saltado “hecha añicos” en expresión de Josep Ramoneda. 2

Ahora bien, ni el propio independentismo podrá desarrollarse, ni será posible una izquierda que no se confunda con la razón de Estado si, como parecen desear ahora también los dirigentes de Ciudadanos, se prescinde de la idea de una sola comunidad política catalana.

“Los resultados del 21D desmienten las acusaciones de pucherazo hacia el 1 de octubre. La unilateralidad no era sinónimo de falta de garantías”

Los partidarios del 155 han alcanzado un 43,49% de los votos. Los resultados ponen de manifiesto, una vez más, una Catalunya no solo ajena sino hostil a la construcción nacionalista y republicana. La concentración del voto en Cs se explica, salvando el enorme despliegue de medios, por el hecho de aparecer como el partido más radical y con menos ataduras a la hora de hacer frente al independentismo. La campaña de C,s ha sido desacomplejadamente nacionalista (“yo soy español” por triplicado) pero no habría fructificado sin conectar con preocupaciones arraigadas en sectores sociales amplios:

  1. La percepción de que los dirigentes independentistas no eran de fiar, puesto que eran capaces de engañar a su propia gente e ignorar a los no independentistas. La DUI confirmó este temor. La decisión de proclamar simbólicamente la República apuntaba a satisfacer a los sectores más activos del independentismo pero borraba las dudas que la actuación represiva del Estado había levantado entre los no independentistas. Una parte del voto anteriormente socialista se decantó por esta razón.
  2. El temor de que la situación empeore (los más perjudicados serían los sectores vinculados a la economía financiera y al turismo, y los trabajadores y grupos sociales menos calificados).
  3. La ecuación entre España, Europa y la modernidad y el temor a volver a ser identificados como la España de la boina y el borrico, a no ser considerados suficientemente demócratas. La reversión especular del nacionalismo catalán está en el origen tanto de Ciudadanos como de SCC. Ello conecta con la conciencia de unas clases medias que han prosperado en Catalunya y que -bajo la égida del Estado- sienten no deber nada al nacionalismo catalán. “Somos españoles, no fascistas”, se gritaba en las manifestaciones de SCC, acaso también para distanciarse de los fascistas que desfilaban a su lado.

Esta Catalunya “española” es muy diversa y se nutre, de entrada, de amplios sectores de las clases altas. Así, Ciudadanos obtiene sus mejores resultados en los barrios de Barcelona con la Renta Familiar Disponible más alta (Pedralbes, Tres Torres y Sant Gervasi Galvany). Pero, algunos de estos factores explican que Ciudadadanos gane, también, con grandes porcentajes en los barrios más pobres como Trinitat Nova. En este caso, hay que añadir el temor a ser expulsados civilmente e incluso físicamente de una Catalunya independiente que se ha adueñado de sectores populares ajenos a la construcción nacionalista y republicana, especialmente los de más edad y los más empobrecidos. Se ponen de manifiesto así las debilidades del proyecto independentista: la televisión en catalán, básicamente pública, no puede competir en audiencia con las suma de las privadas y nunca se contempló la posibilidad de un canal en castellano. 3La escuela permite el acceso al catalán, pero el fracaso y el abandono escolar afectan a la mayoría de estos barrios donde la actividad asociativa y cultural ha caido considerablemente. La crisis, los recortes y los problemas de financiación han dado al traste con muchos de los programas urbanísticos, sociales y escolares que se pusieron en marcha en la época de los tripartitos. Dado que los partidos del 155 no han logrado imponerse, Ciudadanos anuncia el atrincheramiento en el Parlamento, la consolidación de una base estable en los entornos metropolitanos de Barcelona y Tarragona y la profundización de la ruptura social en Catalunya para proyectarse hacia el resto del Estado.

“El temor a ser expulsados civilmente, e incluso físicamente, de una Catalunya independiente se ha adueñado de algunos sectores populares ajenos a la construcción nacionalista y republicana”

La mejor noticia para el independentismo es haber ganado las elecciones. El balance de la legislatura cerrada por los hechos de octubre y las elecciones del 21D supone una importante revés: la vía unilateral ha quedado cerrada indefinidamente. Los estragos causados por las prisas y el voluntarismo han reportado el dudoso honor de reencarnar la “antiespaña”. Ahora el independentismo necesita ganar iniciativa política y social desde las instituciones. Ello no siempre será compatible con la necesidad de responder -en el plano simbólico y en el plano político- a la presión tanto del Estado como de sus adversarios en Catalunya y conservar el nervio de la movilización en la calle. Los ataques, por desgracia, vienen desde muchos frentes. Encabezados por el Gobierno, los jueces someten preventivamente a díscolos y rebeldes aún sin condena y corrigen los resultados electorales mientras los medios de comunicación constituyen un frente hostil abonado a la posverdad. Sus objetivos: una TV3 seriamente amenazada; la escuela, a la que se achaca adoctrinamiento y fomento del odio y a la que se desea depurar; la propia policía autonómica, convertida en la gran culpable del 1O; en fin, los pilares de la hegemonía y del “poder” nacionalistas. Unos pilares que, a la luz del artículo 155 de la Constitución, no parecen gran cosa pero que, hoy por hoy, junto con la dignidad de la gente en la calle, son sus principales bazas.

Categorized | Dossier, Política

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