Entrevista a Victoria Camps

«La filosofía enseña a dudar, a replanteárselo todo, pero no nos dice cómo actuar porque eso tiene que decidirlo cada persona en cada caso, según las circunstancias.»

(Galde 18, Primavera/2017). Miren Ortubay, Antonio Duplá. Tras unas citas de Graham Greene, Ausiàs March, Victor Kemplerer y Bertrand Russell en esa misma línea, Victoria Camps afirma lo siguiente en el “Prólogo” de su, salvo error, último libro Elogio de la duda: «Aprender a dudar implica distanciarse de lo dado y poner en cuestión los tópicos y prejuicios, cuestionarse lo que se ofrece como incuestionable».

Programa intelectual y político valiente en este tiempo tan de palabra hueca, receta fácil e interpretaciones simples el que plantea en su libro esta catedrática jubilada de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Barcelona. Muestra también esa valentía cuando en el primer capítulo del libro reivindica a Ismene en lugar de a Antígona, la heroína segura de sí misma, vehemente y sin duda alguna, de la tragedia de Sófocles, encumbrada en la tradición occidental frente a su dubitativa y discreta hermana.

Pero más allá de su indudablemente interesante vertiente académica e intelectual, Victoria Camps destaca también por su compromiso cívico y político. Por citar algunos  cargos y responsabilidades de su currículum, ha sido senadora independiente por el partido socialista, miembro del Consejo Audiovisual de Cataluña, presidenta del Comité de Bioética de España. Además, recibió el Premio Nacional de Ensayo en 2012.

Nos ha parecido una voz particularmente cualificada y sugerente para charlar de toda una serie de temas de calado.

   

Su último libro se titula Elogio de la duda ¿Por qué, en este momento, un elogio de la duda? ¿Acaso hay demasiadas certezas? Muchas voces han hablado, precisamente, de que han pasado los tiempos de las grandes certezas.

No hay certezas; hay muchas incertidumbres. Pero a nadie le gustan las incertidumbres. De ahí que nos agarremos fácilmente a los mensajes simples y fáciles de entender. Los independentistas catalanes dicen “España nos roba”; los xenófobos franceses y los británicos partidarios del Brexit quieren expulsar a los extranjeros de su país; Trump dice que el cambio climático es una falsedad. Son afirmaciones rotundas que quieren acabar con los problemas complejos y de difícil solución. Problemas que requieren duda, reflexión, juicio y respuestas poco populistas. 

Propone dudar para pensar y pensar para evitar las simplificaciones, las cómodas dicotomías… Dice que hay que pensar desde lo indeterminado. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo les podemos enseñar a las generaciones jóvenes a hacerlo?

El “cómo se hace” carece de respuesta en filosofía. Por eso la filosofía no es autoayuda. La filosofía enseña a dudar, a replanteárselo todo, pero no nos dice cómo actuar porque eso tiene que decidirlo cada persona en cada caso, según las circunstancias. Es lo que hacen el buen médico, el buen profesor, el buen juez o el buen político, que no son sustituibles por  máquinas que se limitan a aplicar un algoritmo, una fórmula mágica. No hay fórmulas. Hay que arriesgar soluciones y estar dispuesto a rectificar si no funcionan. 

Da usted mucha importancia a las palabras y cree necesario matizar para no caer en la manipulación que toda información conlleva… Frente al individualismo rampante, por ejemplo, propone usted hablar de individuación. ¿Son las palabras bien pensadas una posible vía de solución?

Sí, porque, como explicó Hanna Arendt, pensar es lo más característico del ser humano, consiste en tomar distancia de uno mismo y preguntarse si lo que uno va a hacer es lo correcto. Atenerse a consignas o a mandatos es renunciar a la propia individualidad. En todo caso, hay que procesar las consignas y examinar si se sostienen y por qué hay que seguirlas.

El individualismo rampante al que alude fomenta el egoísmo y, al mismo tiempo, deja al individuo muy desamparado. Por eso el individuo necesita acogerse a proyectos que le proporcionen el amparo del grupo. Necesita identificarse con algo. Así surge esa fiebre identitaria, religiosa o patriótica, que ofrece una cierta seguridad, por el procedimiento de excluir a los que no son como “nosotros”. En lugar de afianzar la madurez de la persona por la vía de ser más autónomos, los que se cobijan en identidades buscan el confort de lo que yo llamo la “tribu”, una comunidad que les proporciona un nombre, les da consignas y expectativas de futuro.

La contraportada dice sobre el libro: “(…) desde sus páginas nos hablarán Platón, Aristóteles, Descartes, Spinoza, Hume, Montaigne, Nietzsche, Wittgenstein, Russell, Rawls y un largo etcétera de hombres que decidieron dudar (…)”. Sin embargo en las páginas del libro cita usted a mujeres como Anna Arendt, Martha Nussbaum, Sara Bakewell, Cynthia Ozick. ¿Cómo ve a la mujer en la filosofía? ¿Sigue siendo relativamente invisible? Usted es mujer, ¿cree que eso la ha limitado en su trabajo? En el caso de haberlas, ¿dónde se originan esas limitaciones? ¿Las asume una misma?

Tenemos pocas mujeres de referencia. Las que tenemos son muy recientes. La explicación es obvia: las mujeres han estado invisibles en la vida profesional hasta hace un siglo. No creo que me haya limitado que la filosofía sea una disciplina muy masculina. Me ha obligado a tomar conciencia de que eso debía cambiar. Todas las mujeres hacemos feminismo allí donde estamos. Otra cosa es la forma de hacerlo.

Creo que al feminismo le ocurre lo que a otras muchas ideologías, que está desorientado. Las mujeres reciben tantos mensajes, no sólo desde las filas feministas, también de la sociedad de consumo pero revestidos de emancipación (¿libertad?), que se acogen a cualquier cosa. Tampoco las mujeres que podrían dar ejemplo de emancipación porque tienen condiciones para hacerlo se liberan de estereotipos, como las modas en el vestir (los tacones de aguja son un ejemplo). Todo contrasta, sin embargo, con una curiosidad real de las mujeres jóvenes por recuperar del pasado “figuras ocultas” que puedan servir de referencia para las nuevas generaciones.

Soy optimista. Creo que el techo de cristal se está rompiendo. Sigue habiendo machismo en la sociedad, la violencia de género lo ratifica cada día, y la política no se toma en serio el tema de la conciliación. Esa es, a mi juicio, la asignatura pendiente.

Estamos en un tiempo en el que las Humanidades en general están consideradas saberes inútiles y la Filosofía, en particular está siendo desplazada de los planes educativos y, en las librerías, colocada junto a los libros de autoayuda. ¿Qué lugar debería ocupar la filosofía en nuestras vidas? ¿Cómo reivindicarla?

Las humanidades se consideran inútiles porque escribir, pensar, razonar no enriquece a nadie, y el dinero es la medida de todas las cosas. Hay que medir la rentabilidad de la filosofía y de las humanidades desde la utilidad social que sin duda tienen. Cultivar el arte, la música, saber historia o filosofía, disfrutar leyendo buena literatura enriquece a la persona, le amplia la mentalidad.  Hay que inculcar esa idea.

Vd. ha sido miembros de varios Comités de Bioética y ha escrito mucho sobre la ética y los Derechos Humanos. ¿Qué opinión le merece el actual debate sobre la maternidad subrogada o, según otra terminología, los llamados “vientres de alquiler”?

Creo que es una práctica vejatoria para la mujer. Se contrata a una gestante durante nueve meses para que tenga un hijo que es de otra mujer. No creo que se deba comerciar con la maternidad. No todo se debe poder comprar. Ser madre es un deseo legítimo, pero a veces no se puede satisfacer. Hay otros medios, como la adopción, para compensar esa insatisfacción.

Es cierto que el neoliberalismo inculca la idea de que la ley de la oferta y la demanda es generalizable y nada debe escapar a ese principio. Precisamente, son los principios éticos los encargados de poner límites a esa ley del mercado con argumentos que pongan de manifiesto que cediendo a la demanda no siempre se está respetando la dignidad de la persona. Creo que lo más difícil de explicar es que ni siquiera el consentimiento individual es razón suficiente para incurrir en determinadas prácticas. En el siglo XIX John Stuart Mill, el gran defensor de la libertad liberal, puso en realidad dos límites al ejercicio de la libertad: el daño al otro y el esclavizarse uno mismo. Esos dos límites deben seguir vigentes.

Otro tema  importante que plantea también una serie de cuestiones éticas es el de la “muerte digna”. Recientemente se ha presentado en el Parlamento español un proyecto de ley para despenalizar la eutanasia y el suicidio asistido, respetando el derecho a la objeción de conciencia, pero insistiendo en proteger el derecho al “bien morir”. ¿Qué opina Vd. al respecto?

Respecto a la ayuda a morir o suicidio asistido, estoy totalmente de acuerdo con que se autorice siempre que la persona que pide ayuda lo haga reiteradamente y siendo consciente de lo que hace. No son muchos los casos, porque a nadie le gusta morirse. Pero dado que las expectativas de vida son cada vez mayores y no siempre en condiciones de buena calidad, que el sujeto pueda decidir irse de este mundo cuando no aguanta más seguir viviendo en la situación en que se encuentra es una posibilidad que hay que poner a su alcance.

Estamos asistiendo a una progresiva limitación de las libertades y, en concreto de la libertad de expresión… ¿Existe el derecho a “no sentirse ofendido”? o hay que oír ideas que nos disgustan como parte sustancial de nuestra propia libertad de pensamiento y de expresión?

Somos especialistas en inventarnos derechos que no están reconocidos. No existe un derecho a no sentirse ofendido. El sentimiento de ofensa es subjetivo, no todos nos sentimos ofendidos por las mismas cosas, por lo tanto es difícil garantizar la “no ofensa”. Ahora bien, si como he dicho antes, el límite de no hacer daño a nadie es el límite que debe tener la libertad, la expresión libre debiera ser algo más cuidadosa y no provocar conflictos innecesarios. Convivir con ideologías fanáticas no implica ceder a los requerimientos del fanatismo, pero sí calibrar cuál puede ser la mejor manera, la más efectiva, o la más inteligente, de atacarlo o desactivarlo. Me temo que la provocación nunca lo es.

Si volvemos la mirada a la situación política, parece inevitable hablar de Cataluña y la “cuestión catalana”. Estamos en una época en la que se refuerzan los nacionalismos pequeños y grandes, los que tienen Estado y los de quienes los reivindican. Vd. se ha pronunciado públicamente por el federalismo, como miembro destacado del grupo Federalistes d’Esquerres. ¿Cómo ve/analiza lo ocurrido estos últimos años en Cataluña? ¿Puede llegarse todavía a algún tipo de acuerdo?

Habrá que llegar a algún acuerdo porque la opción independentista, tal como está planteada, es improbable. Una propuesta tan trascendente como la de la secesión debería contar con una mayoría de ciudadanos que la apoyan más amplia que la que se da actualmente. Y, en cualquier caso, la independencia sólo se puede conseguir negociándola con la otra parte de la que uno quiere separarse. No hay otra fórmula civilizada de hacerlo. Como propuesta política, la independencia es tan legítima como la unidad. Pero, en democracia,  cualquier propuesta política ha de contar con la voluntad de la mayoría. Aquí no se ha discutido nunca de qué mayoría estamos hablando y, en cualquier caso, es evidente que ni siquiera hay una mayoría independentista en Cataluña.

Categorized | Entrevista, Política

Txema García
Txema García
Txema García
Txema García
Txema García
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
Sebastião Salgado
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
"El instante decisivo" Iñaki Andrés
"Homenage a Marcel Proust" Marisa Gutierrez Cabriada
"Homenaje a Federico García Lorca" Marisa Gutierrez Cabriada
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
“JAZZ for TWO”, José Horna
“JAZZ for TWO”, José Horna
"El origen del mundo" José Blanco
"El mal del país" José Blanco
Fotografía de José Horna
Fotografía de José Horna
"Lemoniz", Mikel Alonso

Autores