La cultura a la búsqueda de su identidad perdida

«Salvator Mundi», el cuadro más caro de la historia (382 millones de euros), está rodeada de polémica. Michael Daley, del ArtWatch UK, confesó a «The Guardian» que «no había suficiente base para atribuirlo a Leonardo da Vinci».

(Galde 22, otoño/2018/udazkena). Santiago Burutxaga.-
Si hubiésemos preguntado hace 50 años, incluso menos, sobre qué se entendía por cultura, las respuestas habrían girado en torno al valor de las humanidades como un medio para conocerse y cultivarse a uno mismo, y como una herramienta para comprender mejor el mundo en que se vive. Era un conocimiento prestigiado que habitaba en los libros y solo estaba al alcance de una élite.La misma pregunta hoy tendría respuestas mucho más dispersas: alguien la ubicaría en la Wikipedia, esa poderosa comunidad que aspira a cubrir la totalidad de la experiencia humana para ponerla al alcance de cualquier dispositivo digital; otros negarían su singularidad y hablarían de culturas en plural, la de cada grupo social, la del rock, o la cultura gastronómica, por ejemplo. Los responsables políticos la situarían en el marco de las Industrias Culturales y Creativas y valorarían su importancia estratégica como dinamizadora de la ciudad en los ámbitos urbanísticos, económicos y de creación de empleo, etc, etc.

Es evidente que lo cultural se ha convertido en un valor instrumental, en una mercancía generadora de riqueza. Cada vez se identifica más vagamente con cualquier actividad en que se ponga en juego la creatividad humana y con frecuencia se asimila al espectáculo y al entretenimiento. Sin embargo, a pesar de esta banalización del concepto, lo cultural empapa nuestras vidas, aunque solo sea por proximidad.

En estos últimos años hemos visto cómo Bilbao, Donostia, y en menor medida Gasteiz, se han ido –si se aceptan los términos-, museificando y festivalizando con el fin de atraer el turismo y potenciar las economías locales. La programación de eventos aspira a ofrecer entretenimiento a toda hora y día del año. No es una idea original; sigue la estela de lo que Richard Florida llamó ciudades creativas, aquellas que apuestan por una clase creativa capaz de generar riqueza y calidad de vida, lo que para este autor norteamericano, actúa a su vez como faro que atrae nuevo talento.

Si no fuera porque la realidad se empeña en contradecir los discursos, se podría decir que estamos ante una nueva edad de oro de la cultura, sea esta lo que fuere. Pero la cultura concebida como bien de consumo en vez de como un derecho social, presenta muchas contradicciones. El Museo Guggenheim, por ejemplo, citado tantas veces como modelo de éxito por la afluencia de visitantes, nivel de autofinanciación y aportación a la hacienda y economía de la ciudad, tan solo recibió el año pasado un 21% de visitas provenientes del País Vasco (menos de la mitad de Bilbao), frente a un 62% de extranjeros. Por cierto, el Museo de Bellas Artes, más modesto pero más pegado al territorio, invirtió esta proporción. Entre tanto, las galerías de arte de la misma ciudad se han, prácticamente, extinguido por la falta de ventas y la insostenibilidad de los altos alquileres, un efecto colateral de la smartcity. Otro tanto se puede decir de los festivales de música que proliferan durante el verano: solo atrae público masivo, el que se mueve de ciudad en ciudad, un programa que se apoye en bandas famosas más o menos carrozas y en fuertes impactos publicitarios. No queda hueco para las pequeñas salas de conciertos habituales o para un club de jazz, aunque tenga la trayectoria veterana de la Bilbaína Jazz Club. La política del best-seller abarca todos los campos. El escaparate cultural oculta en ocasiones una trastienda muy precaria. Véase, por ejemplo, la reciente larga huelga mantenida por la plantilla de la mediateca del glamuroso Azkuna Zentroa (Ex Alhóndiga de Bilbao) para superar contratos y salarios de penuria.

Da la impresión de que el destinatario de la cultura está dejando de ser la ciudadanía más próxima y que el acceso universal no es la prioridad de la ciudad creativa. ¿Significa esto que la cultura ha dejado de tener interés? Como no se sabe muy bien qué es la cultura, la respuesta no puede ser concluyente.

Las instituciones realizan periódicos estudios sobre hábitos de consumo y motivaciones. Así, el último sociómetro vasco destaca que seis de cada diez personas creen que las administraciones públicas deberían apoyar la cultura en mayor medida. Para otra sensata mayoría (más del 80%), invertir en cultura favorece mucho o bastante la convivencia y la calidad de vida, además de la economía.No conviene fiarse del todo de las estadísticas. Hay que ser muy osado y honesto con uno mismo para contestar que no te interesa la lectura aunque lleves años sin practicarla. Otra encuesta nos dice que sólo un raquítico 14,2% de la población española realizó en 2015 alguna práctica artística amateur de forma habitual (incluido el macramé). Esto, a pesar de que un reciente estudio del Arts Council inglés evidencia que la participación en la vida cultural tiene un impacto positivo en la salud y bienestar de las personas, y que las convierte en más sociables, empáticas y solidarias. También asegura que cohesiona las comunidades y las hace sentirse más fuertes y seguras.

Un muy documentado estudio realizado por el Consell Nacional de la Cultura i de les Arts (CoNCA) de Cataluña, constata que la ampliación de los públicos de la cultura no depende tanto de la reducción de los precios cuanto de eliminar barreras, la principal de las cuales radica en las carencias educativas. Como es de suponer, la falta de interés es mayor en aquellas actividades que requieren una mayor formación. Para desconsuelo de quienes confían en restituir la centralidad de las humanidades clásicas en el discurso cultural, resulta que el mencionado estudio descubre que el motivo que suscita una mayor adhesión en el consumo cultural es el “poder pasárselo bien, disfrutar, desconectar, escapar al estrés diario, es decir, un motivo de distracción y entretenimiento”. También se constata que si bien las jerarquías culturales y la distinción no han desaparecido, sí se han acomodado a los cambios de esta sociedad de movilidad generalizada. Así, los grupos sociales más aventajados, antiguos sostenedores de la alta cultura, son también ahora los consumidores más ávidos de la cultura popular o de masas. Practican sin complejos el omnivorismo cultural.

Dice Marina Garcés que “no tiene sentido lamentarse de que la cultura haya sido instrumentalizada por las fuerzas políticas y mercantiles. Ella misma, la cultura, celebra con gozo su condición de instrumento. En vez de ser una amenaza para el orden social, o el tesoro privilegiado de unos cuantos, la cultura puede mostrarse hoy sin avergonzarse ante el conjunto de la sociedad porque sirve para todo y para todos”. Y continúa diciendo que sirve tanto a la economía como a la ingeniería social: ofrece competitividad y cohesión social al mismo tiempo. La cultura sería, para esta filósofa, una experiencia despolitizada de la libertad y de la participación. Tendríamos la libertad de “elegir gustos, estilos y representaciones del mundo que coexisten con indiferencia de manera simplemente yuxtapuesta”. Y la participación consistiría en “asistir, ser convocado o haber consumido aquellas propuestas que se nos ofrecen”. Pero esta participación, nos dice, no es implicación.

Podemos llamar cultura a cosas muy diferentes, pero en ese amplio escaparate del mercado cultural también están los elementos que permiten abrir debates en la sociedad y construir pensamiento crítico. No es un modelo que viene dado bajo ningún epígrafe de las políticas culturales institucionales, pero es una realidad que se construye diariamente a partir de las experiencias comunitarias que agrupan de forma muy diversa a personas con afinidades e intereses comunes.

Tal vez ya no sea posible, quizá no lo fue nunca, construir un modelo universal de pensamiento sobre la sociedad y la experiencia humana. Pero, siguiendo a Garcés, la tradición humanística –la cultura-que aspire a ser emancipadora ha de vincularse “al conjunto de experiencias concretas a través de las cuales se puede encontrar y elaborar de manera compartida el sentido del destino común de la humanidad.Lo que está en juego es la dignidad y el sentido de la experiencia humana, es decir, la capacidad de elaborar su sentido y su valor, de transformarnos a nosotros mismos y a nuestro mundo libremente”.

Categorized | Cultura, Dossier, Política

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