El eco del silencio

Gesto por la Paz ha clausurado su silencio. No lo ha roto con el ruido y la algarabía, sino que, simplemente, lo ha enmudecido. Y es que el silencio sólo se puede callar cuando ha estado lleno de significado. De ahora en adelante, será ese significado el que seguirá susurrando a nuestros oídos la verdad de una experiencia extraordinariamente válida para la convivencia entre ciudadanos libres. Porque, aunque sea cierto que Gesto por la Paz ha podido disfrutar de un desenlace satisfactorio en sus aspiraciones, también es innegable que, hoy, la gran mayoría esas mismas aspiraciones continúan formando parte crucial del futuro próximo de nuestra sociedad. Las concentraciones silenciosas de quince minutos de silencio, unidad mínima de Gesto por la Paz y su seña de identidad más genuina, contenían ya la idea de la radical deslegitimación de la violencia, la forma más indigna de relación entre los seres humanos. Se convocaban, además, independientemente de cualquier circunstancia que rodeara a la víctima o a la persona muerta. En este sentido, iban incluso más allá de la petición de reconocimiento a todas las víctimas de todos los tipos de violencia ilegítima o abusiva, que ahora todo el mundo ve como un gran avance, puesto que se llevaban a cabo también cuando quien perdía la vida era el propio terrorista en el ejercicio de su acción violenta. Esta actitud sigue conteniendo una gran dosis de sentido para quienes deben abordar el necesario reconocimiento de un error que tanto daño nos ha causado, no por el mero hecho del reconocimiento como culpa, sino, sobre todo, como una manera de liberar nuestra convivencia de muertes y asesinatos razonados. Hay, ahora, una tentación de elaborar catálogos de injusticias para, en una especie de resta de responsabilidades, ir compensando unas con otras y, en el mejor de los casos, reconocer, a regañadientes y por imperativo estratégico, la diferencia resultante. Sin embargo, esa es la parte fácil. Reconocer el daño causado a otros resulta, en el fondo, más sencillo que admitir la pérdida propia, sobre todo cuando ha sido fruto de una acción voluntaria. La llamada izquierda abertzale se mostraba furibunda cuando Gesto por la Paz se manifestaba por los muertos en acción violenta. Era su manera de utilizar a los muertos para separar a los vivos. Hoy, lo que se nos revela es que no hay mayor separación que la que aleja a los muertos de los vivos. Por eso, quienes han apoyado y justificado la violencia tienen ante sí la inmensa tarea de reconocer el dolor que han causado a otros, pero también el que se han infligido a sí mismos. En ninguno de esos catálogos de injusticias que ahora vamos a elaborar apresuradamente, se recogerán los nombres, por ejemplo, de Olaia Castresana u Hodei Galarraga, jóvenes de apenas 20 años, muertos por la explosión de la dinamita que estaban manipulando o transportando. No fueron víctimas de ninguna injusticia o abuso y, sin embargo, estas pérdidas humanas también requieren una explicación. Gesto por la Paz se la otorgó al concentrarse por su muerte inútil e innecesaria y al hacer ver que no es imprescindible perder la vida por una causa para hacerla posible, mientras, muy probablemente y en sentido totalmente opuesto, alguien les rendía algún homenaje paramilitar por su sacrificio. Era la defensa de la vida frente a su instrumentalización. Quienes, durante años, utilizaron la rebeldía propia de esa edad para que muchos jóvenes demostraran su pureza ideológica a través de la participación en las escalas de la violencia, deberían empezar por ahí, por reconocer el destrozo que han causado en la existencia de muchos de sus propios acólitos, algunos muertos y otros muchos consumiendo gran parte de lo mejor de su vida en las cárceles. Dado que el ejercicio violento exige arriesgar la vida y ponerla al servicio de la causa que dice defender y que, de hecho, esa es la premisa para poder llegar a asesinar a otros, el verdadero punto de retorno a la inocencia no será reconocer sólo los asesinatos perpetrados, sino aceptar que la elección de la violencia fue el primer paso para la deshumanización tanto de quienes ejercían la violencia como de quienes eran sus víctimas. Además de esa aportación contra todas las muertes, piedra angular de lo que debería constituir una auténtica deslegitimación de la violencia, el eco de las propuestas que Gesto por la Paz ha ido dejando a lo largo de sus 28 años de andadura sigue resonando como si fuera producido por una voz nueva. Dos elementos de su funcionamiento son los que han convertido su discurso del pasado en la realidad más plausible del presente. Uno tiene que ver con la materia prima. Los derechos humanos y los principios democráticos han sido las únicas lentes de Gesto por la Paz. A través de ellas ha mirado el fenómeno violento y sus efectos, y a través de ellas ha devuelto la mirada de las soluciones posibles. El otro elemento ha sido su concepción del tiempo. Gesto por la Paz siempre ha actuado en el ‘mientras tanto’. Nunca ha esperado ni ha hecho ningún cálculo de conveniencia para hacer lo que creía que tenía que hacer en cada momento. El trabajo con una materia prima tan pura y en el tiempo que le tocó vivir han obrado esta suerte de paradoja, según la cual Gesto por la Paz se ha disuelto justo cuando más vigencia han alcanzado sus ideas. Al final, el cese definitivo de la violencia no ha necesitado precio político alguno, de manera que Gesto por la Paz ha podido ver cumplido su imaginario de separación de conflictos. La sociedad puede, ahora, resolver su conflicto político, o cualquier otro, sin la injerencia de una fuerza fáctica carente de legitimidad democrática. Por otra parte y sin ir más lejos, hoy, el acercamiento de los presos es una petición mayoritaria. Gesto por la Paz no tuvo que esperar a ese fin de la violencia para fundamentar esta demanda, a la luz de los principios que la propia ley expresa, y para proclamarla, desde 1994, de manera pública y ante todos los poderes que tuvieran alguna responsabilidad en su aplicación. Asimismo, Gesto por la Paz siempre consideró que la reinserción sería un modo aceptable para la mayoría en la recuperación de los presos para la vida en sociedad y, de hecho, actualmente, no se vislumbra otra alternativa más admisible. En realidad, gran parte de lo que ahora se observa como posibilidad de futuro, para Gesto por la Paz es, prácticamente, un espejo retrovisor. Pero hay algo que también ha formado siempre parte esencial de las preocupaciones de Gesto por la Paz y que ya no tiene remedio. Son las víctimas y las vidas perdidas. Son irrecuperables. Su significado ya sólo tiene sentido para los vivos. Por eso, su memoria debería formar parte del primer plano de la verdad. La indiferencia, la injusticia e, incluso, el desprecio con que tratamos muchas veces a las víctimas no debería tener una prolongación ni en nuestros recuerdos ni en nuestra historia. Su ausencia nos debe proporcionar herramientas no para la normalización, sino para la superación de las carencias, humanas y cívicas, que, durante tantas décadas, han formado parte de nuestras vidas. Gesto por la Paz se ha disuelto. Ya sólo nos queda el eco de su silencio, que revolotea por el aire no como un águila o un halcón, sino como un ave humilde de vuelo sencillo. No somos pocas las personas que echaremos de menos su voz genuina, su suavidad de pensamiento y la mano tenue con la que sosegaba nuestras iras o mitigaba nuestra rabia. Después de 28 años, todo eso debería formar parte consustancial de nosotros mismos. De hecho, Gesto por la Paz éramos nosotros mismos. Y, sin embargo, no sé por qué, me da la sensación de que constituíamos una especie de tautología. Conformábamos Gesto, pero éramos así, precisamente, por ser de Gesto. A partir de ahora, deberemos agudizar mucho más el oído para captar el eco del silencio que nos ha dejado, el que revoloteará como un ave humilde, de esas que, por muy fuerte que arrecie el temporal, siempre encuentra una rama desde la que poder cantar. Ana Rosa Gómez Moral. Periodista, miembro de Gesto por la Paz) Bilbao, 19 de junio de 2013

Categorized | Derechos Humanos, Política

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